Nueva Hampshire y después

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Por Javier Cachés  Politólogo

 

Iowa y Nueva Hampshire apenas han repartido el 1,6% de los delegados que decidirán en la convención de julio al que será el próximo candidato demócrata. Considerados en conjunto, ambos estados explican menos del 1,4% de la población total de Estados Unidos. Desde esta perspectiva, las primarias del partido recién empezaron: votó poca gente y se repartieron pocos delegados. Y sin embargo, la carrera hacia la nominación ya ofrece tendencias claras. Los resultados de los dos primeros distritos consolidaron la candidatura de Bernie Sanders, debilitaron las aspiraciones de Joe Biden y Elizabeth Warren – dos que a priori aparecían como favoritos–y elevaron las acciones de Pete Buttigieg.

 

Lo que ocurre al comienzo de las primarias es clave porque produce expectativas –en la opinión pública, en los medios y en la elite política– sobre quienes pueden ganar la nominación. Y al mismo tiempo, ejerce presión sobre los perdedores. El que gana estos “distritos tempranos” recibe más atención de la prensa, recauda más fondos, recluta más voluntarios. Se fortalece frente al resto de los candidatos, sin importar el tamaño electoralmente insignificante de estos estados. Y lo contrario aplica para los perdedores, sobre todo para aquellos cuyos desempeños son peores a los previstos. Desde 1980, salvo Bill Clinton, todos los candidatos que arrancaron con victorias en Iowa y/o Nueva Hampshire terminaron ganando las primarias, tanto demócratas como republicanos.

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En 2016, Sanders se impuso en Nueva Hampshire sobre Hillary Clinton por 22 puntos de distancia. Nadie esperaba que repitiera este martes semejante victoria arrasadora. Aquella era una competencia binaria; ésta, una contienda con muchos jugadores. Con todo, el primer lugar obtenido por el senador de Vermont implica para su campaña una satisfacción doble. No solo porque reafirma su condición de máximo favorito en la primaria demócrata, sino también porque echa serias dudas sobre la candidatura de Warren, su principal competidora en el ala izquierda del partido. Hasta hace pocos meses líder en las encuestas nacionales, Warren acumuló en Iowa y Nueva Hampshire dos resultados decepcionantes. Con el agravante de que la derrota más reciente ocurrió en un estado de Nueva Inglaterra, de donde ella proviene. Un traspié es mala fortuna. Dos son tendencia.

 

El que mejor parado quedó para competir con Sanders es Pete Buttigieg. El ex alcalde de South Bend hilvanó dos buenos resultados electorales consecutivos y se erigió como la nueva gran esperanza del establishment demócrata. Los líderes partidarios precisan construir una alternativa moderada viable tras el arranque catastrófico de Joe Biden.

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Las primarias demócratas continuarán en las próximas semanas en Nevada y Carolina del Sur. A diferencia de los dos primeros distritos (mayoritariamente blancos), estos estados son demográficamente diversos: el primero, con una importante población latina; el segundo, con alta representación de afroamericanos. ¿Podrá Sanders, que basa su movimiento en el voto joven, mantener en estos lugares su liderazgo? ¿Qué pasará con Buttigieg, al que los sondeos le dan mala intención electoral entre las minorías étnicas?

 

Nevada y Carolina del Sur serán la antesala del Supermartes. El 3 de marzo, 15 distritos de la unión celebrarán primarias de manera simultánea. Ese día hará su debut Mike Bloomberg, el multimillonario que lleva gastados en publicidad de campaña más fondos quetodos los los candidatos juntos.

 

Las internas norteamericanas son como una maratón: una competencia más de resistencia que de velocidad. Para mantenerse en carrera, el dinero es fundamental. Como Trump hace cuatro años, Bloomberg planea pavimentar su camino hacia la nominación con su propia fortuna. Sanders, por su parte, sostiene su campaña únicamente con pequeñas contribuciones. Esta es una condición necesaria –argumenta– para encabezar un movimiento que se propone transformar los fundamentos del partido demócrata, de la presidencia y de la propia Estados Unidos.

 



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