Propuesta de Washington para alcanzar la paz palestinoisraelí

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Por Atilio Molteni Embajador

 

Tras dejar en el camino numerosos y complejos debates durante tres años de gestión, el pasado 28 de enero el presidente Donald Trump anunció su largamente demorado plan de paz para Medio Oriente. El mandatario calificó semejante proyecto como “El Acuerdo del Siglo”.

 

La referencia es a un extenso documento concebido con la participación de, entre otros, su yerno Jared Kushner. El texto propone otorgar a Israel los derechos territoriales que anhela desde 1947, cuando la agencia judía aceptó el plan de partición elaborado por la Organización de las Naciones Unidas (la ONU). Ese fue el primer acuerdo que sirvió para crear el nuevo Estado bajo el liderazgo de David Ben Gurion.

 

Pero mientras el enfoque de Washington reside en concederle al Estado judío muchas de sus peticiones, a los palestinos sólo le ofrece la remota posibilidad del tener su propio Estado en el contexto de una forma muy limitada de soberanía y sin satisfacer la esencia de sus reclamos.

 

Trump indicó que la iniciativa resultaría beneficiosa para ambas partes al crear una fórmula realista orientada a evitar que Palestina retenga su carácter de amenaza para la seguridad de Israel.

 

La presentación de estas ideas se realizó en la Casa Blanca, dentro de una ceremonia rodeada de gran pompa, a la que asistieron el primer ministro Benjamín Netanyahu, y otros invitados, pero ningún representante palestino. En la lógica del enfoque, el acto no permitía incorporar al Presidente de la Administración Nacional Palestina (ANP), Mahmoud Abbas, quien denunció la mencionada propuesta como una conspiración indigna de serio análisis.

 

El plan de Trump fue concebido para garantizarle a Israel una Jerusalén unificada como la capital del país; la legalización de los asentamientos o enclaves construidos en la margen occidental del Río Jordán y el derecho a quedarse con cerca del 30% de dicha región. Tal paquete incluiría el estratégico valle de dicho río, aceptando también la condición israelí de que se le reconozca el carácter judío del país, las cláusulas de seguridad mediante las que se desmilitariza al Estado palestino –cuyo control seguirá en manos israelíes– y el no reconocimiento del derecho al retorno de los palestinos a territorio israelí.

 

Como contrapartida, Israel congelaría la construcción de asentamientos por cuatro años, plazo durante el cual la ANP y la OLP deberían decidir si participan de las negociaciones para implementar el plan, dentro del que recibirían 50.000 millones de dólares a través de inversiones internacionales para financiar su desarrollo y se abriría una Embajada de Estados Unidos en su capital, la que sería Abu Dis, que es un suburbio de Jerusalén ubicado a tres kilómetros fuera de los límites históricos de la ciudad (donde hay construcciones emblemáticas para los musulmanes como el templo de la Montaña-Haram al Sharif) y, separada por un muro construido en 2005, cuando la pretensión palestina es la totalidad de Jerusalén del Este.

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Bajo tal perspectiva, los palestinos sólo retendrían el 70% de la margen occidental, rodeada de territorio israelí y dividida en tres cantones enlazados por carreteras, un túnel que los conectaría con la Franja de Gaza y dos zonas en el desierto del Neguev, que Israel cedería a cambio de los asentamientos, todo lo cual podría afectar la continuidad e integridad del territorio palestino.

 

El enfoque es un intento por dejar atrás la esencia del conflicto entre sionistas y palestinos en busca de la soberanía del mismo territorio que, en pocas palabras, es el enfrentamiento de dos proyectos nacionales contrapuestos que interpretan la historia de tal modo que niegan la posibilidad de coexistir en paz. A lo largo de los años, sus características y sus actores se modificaron, emergieron hechos de guerra, intifadas y negociaciones, donde nunca se resolvieron cuatro problemas vinculados entre sí, bajo el rótulo “Negociaciones sobre un status permanente”: fronteras, asentamientos, Jerusalén y refugiados, aspectos sobre los que Trump formula propuestas unilaterales que son diferentes a los parámetros históricos de los pasados esfuerzos.

