El plan de Guzmán: no cantemos derrota



Por Alejandro Radonjic

 

El clivaje entre “los mercados” y “la gente”, lamentablemente, no es patrimonio de Martín Guzmán ni el culpable de nuestro patético estancamiento secular. Incluso existe en el país con más capilaridad financiera del planeta (Estados Unidos): allí se habla de Wall Street y Main Street. Es un clivaje que existe, en el corto plazo, porque los intereses de ambos grupos suelen colisionar. Aunque no siempre es así, desde ya. A veces, algo puede gustar en Main Street pero no en Wall Street, o viceversa. Más allá, por cierto, de que allí es muy común tener acciones o estar vinculado a su evolución.

 

Hoy, en una Argentina sin financiamiento, las finanzas públicas se asemejan a la de una familia de clase media. Comparar un país con una familia es algo odioso para los economistas (los serios, cuanto menos), además de inexacta por motivos múltiples. Pero, si no hay plata (y hoy no hay un sopelín), manejar el Tesoro es casi igual que una familia. O un almacén. Por eso, el clivaje de Wall Street versus Main Street hoy es vinculante y operativo. Guzmán lo sabe y lo dice.

 

Grosso modo: los acreedores de Argentina quieren menor “haircut” sobre sus bonos y, para eso, exigen más austeridad fiscal que “libere” capacidad de pago. Por eso, gustó el impuestazo de diciembre. Por eso, también, el combo “guzmaniano” de canje hard y ajuste light insinuado el miércoles no gustó. Los bonos no se derrumbaron por el coronavirus.

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¿Y Main Street? Es algo más complejo de intuir. Lógico. Es un grupo más diverso y exponencialmente más numeroso. Pero, según Guzmán, que habla de “la gente”, quiere que la economía se empiece a mover. Uno casi que se acostumbró porque el nivel de actividad es el mismo que en 2010 y el PIB cayó en 2018, 2019 y sigue cayendo 2020, pero eso (esto que está pasando) es grave y está acumulando elevados costos sociales, cuya reversión insumirá más de diez años. Es una caída de categoría “extensa” sin nada que lo amerite más allá de la inconsistencia temporal de los policy-makers.

 

Allí Guzmán imagina, con buen tino y la biblioteca a su favor, que un ajuste fiscal significativo sería perjudicial para la demanda agregada y la economía en su conjunto, considerando que no se avizora un boom de crecimiento cercano. No se trata de que Guzmán crea que solamente el gasto público debe jalonar la demanda (de hecho, no plantea un plan fiscal expansivo) sino porque incurrir en una contracción del gasto agravaría el cuadro recesivo y, por eso, comprometería el mismo canje en un tiempo.

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Asimismo, un canje light o amigable también podría fallar. Ya ocurrió con Ucrania en el 2000. El canje, repite Guzmán, debe ser consistente. Es decir, pagable y razonable puertas adentro.

 

La posición del miércoles en el Congreso fue superávit primario en 2023. Parece poco, sí. Pero, como bien señaló Rodrigo Alvarez (ceo de Analytica), “el Congreso no es Nueva York y vamos a ver con que se sientan a negociar”. Se guardó algunos ases (un mayor compromiso fiscal) bajó la manga. Además, una propuesta que se pasará de rosca para el otro lado (digamos, un crecimiento de 4% o más y un superávit fiscal ya) hubiera sido poco realista y no quedaría claro, tampoco, que sea la panacea.

 

Hay que esperar. Guzmán tiene un plan. Falta la oferta financiera per se, el road show, el lobby, el tira y afloje. No cantemos derrota.

 



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