“Argentina necesita tener su propio Pacto de La Moncloa”

El Economista dialogó con Ramón Frediani (Universidad Nacional de Córdoba)

 

Entrevista a Ramón Frediani Universidad Nacional de Córdoba (UNC) Por Alejandro Radonjic

 

Ramón Frediani, avezado economista de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), no anda con vueltas a la hora de declarar. Y no parece desatinado. Los tiempos que corren obligan a declaraciones (pero, sobre todo, decisiones de política) rápidas y contundentes. El riesgo, no menor, es que el ajuste lo haga (desordenado, caótico y costoso), el mercado. En diálogo con El Economista, Frediani hace un repaso de los primeros treinta meses de las Macrinomics, ofrece su visión sobre el “Gran Acuerdo Nacional” que convocó el Presidente (y reclama seguir el ejemplo español), analiza el impacto de las turbulencias cambiarias sobre el crecimiento y la inflación en 2018 y, por último, propone lo que debe hacer el Gobierno con el valor del dólar para no tener una nueva crisis cambiaria en 2019.

 

El Gobierno, quizás por su gradualismo o algunos mitos autoimpuestos, tiene una tendencia a “correrla desde atrás” y termina reaccionando cuando las consecuencias de su inacción o sus errores salen a la luz. ¿La crisis cambiaria de las últimas semanas pudo haber sido un punto de inflexión y una suerte de reconocimiento de lo que varios economistas venían advirtiendo? Me refiero a que parece haber tomado conciencia de varias cosas: la necesidad de acelerar la convergencia hacia el equilibrio fiscal, coordinar más el “gabinete económico”, mirar el tipo de cambio real, respetar a rajatabla la autonomía del BCRA, tener cuidado con la apertura indiscriminada de la cuenta capital…

Para expresarlo con claridad: cuando Mauricio Macri accedió a la Presidencia se hizo cargo, en materia económica, de un paciente casi terminal y en terapia intensiva. La cura era cirugía mayor, quimioterapia y radioterapia. Es decir, drástica reducción de impuestos, gasto público y déficit fiscal, y priorizar como motor del crecimiento a las exportaciones en vez del consumo interno y la construcción de infraestructura urbana. En vez de ello, para ser simpático, y no asustar ni enemistarse con el enfermo, optó por sólo darle aspirinas, cortarle las uñas, peinarlo y darle palmaditas en la espalda: gradualismo, medidas en dosis homeopáticas, declaraciones simpáticas, pero nada de tomar el toro por las astas. Obviamente, con el tiempo el paciente se agravó, tuvo una fuerte recaída en estos días y ahora los parientes del enfermo desconfían de la pericia y profesionalidad del médico y comienzan a pensar en la posibilidad de acudir a otro más experimentado. Cambiemos estuvo más preocupado en mejorar la imagen internacional del país. Por cierto, es positivo, pero hasta ahora ha servido para seguir con la economía a la gorra y vivir de prestado, que en resolver los problemas medulares de la economía, sin medir que el tiempo vuela y se le viene encima el período preelectoral de la elección presidencial. Respecto a los economistas, casi toda la profesión coincide con el mismo diagnóstico y en que reducir impuestos, gasto público y déficit, son las tres condiciones necesarias –aunque no suficientes– para encontrar la salida del laberinto en que estamos inmersos.

 

De nada sirven billones de Lebac y tasas XL si el Estado en su totalidad tiene un déficit compuesto de 8% del PIB

 

¿Cómo avizora ese “Gran Acuerdo Nacional” que planteó el Presidente para repensar el Presupuesto 2019, sus componente y demás? La idea parece interesante, pero la gran pregunta es qué alcances tendrá y qué predisposición tendrá la oposición. Más temprano que tarde entraremos en la lógica electoral con miras a las presidenciales de 2019.

Los graves y complejos problemas que tiene Argentina superan ampliamente la mejor capacidad de gestión y buena voluntad del mejor partido político ejerciendo la administración del Estado. La solución más sensata es un programa consensuado de gobierno de largo plazo. Cuanto menos, un quinquenio y no sólo “el Presupuesto del 2019”, y con todo el arco de partidos con representación parlamentaria, acordando y comprometiéndose con un conjunto básico de políticas, acciones y metas de largo plazo. Algo similar al pacto de La Moncloa de España en octubre de 1977, que incluyó a todas las centrales sindicales y empresarias y a todos los partidos políticos incluido el Partido Comunista Español. Esos acuerdos, así de amplios, permitieron a España superar el subdesarrollo y la inflación, calificar para ingresar más tarde a la Unión Europea y ser hoy un país económica y socialmente desarrollado.

