¿Gigante con pies de arcilla?

coronavirus china


Por Eduardo R. Ablin Embajador

 

Al momento de cerrar esta nota, el “Coronavirus 2019 nCoV” –cepa desconocida no detectada en seres humanos, capaz de provocar enfermedad respiratoria aguda y neumonía grave– ha registrado más de 28.000 infectados en 28 países, aunque 99% en la República Popular China (RPC). La epidemia, originada en la ciudad de Wuhan, afecta fundamentalmente a la provincia de Hubei, habiéndose extendido a otras populosas jurisdicciones linderas. Simultáneamente, el país padece desde 2018 un grave embate de fiebre porcina africana (enfermedad que no afecta a los humanos) estimándose una pérdida potencial de hasta 200 millones de cerdos, equivalentes a casi 50% de su stock total, el más numeroso del mundo.

 

Completando esta compleja combinación, al iniciarse febrero se produjo un brote de una cepa altamente patógena de gripe aviar H5N1 –causante de la mortandad del 60% de las aves en una granja en la provincia de Hunan, lindante con la de Hubei-. En materia sanitaria, la RPC ya había sufrido durante seis meses en 2002-2003 una epidemia de Síndrome Respiratorio Agudo Grave (SARS), generando 8.000 contagios a nivel mundial, con una tasa de mortalidad del 10% (contra 50% de la gripe aviar, difícilmente transmisible de persona a persona), que redundó en 800 decesos. En el caso del nuevo coronavirus los expertos asumen que su difusión podría alcanzar su punto máximo a lo largo de febrero y resultar más contagiosa que el SARS, aunque su nivel de mortalidad no superaría al 2% de los afectados, registrándose hasta ahora más de 560 decesos.

 

Desde el anuncio de la aparición de esta enfermedad en diciembre de 2019 la preocupación internacional se ha concentrado en primer lugar en el riesgo sanitario de su expansión global, criterio que impulsó a la Organización Mundial de la Salud (OMS) a declarar una emergencia sanitaria global. Si este desarrollo se hubiera originado –como el caso durante 2014/2016 del virus o fiebre hemorrágica del Ebola, enfermedad con una tasa de mortalidad del 90%– en un país periférico como Guinea, dando lugar a una epidemia en Africa Occidental, la sorpresa no hubiera resultado tan ostensible, ya que usualmente tiende a asociarse tal tipo de contingencias de salubridad con ambientes de gran pobreza en países con bajos niveles de higiene y limitada capacidad sanitaria.

 

Por el contrario, el mundo confronta en este caso un episodio de magnitud inusitada nada menos que en la RPC, nación que durante los dos últimos años se atrevió a enfrentar nada menos que a Estados Unidos (EE.UU.) en una aún no resuelta “guerra comercial”, la cual en rigor oculta una competencia por el liderazgo en el ámbito de las tecnologías de punta que delinean la denominada cuarta revolución industrial –muchas de utilización dual– y con ello la futura hegemonía mundial. En este sentido, los mercados mundiales han mostrado gran inquietud respecto del potencial impacto de la epidemia sobre la actividad económica de la RPC y su consiguiente efecto –dada su relevancia– sobre la coyuntura económica internacional.

 

Al respecto, cabe recordar que el XIX Congreso del Partido Comunista de China (PCCh) aprobó en 2017 el programa de Xi Jinping, Secretario General del PCC, Presidente de la Comisión Central Militar y Jefe de Estado, cuya meta es la plena modernización de China hacia 2049 (centenario de la RPC), en la aspiración de convertirse en primera potencia internacional, desplazando a EE.UU.

 

En esta dirección, desde las reformas iniciadas en 1978 por Deng Xiaoping, la RPC ha transitado un proceso de crecimiento económico inigualado. Así, en lo que va del Siglo XXI multiplicó su PIB más de once veces pasando, según el Banco Mundial, de representar menos del 4% del PIB mundial en 2000 a 16% en 2018. Por su parte, EE.UU. duplicó su PIB en igual período, reduciendo su participación a nivel global del 30% en 2000 a 25% en el presente.

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De esa forma, a partir de las transformaciones económicas iniciadas a fines de los años ‘70 China, evolucionó de una economía agraria a una urbana-manufacturera, convirtiéndose en la “factoría del mundo” de bienes industriales de tecnología cada vez más compleja. Como corolario de este proceso en 2018 resultó el mayor productor, exportador y consumidor de productos de electrónica del mundo, responsable de la manufactura del 90% (1.800 millones de unidades) del total mundial de teléfonos móviles, 90% de las computadoras personales (300 millones), así como 70% de los televisores color (200 millones), lo que le valió exportaciones por U$S 295.000 millones (12% de sus colocaciones externas totales). Al mismo tiempo, se consolidó asimismo como mayor consumidor mundial de productos de electrónica, absorbiendo 28% de los teléfonos inteligentes, 20% de las PC y 20% de los televisores color.

