Burdman: “Alberto Fernández está condenado a ser un estadista durante todo su mandato”

Julio Burdman


Entrevista Julio Burdman Director de Observatorio Electoral y profesor de Geopolítica de la UBA

 

En diálogo con El Economista, el politólogo Julio Burdman desmenuza, arrancando desde lo global y viajando hasta lo particular, el mayor cisne negro del Siglo XXI. Lúcido como de costumbre, explica porque el mundo adoptó la “estrategia china”, señala las limitaciones de la epidemiología, argumenta porque se potencian tanto el Estado Nación como la pulsión globalizadora y, obviamente, expresa porque Alberto está condenado a ser un estadista. “Poner al Estado por encima de todo es, por definición, ser un estadista”, añade. O, como sugiere, un “patriota constitucional”.

 


No debe ser fácil gobernar en esta coyuntura, en medio de una emergencia sanitaria global. Los líderes se enfrentaron a algo nunca imaginado. Una especie de película de ciencia ficción. Y tienen que tomar decisiones muy difíciles para evitar que miles de personas mueran. ¿Qué análisis preliminar hace?

 

Aparecieron con todo los problemas globales. Había dos estrategias para enfrentar esta pandemia. La primera, la de China, era impedir su circulación y contagio con medidas drásticas de aislamiento y distancia. La segunda, la de Alemania, era aceptar el contagio como inevitable y concentrarse en paliar sus efectos, reforzando al sistema de salud para socorrer a los más enfermos. La “estrategia alemana”, además, presuponía que la circulación del virus podía acelerar la generación de anticuerpos, como pasó con otras gripes del Siglo XXI. Aparentemente, OMS mediante, hoy todo el planeta ahora giró hacia la “estrategia china” y estamos en cuarentena mundial. Argentina fue decidida, porque se jugó por la “estrategia china” antes que otros. Estamos todos contentos con Alberto (Fernández) porque no dudó, y tomó un camino claro en la incertidumbre. Con ese estilo peronista que tanto nos tranquiliza a los argentinos: hacer un diagnóstico del mundo y decir “nosotros vamos por acá”. Pero, a decir verdad, nadie puede asegurarnos qué estrategia era la mejor. Las políticas públicas son así: se decide en penumbras. Todas las recomendaciones de la OMS están basadas en la epidemiología, que es una ciencia social blandita, con modelos estadísticos y proyecciones que pueden fallar. La teoría del aplanamiento de la curva, que hoy circula como un mantra, no es física newtoniana. Es la mejor teoría que tenemos, pero no más que eso. En nuestro caso, además, la “estrategia china” tenía un sentido: no solamente teníamos pocos casos -parecía que “estábamos a tiempo”-, sino que desconfiamos de nuestro sistema sanitario, aun cuando es bastante mejor que el de otros países. Pero tenemos un exceso de población concentrada en la zona metropolitana que nos hace imaginar situaciones apocalípticas.

 

El Estado ha aumentado su presencia y su activismo, urbi et orbi. Ni hablar de China, como decía. En Francia, Emmanuel Macron dijo que “el Estado de Bienestar no son cargas o costos adicionales sino activos esenciales y bienes preciosos” para momentos como los actuales. En países más liberales del otro lado del Atlántico (EE.UU.), el Presidente está inyectando dinero como nunca antes y se vienen tiempos de mayor regulación económica. “Te salva el Estado”, dice, a su manera, Twitter Argentina. Las sociedades hoy miran a suslíderes políticos, sus recursos, valoran la ciencia y técnica con apoyo oficial y quieren verlos jugar fuerte. ¿Qué opinan de eso y se viene una revalorización social del Estado? 

 

Coincido. Estamos ante una revalorización del Estado Nacional. De su autoridad territorial y de los servicios que brinda. Con la cuarentena obligatoria, el Estado está utilizando todos sus recursos de poder, recordándonos quién manda. El mercado y las ONG dejan de importar cuando se hace cargo el Estado. Eso no sorprende en los países desarrollados, donde todos saben que la autoridad del Estado siempre se impone cuando es necesario. En Estados Unidos, Europa o China, en las crisis el Estado toma el control con poder absoluto. En Argentina sí sorprende, porque la autoridad de nuestro Estado es débil. Si Fernández logra mantener esa autoridad durante toda esta situación, y no se arrodilla ante los intereses particulares, incluyo a los gobiernos provinciales en esta categoría, se habrá convertido en un gran Presidente. En un patriota constitucional. Pero no hay que confundir eso con liderazgo personal, ni con el logro político de un Gobierno o partido. Esto es mucho más groso, si me permite: es poner al Estado constitucional por encima de todo, algo que en la Argentina de los últimos 65 años no se pudo hacer. Nuestro Estado estuvo constantemente rendido ante el poder de los actores sociales, económicos y corporativos. Poner al Estado por encima de todo es, por definición, ser un estadista.

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Como decía, Argentina, lejos de la imagen de estar “aislada del mundo” o navegar siempre contra la corriente, picó en punta y mostró un globalismo casi atípico. Fue el primer país de la región, aun sin ser el más afectado por el Covid-19, en declarar la cuarentena, y luego siguieron los otros. ¿Qué opinión le merece?

