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Tipo de cambio y crecimiento

19 de marzo, 2013

(Columna de Alejandro Fiorito -docente e investigador de la UBA y la UNLU- y Fabián Amico -Investigador del Cefid-Ar-)

En el debate actual sobre política económica se asumió como un dogma que el crecimiento acelerado de 2003-2011 tuvo como causa básica la gran devaluación de 2002 y, por ende, fue fruto de un tipo de cambio real competitivo (TCRC). No pocos economistas atribuyen hoy la desaceleración del nivel de actividad a la creciente apreciación cambiaria real. Todas las miradas se enfocan sobre los salarios en dólares: entre 2009 y 2011 el TC nominal (oficial) aumentó 12,6%, mientras los salarios del sector privado registrado aumentaron 68%. Así, el valor en dólares de los salarios subió casi 50%. En 2012 esto se revirtió apenas parcialmente.

¿Cómo estimularía el crecimiento de la economía un TCR más competitivo? En principio, vía mayores exportaciones y menores importaciones, estimularía la inversión y generaría más producción y empleo. El supuesto implícito es que los otros componentes de demanda permanecerán constantes. Pero esto no es así.

¿Qué aprendimos?

Desde hace 60 años sabemos que en la Argentina las devaluaciones son contractivas del nivel de actividad. De acuerdo con toda la evidencia empírica, la sensibilidad del comercio exterior (exportaciones e importaciones) a las variaciones del TCR es muy pequeña. Sin embargo, el efecto inflacionario y regresivo sobre la distribución (caída del salario real) es mucho más poderoso y, por ende, el resultado global de la devaluación es claramente recesivo. Peor aún cuando el ajuste cambiario viene acompañado de una mayor “austeridad” fiscal. La contracción del nivel de actividad económica, finalmente, produce una retracción global de la inversión que consolida el efecto contractivo.

Algunos economistas postulan otro efecto por el cual una devaluación real generaría una mayor demanda de empleo –para un nivel de actividad dado– debido al abaratamiento en moneda extranjera del factor trabajo en relación al capital. Esto implicaría que si el ratio de precio relativo salarios/ bienes de capital (en dólares) de toda la economía se redujera persistentemente, entonces habría un aumento del empleo en todos los sectores con independencia de la tasa de crecimiento de la economía. La devaluación del TCR funciona aquí de modo análogo a la afirmación de que la flexibilidad salarial descendente eliminaría el desempleo (¿por qué no seguir devaluando permanentemente hasta alcanzar el pleno empleo?).

Pero, en general, existe una relación técnica rígida entre capital y trabajo; ergo, aunque cambien los precios, la relación empleo/producto puede mantenerse inalterada. Ciertamente, el TCR puede tener un rol –junto a otras políticas específicas– en la mejora de la sustentabilidad externa del crecimiento de largo plazo si contribuye a la diversificación de nuestras exportaciones y facilita la sustitución de importaciones.

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Pero esto es muy diferente a postular una relación general positiva entre TCR y crecimiento: más bien se trata de que el uso de la política cambiaria apuntada a mejorar la sustentabilidad externa sea lo suficiente refinada y sutil como para no perjudicar el mercado interno y los salarios reales, verdadero motor del crecimiento argentino. En suma, una devaluación “horizontal” (sin ninguna clase de diferenciación cambiaria o de compensaciones) produce una mejora de la rentabilidad de los exportadores, un efecto muy pequeño o nulo en las cantidades exportadas y una contracción de la actividad.

Otros caminos

Ciertamente, la economía argentina exhibe una tendencia al desequilibrio externo entre importaciones y exportaciones por razones estructurales, entre las cuales tienen un rol central la composición de las exportaciones (primarias), su baja diversificación y la composición de las importaciones (enteramente determinadas por la inversión doméstica y no por el TCR). El crecimiento del mercado interno estimula la inversión productiva y esto se traduce en crecientes importaciones de bienes de capital e insumos, mientras las exportaciones crecen a una tasa menor. La propensión a importar de la economía no es compatible con su base exportadora. Pero el ajuste del TCR no puede corregir este desequilibrio, que debe abordarse con políticas industriales específicas. O, mejor dicho, no de una manera expansiva.

En verdad, las devaluaciones (si son de la magnitud suficiente) sólo corrigen el desequilibrio externo induciendo recesión, lo que reduce las importaciones y mejora el saldo comercial.

La contrapartida de estas comprobaciones es que, al contrario de lo que se sostiene, la apreciación cambiaria tiende a ser expansiva porque es la contracara de la mejora del salario real. Pruebas al canto: hacia 2008 muchos economistas auguraban que el nivel de apreciación cambiaria real era preocupante y que estaba dañando el crecimiento. Más de uno pronosticó que se habían agotado los tiempos de tasas chinas de crecimiento.

