¿Hay que actuar como en los ‘30 o como en la Segunda Guerra Mundial?



Por Matías Vernengo Profesor de Bucknell University (Pensilvania, Estados Unidos)

 

El debate entre los economistas sobre las causas de la crisis provocada por el coronavirus o Covid-19, y sobre las posibles alternativas de política económica, están fundamentalmente marcadas por el énfasis que unos ponen en los shocks de oferta, mientras otros sugieren que lo fundamental es la contracción de la demanda. Y como es común en estos casos, ambos grupos tienen algo de razón. Sin embargo, lo fundamental no es discutir si hay necesidad de mayor o menor intervención gubernamental, sino entender que tipo de intervención es necesaria.

 

Un shock de demanda requiere estímulo fiscal, y como por lo general estos shocks tienen repercusiones financieras, con defaults de agentes sobreendeudados, la intervención del banco central también es necesaria. Tanto el paquete fiscal en discusión en el Congreso de Estados Unidos, como la reducción de las tasas de interés de la Fed y la nueva rueda de relajamiento cuantitativo, son intervenciones que ponen a la demanda en el centro del diagnóstico sobre la crisis, y no difieren mucho de la respuesta a la crisis global de 2008-2009.

 

Es evidente que las políticas contracíclicas de Barack Obama en el 2009, aunque evitaron una Gran Depresión como la de los ‘30, tuvieron muchos problemas. Por ejemplo, el salvataje financiero rescató a los bancos, pero permitió que varias familias perdieran sus casas y el estímulo fiscal fue demasiado pequeño, llevando a una prolongada pero lenta recuperación económica que dejó a muchos trabajadores al margen, a pesar de una tasa de desempleo formal baja. Todos esos problemas agravaron los problemas distributivos y, en alguna medida, explican la victoria de Donald Trump en 2016. Por eso hay una desconfianza generalizada sobre la eficacia de dichas políticas.

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Además, algunos economistas suponen que el efecto negativo del coronavirus sobre las cadenas productivas, sobre el lado de la oferta, es central.

 

Muchos sugieren que el problema es la necesidad de mantener a la gente que, en cuarentena, no puede salir y consumir. No habría que aumentar la demanda per se, pero garantizar los ingresos de la gente, y la capacidad de las empresas en pagarles. Soluciones de ese tipo, por ejemplo, en las cuales el Gobierno se compromete a pagar buena parte de los sueldos de los trabajadores han sido anunciadas en el Reino Unido. Es evidente que este tipo de solución ayuda fundamentalmente a los trabajadores en el mercado de trabajo formal.

 

Y es verdad que ese será uno de los problemas clave de la crisis. En el caso estadounidense, las solicitudes del seguro desempleo dieron un salto la semana pasada, y el desempleo subirá rápidamente. Eso sugiere que el problema de demanda es central. Poca gente ha perdido el empleo porque las empresas no han podido comprar bienes intermedios y parado la producción. Por lo general, los despidos resultan de la completa falta de demanda, en el sector de servicios en particular. Pero nadie negaría los efectos sobre las cadenas productivas a más largo plazo. Pero esto pierde de vista cuales son los problemas, tanto del lado de la oferta como de la demanda. Los shocks han sido específicos y localizados y se requiere una intervención focalizada. Por ejemplo, es necesario recomponer la capacidad productiva, y aumentar la producción de respiradores automáticos, máscaras, medicamentos esenciales, infraestructura hospitalaria y, al mismo tiempo, hay que manejar la demanda de productos básicos, para evitar la escasez en las góndolas de los supermercados.

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En otras palabras, el problema no es determinar si hay un shock de demanda, y si hay que aumentar los gastos del Gobierno, siguiendo la cartilla keynesiana, como hizo Franklin D. Roosevelt durante la Gran Depresión. Eso seguramente es necesario. Pero lo central es la necesidad de planificar, tanto del lado de la oferta como de la demanda.

 

El Gobierno tiene que recomponer la estructura productiva, como hizo Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial y debe poder intimar a las empresas privadas a producir bienes y servicios específicos, o producirlos directamente cuando sea necesario, inclusive nacionalizando sectores en algunos casos. Además, el Gobierno debe controlar los precios de bienes y servicios esenciales, y en algunos casos administrar sustancias esenciales para el funcionamiento de la economía, como hizo durante la guerra.

 

Como en la inmediata posguerra, hay un reconocimiento de los límites del libremercado. No se combatió al fascismo con el libremercado. El Covid-19 expuso los límites del neoliberalismo, que ya había generado profundas crisis en las últimas décadas. Además del resurgimiento del populismo, una reacción a los tratados de libre comercio y un avance de la retórica proteccionista en Estados Unidos, el Covid-19 ha rehabilitado la noción de la planificación.

 

Aunque Trump, por ahora, se ha negado a usar el Acta de Producción para la Defensa, que le otorga amplios poderes para intervenir en la economía. Con el coronavirus volvió, no sólo John M. Keynes, sino la necesidad de la planificación productiva.



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