 

En su pregunta hay un punto muy interesante, y es el factor global detrás de todo esto. Porque hay quienes creen que esta revalorización del Estado significa menos globalización. Y no es así. Son asuntos distintos. Hoy están todos los analistas fascinados con el cierre de fronteras, los liderazgos nacionalistas y una idea de defensa propia, como si se pudiera hacer una analogía entre esta cuarentena y proteccionismo comercial. Pero como bien sugerís, todos los Estados cerraron fronteras en forma simultánea. Acá hubo una decisión global de parar el mundo. Una mecánica globalizadora, porque es un problema global. Y Argentina la vio un poco antes que otros. Por ejemplo, que el bizarro presidente de nuestro principal aliado estratégico. Pero al mismo tiempo que todo esto sucede a nivel global, hay una misma interpretación de los acontecimientos, y un mismo tipo de respuesta nacional. No es que cada Estado se aísla para hacer lo que se le canta. El coronavirus es una geopolítica de profunda globalización, en la que lo global desborda la decisión de los Estados que crearon el régimen global. Donald Trump y Boris Johnson terminaron ridiculizados cuando quisieron “cortarse solos”, y tuvieron que subordinarse a la realidad de lo global. Importan más los epidemiólogos de la OMS que las ideas iniciales de Trump o Jair Bolsonaro.

 

Eso es medio confuso: más revalorización del Estado y más globalización al mismo tiempo…

 

Eso es porque todos tenemos la cabeza formateada por las relaciones internacionales, que es un modelo mental del Siglo XX. Esto no es un problema internacional, o sea, entre Estados. Es un problema planetario. Acá no corren ni los provincianismos nacionalistas, como la primera reacción de Bolsonaro, ni el chiquitaje de las negociaciones internacionales. Acá hubo un problema global y se impusieron soluciones globales. No hubo ni posibilidad de cortarse solo, ni tiempo que perder en una Asamblea de Naciones Unidas. Los gobiernos se subordinaron a una realidad global. Uno con Estados más fuertes para cuidar a sus ciudadanos, sí, porque el Estado de bienestar global no existe, pero también con una conciencia de lo planetario, que hoy tampoco existe. Los temas planetarios exigen acción planetaria, como ocurre con los temas ambientales. Ambiente y salud son temas del planeta. Obviamente, no es nada fácil, pero después de esta peste tal vez quede una consciencia, con mentes un poco más abiertas. Hay que abandonar el corset de la mirada internacional y pensar geopolíticamente. Que, en este caso, significa aceptar que los espacios políticos cambian dinámicamente, y que hay una escala global sin “relaciones internacionales”. Es un tema que da para largo. Tendría que anotarse en mi seminario de Geopolítica de la UBA y lo charlamos mejor.

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Yendo a nuestro país, hay un trade-off, dirían los economistas, entre minimizar los riesgos de contagio (me refiero a las medidas restrictivas) y evitar un desplome de la economía por esas mismas medidas restrictivas. El Estado, en aquellos países desarrollados, morigera ese trade-off porque tiene más capacidad de “reemplazar” (por un tiempo, cuanto menos) a los mercados. No ocurre eso en Argentina ni en el mundo emergente, en líneas generales. Peor aún, la proporción de la sociedad que vive “con lo justo” es mayor. El riesgo de un deterioro vertiginoso, por esas razones citadas, está a la vuelta de la esquina. ¿Cómo debe manejarse eso? Pareciera haber aceptación social estos días, pero hay quienes dicen que es insostenible más allá de 15 días…

 

No hay que ser muy alarmistas, pero, sí, es así. No sé cuánto tiempo puede aguantar un parate total una sociedad donde media población vive del flujo diario. Lo más parecido que vivimos fue el corralito, que secó de efectivo la calle. Entre el corralito y el estallido de diciembre pasaron tres semanas. En este caso, por suerte, hay aprendizaje y un Gobierno con importantes componentes de peronismo, que por definición es más sensible a la calle que el presidente de aquel entonces. Pero hay que medir las dos cosas en forma simultánea. La circulación del virus, y la de los pesos. A medida que no haya plata circulando, se va a perder el miedo al virus, y la autoridad del Estado se puede resquebrajar. Fernández va a necesitar, además, mantener toda esa autoridad para poder enfrentar la crisis económica que lo está esperando después de la pandemia.

 

Por lo que se lee, escucha y algunas encuestas recientes, se valora la respuesta del Gobierno aquí en Argentina. Ya ha dicho algo sobre el tema. El Presidente se puso al frente, abrió el juego (oposición y expertos de la sociedad civil) y no echó culpas. Hay quienes dicen que por estos días “empezó la Presidencia de Alberto Fernández”. Algunos se pasaron de rosca, por cierto, como Daniel Filmus, con su tuit de la noche del sábado. ¿Es una oportunidad para el Presidente?

 

Por supuesto. Pero hay que cuidarla mucho y entenderla con grandeza. Lo que representa el tuit de Filmus, es decir, la tentación de capitalizar políticamente “el momento”, no está en sintonía con la gravedad de la situación, ni con el lugar en que la Historia está poniendo al Presidente. Confío en que no pasará de ahí. Fernández tiene que enfrentar dos megacrisis, la sanitaria y la económica, pero al mismo tiempo tiene un desafío mucho mayor que es reconstruir la autoridad de un Estado que venía muy erosionada por los fracasos recurrentes, la desesperanza y la grieta. Y la va a reconstruir sacándonos de esas dos crisis. Está condenado a ser un estadista durante todo su mandato. Y va a tener que poner en caja a su propia coalición, que está plagada de gente que tira para su propio molino. La imagen de Raúl Alfonsín como espejo para Alberto, algo en lo que nunca creí, ya fue. Y ahora más que antes. Su modelo tiene que ser Charles de Gaulle.



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