Sin embargo, tras la crisis de 2009 y cuando el nivel de apreciación cambiaria real ya alcanzaba los mínimos registrados en los ‘90, el PIB creció a niveles récord (9,2% en 2010 y 8,9% en 2011), mientras el PIB industrial se expandía aún más (9,8% y 11%). Algo similar ocurrió en Brasil en 2010 y fue el resultado –en ambos países– de políticas fiscales expansivas. Ciertamente, además de la recuperación de los salarios reales, el factor clave de la reactivación argentina en 2003 fue una política fiscal crecientemente expansiva. Este rasgo pasó inadverdido porque el Gobierno mostró un fuerte superávit fiscal desde 2003, sugiriendo la idea errónea de que la política fiscal era contractiva.

Sin embargo, la mayor parte del superávit fiscal se debió a los impuestos a las exportaciones, que no resultan contractivos porque recaen sobre los consumidores de nuestras exportaciones. Al mismo tiempo, los componentes principales del gasto primario (inversión pública, transferencias sociales, salarios) se expandían a tasas muy significativas. No obstante, existen razones más profundas para menospreciar el rol de la política fiscal. Hay un consenso casi total acerca de que las políticas macroeconómicas expansivas resultan per se insostenibles, particularmente en contextos de restricción externa. En lugar de estas políticas “populistas” se ha pretendido que la política cambiaria podía ser una política de crecimiento más “seria” y sostenible. Pero la economía argentina, aun cuando su restricción principal sea su “capacidad de importación”, crece –como en el pasado y como en la mayoría de los países de tamaño medio o grande– empujada por la demanda interna. Este es un rasgo estructural objetivo y no una opción de política.

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Otras razones

Otro aspecto –más coyuntural– que hizo renacer el optimismo sobre la efectividad de una devaluación nominal para traducirse en una devaluación real fue la bajísima resistencia salarial exhibida por los trabajadores en 2002 (con altísimo desempleo y flexibilidad laboral). En el pasado, a ningún economista sensato se le hubiera ocurrido que tal resultado fuera posible, ya que una maxidevaluación se traducía casi inmediatamente en una virulenta espiral inflacionaria entre TC y salarios, con resultados inciertos. En este punto, es probable que la Argentina haya retornado a su viejo cauce.

Un último aspecto que favoreció el optimismo “TCR-crecimiento” fue la aceptación sin crítica de que la estrategia de sustitución de importaciones y, en general, los intentos de industrialización liderada por el Estado se habían agotado y caído en el desprestigio. En este contexto, la política cambiaria apareció como su sustituto apropiado. Sencillamente, la política cambiaria (horizontal) es una estrategia más market friendly.

Desgraciadamente, no funciona del modo optimista que postula este nuevo consenso macroeconómico.

Varias herramientas

En fin, las estrategias factibles y realmente efectivas para el desarrollo argentino (y de la región) no son un color que cambia con los caprichos de la moda. El intento de inducir el desarrollo económico mediante el simple truco de obtener los precios relativos “correctos” (por ejemplo, el tipo de cambio) no deja de ser una utopía, pero tiene sus consecuencias.

Cuanto más se tarde en retornar al realismo y la sensatez de los viejos estructuralistas, más se retrasará la construcción práctica de una estrategia de desarrollo económico que involucre al Estado en las arduas tareas de inducir la sustitución selectiva de importaciones, diversificar las exportaciones, modernizar la infraestructura e inducir el cambio estructural y tecnológico en un marco de crecimiento alto y sostenido. No podemos confiar la consecución de estas grandes metas a una sola variable.

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4 Comments

  • “Sin embargo, la mayor parte del superávit fiscal se debió a los impuestos a las exportaciones, que no resultan contractivos porque recaen sobre los consumidores de nuestras exportaciones.” ¿Están seguros sobre la última parte de esta afirmación? Si se refieren a las retenciones agropecuarias, se trasladan a los productores locales, no a los consumidores de nuestras exportaciones.

    • maximiliano bertoni dice:

      Es tecnicamente incorrecto el planteo, que los impuestos a las exportaciones recaen en los consumidores externos, ya que se tratan de bienes que somos tomadores de precios internacionalmente, es decir, tenemos una demanda perfectamente elástica, es decir, no hay traslación alguna, lo paga el productor, como un impuestos a la renta bruta. Uno podria justificar no contracción por el hecho de que es renta mayormente destinada al ahorro y no al consumo, esto es relativo a que tipo de productor recae el impuesto,

  • ricardo dice:

    No estoy de acuerdo y le faltan argumentos. “la apreciación cambiaria tiende a ser expansiva porque es la contracara de la mejora del salario real”.¿De dónde sacan esto? entonces pongamos el dólar a $0,50 y así somos más ricos que Dubai !

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