La respuesta de la política económica y social: buenas intenciones, pero escasa calibración



Por Guido Lorenzo Director Ejecutivo de LCG

 

En medio del avance local de la pandemia, el Ejecutivo, con apoyo de la oposición, resolvió una cuarentena obligatoria para toda la población que no cumpla tareas esenciales para preservar la salud y el abastecimiento de alimentos e insumos, así como algunas otras actividades. La medida, difícil de comunicar e implementar en un Gobierno democrático que garantiza en su Constitución la libre circulación de las personas, muestra en gran medida la firmeza del Presidente luego de escuchar a los especialistas.

 

La economía se ralentizará, tal como dijo Alberto Fernández. Esta vez ya sin el tono que había adoptado diez días atrás cuando dijo que “el mundo se confabula para hacer más difícil la salida de la crisis”. El costo social y económico de la medida, insistimos, es muy difícil de mensurar. No obstante, ya pasados los 100 días de Gobierno y antes de que este evento irrumpa, la economía no estaba encontrando rumbo. Zigzagueantes definiciones del ministro de Economía, Martín Guzmán, sin presentar el auspicioso plan integral que prometió a días de asumir y escasos resultados positivos en materia de actividad parecían indicar que el slogan de “prender la economía” no iba a suceder.

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La crisis económica derivada del efecto del parate en la actividad estará justificada y nadie juzgará al Gobierno por la crisis del 2020. Incluso el Presidente podrá capitalizar el rebote estadístico de la actividad en 2021. Durante dos años se podrán esconder inconsistencias bajo el lema de que al oficialismo le tocó lidiar con uno de los peores shocks recibidos en la Historia moderna. Cuestión que es cierta, pero evita realizar un juicio justo.

 

El acercamiento de Fernández a la oposición y la responsabilidad de esta para responder con agilidad da una sensación de unidad que el Presidente podría capitalizar. Principalmente tendiendo al centro y separándose del extremo de Cristina Kirchner. La legitimidad que no consiguió en las urnas la podrá conseguir si la situación sanitaria “sale bien”, algo que no sabemos aún cómo será medido.

 

Así como hay mucho para ganar, hay mucho para perder. La voz notablemente agitada de Fernández en el anuncio obedece a que sabe que paga costos sociales y económicos elevados. Si la situación sanitaria encima “sale mal”, la imagen podría verse perjudicada y podría resurgir la idea de ir a uno de los dos extremos de la grieta de la que fue testigo el país durante esta última década.

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Por ahora, la imagen positiva del Presidente mejoró. Un buen discurso con determinación lo diferencia de la criticada comunicación de la gestión anterior. Sin recurrir a ninguna épica y mostrando empatía logró dar un mensaje muy difícil.

 

La respuesta de la política económica y social aún tiene mucho de buenas intenciones y escasa calibración. Durante los meses siguiente el Estado deberá volcar dinero en la economía y la forma en que se distribuyan estos recursos podría afectar la mirada sobre el mismo Presidente que quedó a cargo de la situación sanitaria. Esto en parte demuestra una debilidad del sistema institucional que termina dependiendo del paternalismo de un líder. Un presidencialismo exagerado parece seguir siendo la norma. A pesar del apoyo de las cámaras, la sociedad responde a lo que dice el Presidente.

 

Con esta situación incluso se diluyen los extremos. Los fanáticos más identificados con Cristina ven que pueden surgir nuevos liderazgos; los fanáticos del lado de Mauricio Macri ven que Fernández no es Cristina. Lo próximo será lograr un mejor relacionamiento con la oposición durante la crisis y conservarla superada esta, a fin de robustecer el sistema institucional.



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