 

Varios mandatarios estadounidenses trataron de ayudar a la búsqueda de soluciones por medio de fórmulas orientadas a modificar el resultado de la Guerra de 1967. Ellos se sujetaron al criterio global de que Israel podía devolver los territorios capturados a cambio de paz, enfoque consagrado en la resolución 242 del el Consejo de Seguridad de la ONU, en cuyo texto se convoca a la paz justa y duradera en Medio Oriente y al retiro de las tropas israelíes de los territorios ocupados.

 

Uno de los avances significativos en tal proceso, fue la “Declaración de Principios” suscripta en Washington (1993), que fue el primer compromiso formal entre el Estado judío y la Organización para la Liberalización de Palestina (OLP), donde tuvo lugar el famoso apretón de manos entre el primer ministro Rabin y Arafat, presenciado por el presidente Bill Clinton. El objetivo de tal enfoque se concentró en buscar una solución política mediante un acuerdo de paz, un pilar que haría más fácil resolver los demás conflictos de la región en virtud de la relevancia del problema palestino en el mundo musulmán.

 

La propuesta de Trump tiene cierta similitud con el denominado “Plan Allon”, diseñado por el general israelí Yigal Allon en junio de 1967, cuando era viceprimer ministro del Gobierno laborista. En el aludido plan se preveía la anexión de Jerusalén, la creación de una zona de seguridad a lo largo del Jordán y ciertas correcciones territoriales, sin incluir la anexión de grandes áreas ocupadas por palestinos y aplicando el concepto de “fronteras defendibles”, para lograr la profundidad estratégica pretendida por Israel.

 

Para muchos analistas, la presentación del “plan del siglo” es un modo de sacar la mirada de la opinión pública del juicio político a Trump, una acción motorizada por el Partido Demócrata (tema que el Jefe de la Casa Blanca logró superar merced al apoyo de los senadores republicanos) y por las elecciones generales que se realizarán el 3 de noviembre en Estados Unidos.

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Otro factor es el respaldo constante otorgado por Trump al primer ministro Netanyahu, a pesar de que ya en dos ocasiones no pudo formar Gobierno (en abril y noviembre de 2019), quien el próximo 2 de marzo debería conseguir, como resultado de esa nueva consulta, los votos y el poder adecuado para formar un nuevo gobierno.

 

Al mandatario israelí no lo ayuda la existencia de tres cargos de corrupción presentados por el fiscal general de su país, hecho que erosionó el endoso mayoritario de los votantes a su gestión. Sin embargo, la propuesta de la Casa Blanca le da un poco más de oxígeno y la posibilidad de concretar, en el futuro, la anexión unilateral de los territorios mencionados por Trump, que es una aspiración de la derecha israelí y de los partidos religiosos, lo que menoscaba desde un principio la posibilidad de lograr la convivencia de esos dos Estados con paz y seguridad (la persistente exhortación de las decisiones y declaraciones de la ONU).

 

En este contexto, es prudente recordar que, desde diciembre de 2017, los palestinos han suspendido sus contactos con el Gobierno estadounidense en función del reconocimiento de Trump a Jerusalén como capital de Israel. A partir de ese hito las relaciones bilaterales se han ido deteriorando, lo que se reflejó en la suspensión de la ayuda de Washington, la apertura de la Embajada en esa ciudad y el nivel de la representación palestina en Estados Unidos.

 

La reacción de los Estados árabes no ha sido uniforme, pues en tanto varios países de la región se manifestaron favorables (como en apariencia son los casos de Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Omán y Bahréin, Qatar y Egipto), otros pusieron distancia de tal enfoque. Varios Estados se opusieron o guardaron silencio, por lo que difícilmente exista un consenso árabe para presionar a Ramallah. Un indicio de ello es que el sábado 1° de febrero el plan fue rechazado en un cónclave de la Liga Árabe, en el marco de la afirmación de que la propuesta no satisfacía las aspiraciones mínimas del pueblo palestino.

 

Otro factor que la comunidad internacional sigue de cerca, es que cualquier iniciativa contraria a la propuesta de Trump en el Consejo de Seguridad de la ONU habrá de ser vetada por Washington. A pesar de ello, y aun cuando el plan no resulte aceptado, su sola existencia tiende a crear una nueva realidad que va a ser utilizada por los dirigentes israelíes, que inducirán a la cúpula palestina a buscar nuevas ideas y acciones políticas en defensa de sus derechos. Obviamente, la moneda sigue en el aire.



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