La triple agenda de una austera visita presidencial

Alberto Fernández en Israel


Por Atilio Molteni Embajador

 

Como la mayoría de los mandatarios que asistieron a este diálogo, el presidente Alberto Fernández hizo su primera visita oficial a Israel con tres objetivos. Dejar constancia del profundo valor ético y humanitario que se asigna en nuestro país al Quinto Foro Internacional de los Líderes que conmemoraron el Día Internacional de Recordación del Holocausto y de la Lucha contra el Antisemitismo, del que participaron más de cuarenta Jefes de Estado y otras autoridades. Reactualizar los históricos vínculos con el Estado judío y entablar diversos contactos con los aliados estratégicos que asistieron al foro para intensificar los contactos políticos y económicofinanciero del país ante las primeras gestiones que en los últimos días se iniciaron con el Fondo Monetario y con ciertos tenedores de la deuda del país.

 

Con la excepción del encuentro previsto con Vladimir Putin, el que finalmente no se pudo realizar, el Primer Mandatario y su comitiva desarrollaron con relativa facilidad la mayor parte de la agenda.

 

Las jornadas también sirvieron para adquirir una sintética visión del muy difícil e inestable escenario político y estratégico de Israel, a través del diálogo con las autoridades y otros referentes locales. El contacto directo ayudó a profundizar la lectura de hechos y datos de esta sensible región del planeta. Los diálogos oficiales habrían permitido colocar en el pasado los desencuentros que generaron incomprensión de ciertas tensiones geopolíticas, como los hechos que se asociaron a la existencia del memorándum de entendimiento con Irán y con el papel del Hezbolá.

 

Lo cierto es que esa región del mundo hoy también se encuentra en plena ebullición por diferentes problemas internos. El pasado 28 de enero, el primer ministro israelí, quien ejerció esa responsabilidad durante el ciclo más largo que se registra en la historia de ese joven país, resultó finalmente acusado de cargos de corrupción. Mientras ello sucedía, el presidente Donald Trump, el mayor y más fuerte aliado de Israel, finalmente dio a luz, en la misma jornada, su plan para pacificar la región en disputa entre Israel y Palestina, mientras en simultáneo, y a pocas cuadras de la Casa Blanca empezaban las acciones oficiales del juicio en su contra por abuso de poder y obstruir la labor del Congreso en el desempeño de sus función presidencial.

 

Si bien por el momento Trump podría eludir de la condena en virtud de la mayoría republicana que persiste en el Senado de los Estados Unidos, el tema no está claro. Lo que al redactarse esta columna nadie podía vaticinar, es si su estabilidad en el puesto habrá de resultar afectada por las imputaciones que alega en su contra su propio ex asesor John Bolton, quien consolidaría el fundamento alegados por mal desempeño que esgrimió la Cámara de Representantes.

 

Al margen de lo anterior, es muy probable que el presidente Reuven Rivlin y el primer ministro Netanyahu le hayan mencionado al doctor Fernández su preocupación por las constantes amenazas y acciones de Irán, a las que el gobierno israelí identifica como un peligro existencial para la supervivencia del Estado judío (ya que ese país encabeza el eje chiita). Además, Teherán ejerce conocidas operaciones en América Latina, sobre todo en Venezuela, las que resultaron en distintos episodios de gran difusión internacional. El gobierno y la clase política que hoy opera en Jerusalén adhiere sin reservas al enfoque que en estas horas impulsa Estados Unidos respecto de Irán, una coincidencia que reverdeció con la llegada del actual Jefe de la Casa Blanca.

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La adhesión israelí incluye el ejercicio de máxima presión económica sobre Irán a través de sanciones y de la constante disuasión con la amenaza de acciones militares creíbles ante cualquier ataque, un perfil que supone estar en constante alerta y en visible desdén por las formas diplomáticas de convivencia.

 

Tal realidad no obstaculizó las operaciones de Teherán en Siria, Irak, Líbano y Yemen, cuya tangible finalidad es aumentar su influencia regional y el propósito de condicionar a Israel y a otros países sunitas con distintas opciones, lo que incluye el alto riego de atesorar, en un futuro cercano, un arma atómica. Al respecto, el gobierno iraní ya anunció, el pasado 21 de enero, que se retiraría del Tratado de No Proliferación (TNP) –del que Argentina forma parte– si los países europeos llevan nuevamente su caso al Consejo de Seguridad de la ONU.

 

Algunas de estas tensiones pueden repercutir sobre los intereses directos de la Argentina, ya que los vínculos del país con Irán y sus proxies (como sucede con los aliados del régimen de Teherán en América Latina) podrían influir en el futuro apoyo de gobiernos como el de Estados Unidos en las negociaciones con el FMI destinadas a renegociar su deuda pública y en la aplicación del consiguiente programa macroeconómico, escenario que podría afectar tanto el crecimiento del país como a su capacidad de pago.

