La conducta y la ley



Por Martín Böhmer Investigador principal de Gestión Pública e Instituciones Políticas de Cippec

 

La pandemia hace ruido en dos de las conductas más definitorias de nuestra relación con la ley. Por un lado, nuestra respuesta tradicional frente a la ley percibida como ilegítima: la solidaridad entre incumplidores, el abrazo, el aguante, la condena del buchón. Y por otro, la desconfianza, cuando no el miedo o el desafío, a la autoridad, en particular a los organismos que hacen cumplir las leyes.

 

En nuestra tradición ambas conductas están entrelazadas. El incumplimiento de la ley y la desobediencia a la autoridad que se perciben (o son realmente) ilegítimas tienen como contrapartida, porque en algún lugar hay que sostener un mínimo de coordinación colectiva, la solidaridad entre quienes se perciben como (o son) ilegítimamente perseguidos por la ley.

 

Saludarse de lejos

 

La antropología especula que el origen de muchos de los gestos de saludo fue la necesidad de mostrar que quien saludaba no llevaba armas. La palma abierta, el apretón de manos o antebrazos, la inclinación de cabeza con manos juntas en el pecho y el abrazo son formas de enviar el mensaje de que vengo en paz, desarmado, confiado en quien saludo, que pongo mi vida en sus manos. El beso aparentemente viene de la necesidad de alimentar a los niños con comida previamente masticada. Si eso fuera así, el beso es una forma de nutrirnos, una forma de asegurarnos mutuamente la supervivencia. Combinados el abrazo y el beso son una mezcla explosiva de aseguramiento: no llevo armas, tocáme y verificá, te entrego mi cuerpo confiando en que vos tampoco llevás armas, nos abrazamos para no morir y nos besamos para asegurarnos mutuamente la vida.

 

La amistad fundante entre Fierro y Cruz, que comienza con Cruz jugándose la vida para salvar a Fierro de que la autoridad lo detenga por los delitos que cometió, culmina con Cruz muriendo en los brazos de Fierro, víctima de viruela.

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Si es cierto que la costumbre de besarse, sobre todo entre hombres, surgió en los setenta y se instaló en los ochenta, uno podría seguir especulando y arriesgar que fue una reacción a la vergüenza de haber sido parte de quienes dijeron, frente a las desapariciones masivas de la dictadura, “por algo será”. Tal vez, siendo generosos, podamos leerlo como una forma de asegurarnos mutuamente que “nunca más” nos traicionaremos de esa manera, que nunca más nos negaremos el alimento, que nos cuidaremos la vida.

 

Saludarse de lejos es traicionar estos acuerdos.

 

Obedecer a la autoridad

 

La autoridad entre nosotros tiene una larga historia de ilegitimidad. La creación del Estado Nacional se hizo sobre la restricción de la representación, la concentración del poder en el Ejecutivo y en el gobierno federal, para no hablar de fraude electoral, intervenciones federales y asesinatos de opositores. A partir de 1930 los golpes fueron la regla, y el Poder Judicial, que debía defender la constitucionalidad y la legalidad, acompañó a gobiernos ilegítimos como si fueran constitucionales. Las fuerzas de seguridad asumieron la tortura y las detenciones arbitrarias como una forma natural de combatir el delito.

 

Obedecer, en aquel contexto, era complicidad. No debe sorprender que la respuesta haya sido la solidaridad entre las personas, aun con los delincuentes. El primer Fierro, Moreira, Bairoletto o Mate Cosido son delincuentes convertidos por la alquimia de la ilegitimidad del derecho en héroes populares. “No pago los impuestos porque se los roban”, es la confesión de quien comete un delito amparado en la excusa de que la autoridad comete otro, en un intento de justificación.

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Obedecer la autoridad es traicionar estos acuerdos.

 

Nuestra democracia constitucional

 

Pero en 1983 (mucho antes que en muchos países del mundo) las cosas cambiaron. Votamos a nuestras autoridades sin fraude y defendemos nuestros derechos en la calle, en los diarios, en las redes, en los tribunales. No tenemos más excusas, estas autoridades son las nuestras, estas leyes son las nuestras. El enorme esfuerzo de legitimidad democrática está hecho. No hay más golpes, ni violaciones masivas de derechos humanos.

 

Sin embargo, seguimos confiando más en nosotros que en nuestras autoridades. Tal vez eso se debe a que si bien estamos mejor, nuestras autoridades no han hecho mucho para aumentar su legitimidad. Falta que nos cuenten, antes de cambiar nuestras vidas, que lo van a hacer (que tengan una agenda regulatoria), que nos pregunten (más allá de los momentos electorales) qué nos parecen los cambios propuestos (creación participativa de normas), que nos digan qué esperan que sucederá (evaluación regulatoria ex ante), que nos cuenten qué pasó luego de implementar las políticas en cuestión y qué hay que mantener, cambiar o mejorar (evaluación regulatoria ex post) y que nos lo digan clara y transparentemente (lenguaje claro y acceso a la información). Y que todo eso lo hagan con respeto, sin violar nuestros derechos.

 

Saludar de lejos y obedecer a la autoridad

 

Si salimos de esta emergencia no necesitando el abrazo y el beso surgidos del temor y la desobediencia como respuesta al autoritarismo tal vez podamos empezar a confiar en quienes elegimos y a abrazarnos y besarnos como muestras de afecto. Y entonces seremos esa comunidad que atravesó emergencias dolorosas, aprendió de ellas y volvió al mundo mejor de lo que era.

 

 



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