 

El techo de $25 es político: para no tener otra crisis cambiaria, el dólar debe avanzar gradual y diariamente

 

¿Cómo queda la macroeconomía tras el sacudón cambiario de abril y mayo? El consenso para 2018 parece ser que veremos más inflación (en la zona de 25-30%) y menos crecimiento (más cerca de 1%). ¿Coincide?

Hasta ahora sólo se compró tiempo, pues la macroeconomía sigue en terapia intensiva. Los indicadores económicos y financieros no sólo están a años luz de los del primer mundo, sino que, excepto Cuba, Venezuela y Nicaragua, están lejos de los demás países latinoamericanos. No en vano la comunidad financiera internacional nos sigue calificando desde el 2009 hasta el día de hoy como una economía “fronteriza”. El crecimiento difícilmente supere 1,5% y si le restamos el 1,1% de crecimiento de la población, el per capita apenas crecerá centavos. Pero lo más preocupante es la calidad de ese crecimiento: además de ser escaso, se basa en inversiones públicas mayoritariamente de infraestructura urbana, y no en un crecimiento significativo de las exportaciones. Crecer en base al crecimiento de las exportaciones es sentar crecimiento sólido a largo plazo, como lo hizo China, Alemania y Chile, durante sus años de despegue, mientras que crecer en base a infraestructura urbana no genera divisas para el país para financiar importaciones, servicios de la deuda externa y futuras inversiones públicas.

 

¿Y los precios?

En inflación, es posible que en 2018, al igual que el anterior, estemos de nuevo en torno al 25% que, por otra parte, no es sino el promedio aproximado de inflación anual que tenemos desde el 2007. Han pasado once años y el problema sigue sin resolverse. Esto es así por un grave error de análisis. La inflación tiene una manifestación monetaria, pero no es un problema monetario. Es un problema fiscal: el déficit y su financiación mediante deuda y/o emisión. Es un problema que lo debe resolver el Ministerio de Hacienda, y no el BCRA. De nada sirven billones de Lebac y tasas de interés XL si el Estado en su totalidad (Nación, Anses, CABA, provincias, municipios, empresas del Estado, e incluso BCRA) tiene un déficit total anual próximo al 8% del PIB, es decir, unos US$ 40.000 millones. Imprimir billones de papelitos de colores disfrazados de dinero y luego retirarlos con Lebac con tasas siderales no resuelve el problema de la inflación. Es ganar tiempo y patear la bomba de tiempo para el futuro Parece un juego de niños. Es poco serio. La prueba está a la vista: en 2018 tendremos igual o mayor inflación que el 2017, a pesar de que el stock de Lebac crece imparable, y ahora lo hace nada menos que al 40% anual, para llegar a diciembre al billón y medio, superando la base monetaria.

 

Los acuerdos de La Moncloa permitieron a España superar la inflación, ingresar a la UE y ser, hoy, un país desarrollado

 

¿El tipo de cambio en la zona de $25 de equilibrio o hace falta un dólar aún más alto?

El día que asume Macri, el 10 de diciembre de 2015, el dólar blue (libre) cotizaba $14,67 tipo comprador. Desde entonces y hasta mediados de mayo la inflación acumulada llega al 94%. Si la corregimos para igual período con la variación negativa del 4,2% que tuvo el índice USDX (valor internacional del dólar frente a la cesta de las 6 monedas más relevantes. euro, libra esterlina, dólar canadiense, franco suizo, Yen y corona sueca), entonces a fin de mayo el tipo de cambio libre debería ser de $ 27,25 para tener un valor equivalente al vigente el día que Macri asume la Presidencia. Para controlar las expectativas y evitar un mayor pass-through se le ha fijado un precio político de $ 25, arrancando con un atraso de 9% que, por los argumentos utilizados, puede aceptarse transitoriamente ese valor político. Pero es obvio que para no ver de nuevo dentro de seis meses o un año la película de estos días, de ahora en más la cotización debe avanzar gradual y diariamente con igual criterio: inflación doméstica mensual corregida por el USDX y distribuida en los 20 días hábiles. Si el equipo económico no lo entiende, el año próximo, en plena campaña electoral, el Gobierno correrá el riesgo de otra crisis y corrida cambiaria y allí el costo político para Cambiemos puede ser irreparable y sin tiempo suficiente para revertir las expectativas electorales desfavorables que le puedan surgir.

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