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Apertura, globalización y desarrollo (parte II)

8 de abril, 2019

Mundo conectado globalización

Por Pablo Mira Docente e investigador de la UBA

 

En la nota anterior nos preguntábamos si la globalización era la fuerza central para lograr el desarrollo de los países, y la respuesta fue que la apertura dista de ser una condición suficiente para tal objetivo.

 

Como ejemplo, habíamos citado el éxito de un grupo de países asiáticos que implementaron políticas que difícilmente pueden calificarse como liberales. En un contexto donde muchos países de ingreso medio enfrentan una trampa de crecimiento, la conveniencia de aplicar políticas industriales está siendo reconsiderada. Recientemente, dos economistas (Reda Cherif y Fuad Hasanov) publicaron un artículo como documento de trabajo del FMI, aunque con el descargo usual de que el organismo no necesariamente concuerda con los autores. Allí presentan teoría y evidencia de que tras el éxito asiático descansan tres principios fundamentales.

 

  • Primero, el apoyo estatal de productores nacionales en industrias sofisticadas, más allá de la ventaja comparativa inicial de que dispusieran.

 

  • Segundo, una intención oficial explícita destinada a orientar la producción local hacia a la exportación.

 

  • Y tercero, la creación de un entorno de fuerte competencia, pero asociada con metas de desempeño monitoreadas por las autoridades. Los autores etiquetan este conjunto de estrategias bajo el nombre de Política Tecnológica e Innovación, y la señalan como la gran responsable de la convergencia de estas economías a los países avanzados.
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Mientras estos países asiáticos lograban un éxito notable, América Latina sufría una larga noche de estancamiento, crisis e inflación. Aun con un desempeño moderadamente positivo en materia de crecimiento y estabilidad entre los 50s y los 70s, muchos economistas prestigiosos consideraron que estas economías podían mejorarlo sustancialmente si reducían el intervencionismo estatal y eliminaban las distorsiones existentes. Así es como desde mediados de los ’70 en adelante países como México, Argentina, Brasil, Colombia, Bolivia y Perú encararon políticas de liberalización, desregulación y privatización.

 

Este proceso fue mucho más rápido e intenso que la agenda promercado que varios países del este de Asia llevaron adelante con lentitud durante 40 años. Latinoamérica respetó casi a rajatabla las propuestas de reformas estructurales establecidas por el consenso de Washington, y por muchos años estos países fueron considerados los “mejores alumnos” instituciones financieras internacionales que elaboraban estas recomendaciones.

 

En la visión de Dani Rodrik, la experiencia de América Latina no implica que las políticas de liberalización son perjudiciales en sí mismas. Pero sí ilustra el problema de que, para ser exitosas, estas políticas requieren que se cumplan un conjunto de condiciones. Si la liberación es incompleta, lenta, existen imperfecciones de mercado, la economía no ajusta eficazmente, o no se consideran los impactos distributivos, los resultados no serán los que la teoría predice. En cuanto a la liberalización financiera, sus riesgos como propiciadora de crisis han sido reconocidos por la gran mayoría de los economistas, por lo que normalmente se sugiere que la apertura se realice con un timing muy preciso y con restricciones que minimicen la probabilidad de eventos disruptivos.

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La globalización es un fenómeno moderno difícil de revertir, pero su sola influencia no probó ser suficiente para lograr el desarrollo de todos los países. La evidencia sugiere que las economías ya desarrolladas son las que más se beneficiaron del nuevo contexto, y que la mayoría de las atrasadas que tomaron medidas liberales no lograron la ansiada convergencia. En cambio, un grupo de políticas industriales implementadas con criterios inteligentes (algunos de ellos emulando el funcionamiento del mercado), parecen haber sido capaces de lograr el milagro. Vale la pena recordarlo.

 

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