El G20 intentará coordinar la batalla contra el coronavirus



Por Jorge Riaboi  Diplomático y periodista

 

 

El Centro de Estrategias y Estudios Internacionales (conocido por la sigla inglesa CSIS), con sede en Washington, acaba de proponer que se encargue al Grupo de los 20 (G20) la tarea de liderar una amplia, temprana y coordinada respuesta global a la pandemia que se atribuye al coronavirus, también conocido como Covid-19. Tal iniciativa proviene de Matthew P. Goodman y Mark Sobel, quienes no mencionaron que los sherpas y ministros de Finanzas y Presidentes de bancos centrales del G20 evalúan el tema desde antes del 6 de marzo y que el conclave sectorial tiene previsto reunirse con frecuencia para dar seguimiento a esa responsabilidad. La iniciativa del CSIS parece responder a la liviandad y falta de ideas que exhibió la Declaración del Grupo de los 7 (G7), tras la reciente teleconferencia de sus líderes.

 

Semejante opción induce a evaluar hasta qué punto el G20 puede responder a este urgente y gigantesco desafío, después de anestesiar por más de tres años su función de liderazgo. La mayoría de sus miembros siempre fueron conscientes de que no fue un brillante acierto privilegiar la unidad del G20 a costa de desatender claras y sensibles emergencias de carácter global, como las ilegales guerritas de comercio que inició Donald Trump, la raquítica e insuficiente lucha contra el Cambio Climático o la anomia que prevaleció ante el público saboteo de organizaciones multilaterales del calibre de la OMC y el FMI.

 

Casi todo el G20 sabe que hoy interesa el qué y el cómo se va a hacer, cuándo empezarán a adoptarse las respectivas políticas y si quienes aspiran a ser líderes tienen la madera, el talento y la visión que demanda el presente ejercicio de liderazgo.

 

A pesar de que la nota del CSIS reconoció que las causas de origen sanitario de la actual crisis difieren de las que originaron la Crisis Financiera Global (GFG) que estalló en 2008-2009, la que el G20 manejó con bastante éxito sectorial, ambas comparten ciertos efectos. Es obvio que en todos los casos las crisis terminarán por llevarse puesta una singular porción de la economía mundial. En sus primeros pasos como G20 consiguió estabilizar la CFG de 2008/09 (la crisis subprime), pero no pudo evitar que el proceso derivara en una aguda subcrisis energética, alimentaria y social.

 

Al constatar el alcance de esa combinación de problemas críticos, los gobiernos del grupo e instituciones multilaterales de la época, como el FMI, pusieron a disposición, en abril de 2009, unos US$ 5.000.000 millones con la finalidad de evitar cortes en la cadena de pagos y preservar los pilares de la economía (tanto la oferta como la demanda), medidas que atenuaron pero no impidieron una tangible recesión, el caudaloso aumento de la desocupación ni significativos brotes de pobreza. En estos días se habla de establecer un fondo que va de unos US$ 4.000.000 a 7.000.000 millones, con el FMI contribuyendo, por ahora, con US$ 50.000 millones. Pero dada la volatilidad de los hechos, sería conveniente registrar con máxima prudencia cada dato, porque en las últimas horas Estados Unidos anunció la elevación de US$ 900.000 a US$ 4.000.000 millones de los recursos aplicados a la causa, sin aclarar cómo se espera lograr que los fondos alcancen a los destinatarios y destinos previstos.

 

¿Aprendió algo la humanidad de esa terapia? Al ver la clase política que hoy mueve los hilos del planeta existen más razones para dudar que para creer.

 

¿Lo anterior supone objetar el papel del G20? De ninguna manera. Es condicionar tal decisión a que los líderes del grupo dejen de jugar al amiguito y de bloquear las medidas necesarias para recomponer el normal funcionamiento del planeta. Lo cierto es que para esta gestión el mundo necesitaría más del perfil de Angela Merkel, que de los enfoques mercantilistas que fracasaron estruendosamente el siglo pasado, los mismos que interfieren con el crecimiento global desde principios de 2018. Que en este proceso China también requiere una profunda y urgente revisión de sus políticas, es algo que está fuera de debate. La parte objetable de la receta es la que tiende a generar una artificial y generalizada recesión e inflación de costos, cuyo origen es la ignorancia y miopía que destila el nuevo proteccionismo estadounidense.

 

Uno también espera que no se necesite una versión tecnológica de la Segunda Guerra Mundial para entender los puntos mencionados. Durante la crisis de 2008-2009, hace sólo diez años, la dirigencia se ocupó, esencialmente, de sacar del pozo a la política monetaria, crediticia y fiscal, ya que los gobiernos tardaron mucho en entender y oxigenar la economía real. En esa primera etapa de gestión, el G20 adoptó el claro compromiso de no caer en la clase de proteccionismo que hizo estallar el planeta en la década de 1930, acuerdo que se puso de manifiesto en todas las declaraciones previas a la bochinchera llegada de Trump al foro.