 

Esta red no siempre visible de nexos internacionales, tampoco sería ajena a la evolución de la situación geopolítica de nuestro país en la arena global, donde existe una relación directa entre la globalización (y sus limitaciones), el cambio climático y los perdigones sueltos de la gran competencia entre Estados Unidos –que sigue siendo el país con mayor poder estratégico– y potencias antagónicas y autoritarias como la Federación Rusa y China.

 

Así, mientras el régimen del presidente Putin consiguió proyectar su expansión con gran eficacia en Crimea y en amplias zonas del Medio Oriente, el régimen de Pekín rivaliza con paciencia, pero sin timidez, con ciertas expresiones del poderío económico y militar estadounidense. Tal situación se profundizó a partir de 2014 y modificó el equilibrio del orden internacional que existía en la relación de fuerzas existente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

 

Este cambiante mapa de poder, hizo que la estrategia de Estados Unidos se concentrara muy torpemente en evitar el surgimiento de una potencia hegemónica en Eurasia, que es el lugar del mundo donde hoy existe una gran concentración de poder y riqueza. El objetivo de tal política se vincula con una gran variedad de temas que van desde las armas nucleares y la disuasión, hasta las capacidades militares y su despliegue, en una concepción que se dirige a contener, no siempre con éxito, la presencia de China en la región del Indo-Pacífico y la presencia de Rusia en Europa.

 

La guerra comercial de China con Washington hoy sólo exhibe una paz precaria, ya que el adelanto tecnológico de Occidente está en juego y no con la mejor de las perspectivas (dadas las inversiones chinas en investigación y desarrollo, su política de transferencias obligatorias de tecnología y el robo de la propiedad intelectual).

 

Este gelatinoso orden internacional, que en el pasado se basaba en ciertas normas de convivencia, perdió dirección. Como es público, el abismo de facto o deliberado entre las dos economías rivales tiende a expandirse, motivo por el que las empresas estadounidenses buscan trasladar a otros mercados sus cadenas de producción. Ello explica el escepticismo con que se recibió en el reciente Foro Económico Global de Davos, el mensaje de Trump, quien sostuvo que su país había vuelto a ser un factor dinámico en el mejoramiento de la economía global y detentaba clara supremacía defensiva en la escena global.

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Estos hechos se registraron cuando el tradicional sistema euroatlántico tampoco pasa por su mejor momento. Es sabido que Washington no consiguió demasiado en su intento por lograr mayores aportes de los miembros de la OTAN al presupuesto de ese mecanismo de defensa común. Sobre todo porque desde la llegada al poder del presidente Trump, Estados Unidos lleva a cabo un ejercicio de gradual retirada de la escena mundial sin una brújula clara de su actividad militar, hecho que se combina con su política económica neoproteccionista, un mayor énfasis en el unilateralismo y una menor voluntad de actuar bajo las reglas de los acuerdos y organismos internacionales. Sólo mantuvo cierta coexistencia con su consigna “América Primero”.

 

En este escenario resulta más notorio ver el conjunto de vulnerabilidades europeas (como la concreción del Brexit), la proliferación de gobiernos ultranacionalistas y autoritarios, el desorden provocado por el masivo flujo de refugiados y migraciones no queridas, así como la pérdida de rumbo de la clase política del Viejo Continente, cuya política exterior común puede llegar a ser menos exigente con Moscú. Todo ello acelerado en función de los nuevos peligros que derivan de la cibernética y la necesidad de desarrollar defensas contra las acciones de desinformación e infiltración.

 

Otro subproducto de las antedichas debilidades, se expresa en el cambio de signo de las relaciones entre Rusia y China, cuya presencia diplomática y económica en Latinoamérica (como antes en África y Medio Oriente), no parece del todo bien entendida.

 

El Gobierno de Beijing suscribió acuerdos estratégicos con varios países los que, en el caso de Argentina, dan una idea de una nueva “Relación Estratégica”. Sus objetivos no son místicos. Demuestran el interés político de China de asegurar la provisión de materias primas minerales y agrícolas, con una paralela y sólida penetración con sus productos industriales y tecnológicos.

 

En 2018, el intercambio bilateral de nuestra región llegó a U$S 306.000 millones, lo que convirtió a China en el principal comprador de varios Estados. Paralelamente, sus inversiones directas superaron los U$S 200.000 millones (en Argentina rondan los U$S 16.900 millones). Y aunque con Rusia el proceso guarda menores proporciones, el nivel de comercio e inversiones se proyecta con singular fuerza.

 

La existencia de estos desarrollos no supone una amenaza o un riesgo inevitable si cada uno de los actores se limita a trabajar bajo un dominio controlado lo que, es obvio, no está claro ni decidido en el caso de nuestro país. Sin ideologizar este análisis, es pertinente recordar que las reglas de juego de una diplomacia con gobiernos inspirados en reflejos autocráticos y autoritarios, no siempre son claras ni manejables y no siempre fáciles de ejecutar. Tal hecho obliga a seguir haciendo las cosas después de pensarlas con mucho cuidado.

 



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