Victoria pírrica

14 de junio, 2019

Por Daniel Montoya y Gonzalo Fernández Guasp 

 

“Otra victoria como esta y volveré solo a casa”. Tal frase, atribuida a Pirro, bien podría caber en boca de Mauricio Macri, en caso de alzarse con una victoria en las próximas presidenciales, en sorpresivo tándem con el incombustible senador Miguel Angel Pichetto. En una columna anterior nos preguntábamos “¿Buscará también [el oficialismo] ampliar su terreno o, como tiende a hacerse en tiempos de crisis, mantendrá su énfasis en la oposición a un pasado ficticio con el actual presidente a la cabeza?”. Hoy, de la mano de la confirmación de esta fórmula Macri – Pichetto, ya sabemos la respuesta. Es afirmativa. Y a ambas cosas.

 

La lógica es la misma: los tiempos de campaña obligan a los competidores a buscar captar al electorado disponible. En el caso de los principales contendientes, este está conformado por la famosa, y velada apresuradamente, avenida del medio. Es decir: por aquellos votantes que no se definen ni como kirchneristas ni como macristas. En este sentido, es que los vicepresidentes funcionan como la vanguardia exploradora del terreno no conquistado, de la tierra de nadie. Pero, más allá de la pregunta por la efectividad electoral de los transfuguismos, deberíamos preguntarnos: ¿Qué tan lejos se está dispuesto a ir tan sólo para ganar? Spoiler: nunca nos imaginamos que tanto. Una cosa es abandonar los timbreos, otra es sacrificar la histórica estética PRO y el tradicional festejo con Ciudad Mágica del Chano y el Mago sin dientes. El áspero Pichetto no baila.

 

Algunos analistas, en un ejercicio de contorsión digno de los mejores competidores olímpicos, buscaron justificar la decisión del presidente en términos exclusivos de gobernabilidad. La idea es que el senador Pichetto otorgaría, en un eventual segundo mandato, la estabilidad política necesaria para poder ejercer el poder sin complicaciones mayores. En rigor, tienen gran parte de razón. No habría mejor garantía para la futura gobernabilidad, que el Frank Underwood criollo. “Si el no pudiera garantizarla, ¿quién más podría hacerlo?”, es el razonamiento común que se escucha.

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Ahora bien, la historia, como la lógica, ponen esta certeza en tela de juicio. Por el lado de las premisas, la pólvora de armador político de Pichetto, mostró algo de humedad en todos los movimientos que inició a partir de la famosa foto de verano con Roberto Lavagna y sus sandalias. Asimismo, fue uno de los responsables del blooper de lo que pretendió ser un partido basado en una coalición de gobernadores peronistas, que tuvo su clímax con el insólito video del gobernador Juan Schiaretti, convocando a Daniel Scioli y a Marcelo Tinelli, a sumarse al extinto embrión político Alternativa Federal. En tal sentido, cabe plantearse la duda acerca de la validez de su garantía política como representante, de aquellos mismos que rechazaron su propuesta partidaria y su muñeca de bastonero político. Puntualmente, el día de mañana, en un contexto de crisis social, con las papas calientes, ¿le responderán mejor sus colegas del interior que en aquella anterior oportunidad? ¿No se desayunará de nuevo, por los diarios, con la noticia de un gobernador amnésico respecto a los compromisos adquiridos el día anterior?

 

Por el lado de la historia, vale recordar lo que sucedió cuando hubo vicepresidentes de un color partidario distinto al del primer mandatario. Mientras que Julio “No Positivo” Cobos fue el detonador de una de las mayores complicaciones a las que se enfrentó el kirchnerismo, Chacho Alvarez, con su renuncia, signó el destino de la Alianza. Otros, con la mente más allá de Argentina, pueden pensar en la experiencia brasileña de Michel Temer, quien incentivó el desplazamiento de Dilma Rousseff o en las tensiones existentes entre Mourão y Bolsonaro, donde el veterano General no deja de diferenciarse cada vez que puede, una de las últimas, con relación a la posición brasilera respecto a China.

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Sólo dos cosas son claras con esta decisión. Una, es que es fruto de un proyecto político debilitado no sólo en términos electorales sino también políticos. ¿A quién se le hubiera ocurrido, allá por 2017, que el gobierno que hace del antiperonismo una bandera, tendría de vicepresidente a un peronista que, en su estética, quema todos los manuales de Durán Barba y, ni hablar, los de Marcos Peña? Dos, que la campaña del oficialismo buscará contrastar, con su retórica aspiracional y de oposición, una opción que se iguala, en ese discurso, al pasado y al autoritarismo chavista, con otra que representa la promesa de modernización a través del sacrificio.

 

Si esta fue una buena o una mala decisión sólo se sabrá en diciembre (de 2023). Por ahora, la realidad es que el fracaso de gestión del macrismo lo llevó a atentar contra la identidad que representa. Y que en tiempos de crisis, sin el peronismo, no puede nadie. En caso de emergencia, rompa el vidrio.

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