 

Los columnistas del CSIS expresan los mismos conceptos de otro modo (traducción propia): “Mientras siempre fue honrado con deficiencias, el aludido compromiso (la lucha contra el proteccionismo) fue severamente erosionado en los últimos tres años debido a que la gestión del Presidente Trump recurrió al uso de elevadas tarifas de importación inconsistentes con las reglas (y compromisos, aclaración de esta columna) adquiridos en la OMC. En lugar de retener suministros médicos como hoy lo hacen ciertas naciones del G20, sus economías deberían haber optado por mejorar las condiciones de acceso al mercado tanto para satisfacer la demanda como para unir esfuerzos orientados a crear los medicamentos apropiados para revertir la pandemia”.

 

“Lamentablemente, en el caso de la actual crisis la posibilidad de cooperación no es equiparable con la que se estableció en la GFC de 2008/09, ni parece viable. Estados Unidos no disimula su hostilidad hacia el contexto multilateral…”. La nota del CSIS también destaca que el Gobierno de Arabia Saudita no desea o no está en condiciones de ejercer un buen liderazgo del G20, ya que tanto sus problemas internos como la guerra bilateral de precios petroleros que sostiene con Rusia, lo inhiben de adherir a mejores opciones.

 

El problema clave no reside en diagnosticar este nuevo incendio, algo que sin duda habrá de ser muy complejo. Más bien surge de la ingenua creencia de que los bomberos de entonces siguen en sus cargos y se hallan dispuestos, organizados y entrenados para apagar los apocalípticos fuegos del presente estallido sanitario.

 

La verdad es que el G20 no resolvió en el último trienio ningún problema global significativo. Bajo la consigna “América Primero”, el Gobierno de Trump desguazó las instituciones que venían prestando, con visibles deficiencias y problemas de envejecimiento, mecanismos que demostraron ser estructuralmente útiles y necesarios para el sostenible crecimiento de la economía y el comercio mundial. No hay una pizca de duda respecto de que hoy Estados Unidos sabotea, a la vista de todos, la noción de reparar lo que anda mal y seguir adelante. En cambio existen certezas de que los indicadores económicos de estos días ya son más graves que los de 1932 (plena crisis del ‘30), con sólo computar los primeros datos de la pandemia.

 

Desde que Trump llegó al G20, las declaraciones del foro se convirtieron en insulsos y deformes relatos. Cuando Argentina presidió las deliberaciones, en 2018, el Gobierno del expresidente Mauricio Macri se limitó a seguir las nociones de corrección política orquestadas en 2017 por la tolerancia circunstancial de la canciller alemana. Concentró su artillería en hacer una gran velada en el Teatro Colón y en proponer monografías sobre temas que, visto lo que estaba sucediendo en el mundo, sirvieron para anteponer la frívola convivencia entre los miembros del foro antes que acentuar su función sustantiva. El hecho es que, después de acordadas las primeras medidas en 2008-2009, nunca se vio que quienes suscribían cada declaración de las cumbres del G20 volviesen a sus respectivos países para llevarlas fielmente a la práctica. La única y notable excepción es la que acaban de originar los presidentes de bancos centrales para atenuar los efectos de la pandemia en curso.

 

El G20 no hizo nada por frenar las guerras comerciales de distinto calibre que Washington lanzó a partir de 2018 contra doce países y regiones comerciales como China, Turquía, India, Rusia, la Unión Europea, Canadá, México, Corea del Sur, Brasil y otros países, incluido el nuestro. Siete de esas naciones y regiones afectadas iniciaron acciones legales en la OMC contra Estados Unidos. Los líderes del G20 tampoco jerarquizaron debidamente las conclusiones de sus ministros de Salud, cuando en 2017 éstos propusieron elaborar políticas conjuntas para controlar pandemias como la que en estos momentos está diezmando al planeta.

 

Un repaso de la agenda de reuniones para lo que resta del año hasta la Cumbre de líderes del G20 a realizarse en Riyadh los días 21 y 22 de noviembre de 2020, indica que Arabia Saudita le asignó al foro un perfil monetario y fiscal similar al que prevalecía en sus comienzos (2008-2009). Los únicos que darán razonable seguimiento a su nueva agenda, mediante reuniones consecutivas, son los Ministros de Finanzas y presidentes de bancos centrales. Las demás sectoriales no dan idea de seria dedicación. La única prevista con los ministros de Agricultura se acaba de posponer por la propagación del virus. Las otras sectoriales únicas son las de salud, energía (sin importar que los precios del petróleo cayeran al piso) y la de Ministros de Comercio.

 

El escenario descripto no es apto para lecturas cortas o fáciles. El Gobierno de Argentina ya debería tener un genuino y razonable enfoque institucional, en el entendido de que los líderes no dialogan sobre los casos individuales, sino respecto de los problemas que pueden afectar al conjunto del planeta. Sería prudente armar un buen equipo de trabajo sobre el tema, además del que opera desde la mini-Cancillería que sigue el temario desde Washington. Coincidencias aparte, la delegación que asista a la cumbre de líderes de Arabia Saudita debería llegar con una idea clara de cómo viene el juego.

 



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