 

Así, a su condición de tercer país más extenso del mundo la RPC ha incorporado su posición como primera potencia industrial, segunda economía por su nivel de PIB y mayor actor en materia de comercio internacional. Sin embargo, el nuevo modelo de desarrollo promovido por Xi, desde su acceso al poder en 2013, conlleva un nuevo horizonte de modernización, orientándose a trascender el papel de “factoría del mundo” para perseguir su conversión en una economía creativa basada en el conocimiento y la innovación propios. Al respecto, la iniciativa denominada “Made in China 2025” constituye el gran objetivo de transformar la industria del país (pública y privada) a partir de la modernización de diez grandes sectores para tornarla más competitiva mundialmente, en la búsqueda de independencia tecnológica de las grandes potencias occidentales. Precisamente, el masivo financiamiento público a este programa conforma el núcleo del aún no zanjado conflicto con EE.UU., que alegan que la RPC subsidia por esta vía su transformación industrial contrariando la normativa multilateral en perjuicio de sus socios comerciales, por lo que se propone impedir que China adquiera capacidades tecnológicas en industrias donde la hegemonía de EE.UU. no ha debido aún enfrentar rivales. El objetivo del proyecto de la RPC es alcanzar, hacia 2025, 70% del autoabastecimiento de insumos de alta tecnología, disponiendo de una industria independiente, con capacidad para imponer globalmente estándares chinos destinados a cambiar el paradigma tecnológico diseñado por firmas de EE.UU.

 

Simultáneamente, el modelo de desarrollo chino se propone erradicar la pobreza por vía de la urbanización, previendo a tal efecto reformas destinadas a desregular las restricciones internas vigentes a la migración del campo a la ciudad.

 

Así, las reformas ya introducidas alentaron el éxodo de 250 millones de trabaja dores rurales (sobre 400 millones previstos) a los centros urbanos en busca de mejores condiciones de vida –convirtiendo campesinos de baja productividad en operarios industriales–, al mismo tiempo que contribuyeron a permitir superar la pobreza a más de 800 millones de personas en un tiempo relativamente corto. La “revolución urbanística” redundó en la formación de una creciente clase media que concentra al presente 440 millones de habitantes, esperándose que ascienda a 780 millones en 2025 para alcanzar finalmente 1.000 millones en 2030. Como resultado de la multiplicación de dicha clase media cada vez más rica y exigente (el PIB per cápita de la RPC pasó de U$S 950 a U$S 16.800 entre 2000 y 2017) el consumo interno va ganando importancia como fuerza impulsora del crecimiento económico. Así, el sector de servicios y conocimiento subsidiado por el programa “Made in China” avanza hacia un papel de liderazgo en la matriz de producción, con 40 millones de empresas creadas en los últimos 5 años –más de 15% dedicadas a la alta tecnología– lo que transforma la estructura económica doméstica y por ende el patrón de inserción de la RPC a nivel internacional. Ello se ha visto reflejado en el incremento significativo de las inversiones directas en el exterior, asociado a los proyectos financiados por la iniciativa “Belt and Road” (“La nueva Ruta de la Seda”) orientada a proporcionar logística y conectividad a las cadenas de suministro y tráfico de cargas y pasajeros a nivel mundial. Este contexto permite vislumbrar el surgimiento de un novedoso universo de emprendedores, que podrían alcanzar a 300 millones hacia finales de la década. En dicho marco la RPC no sólo podría relegar el concepto “Made in China” por el “Designed by China”, sino asimismo incorporar el “Made for China”, resultante de la reorientación de su producción hacia el consumo interno. De esta forma, la consolidación del consumo como principal fuente de dinamismo y crecimiento –actualmente sólo 54% del PIB– se sustentaría en la mejora de ingresos derivada de la urbanización y simultáneo enriquecimiento de la clase media

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Dado este objetivo cabe preguntarse como los remarcables avances tecnológicos chinos en modernas disciplinas –en armonía con un monumental programa de transformación social– conviven con condiciones higiénicoalimenticias particularmente primitivas precisamente en lo concerniente al consumo interno. En este sentido, sólo cabe presumir que la asignación de recursos direccionados al financiamiento del desarrollo de sectores de punta seleccionados no guarda relación con aquellos destinados a garantizar la sanidad pública, al mismo tiempo que la rigidez organizativa del PCC impide un reporte temprano de los eslabones débiles del sistema.

 

Sobre ello, los medios internacionales difundieron imágenes elocuentes del mercado de pescados y mariscos de Wuhan, donde su oferta convivía ilegalmente con la de una vasta gama de especies silvestres vivas, así como la venta de carne de 112 variedades exóticas, entre las cuales cabe mencionar avestruces, camellos, castores, cocodrilos, lobos, perros, puercoespines, ratas, murciélagos, serpientes y zorros. Así, cabe preguntarse si este podrá continuar siendo el estilo de oferta para consumo interno de las clases sociales en ascenso, y si estas últimas se mostrarán satisfechas con el mismo.

 

En ese contexto, y dejando a un lado extremos como el del mercado de Wuhan, cualquiera que haya vivido en la RPC ha podido seguramente contemplar en la China “profunda” los tradicionales mercados locales en pueblos y ciudades pequeñas y medianas (categorizadas como tales hasta 5 millones de habitantes) –y aún en grandes urbes como Wuhan (11 millones)– en condiciones higiénicas inadmisibles, que según apreciara un veterinario argentino con varios años en el país serían clausurados por el Senasa por mera observación, sin ameritar una inspección. Es cierto que dicho criterio podría asimismo aplicarse a mercados de igual estilo en países vecinos, aunque ninguno de ellos con aspiraciones de potencia global capaz de competir internacionalmente por el liderazgo en materia de telecomunicaciones, inteligencia artificial, electrónica, robótica, aeronáutica, equipamiento marítimo y transporte ferroviario, así como en la revolución futura de las energías renovables, la biotecnología o la carrera espacial.

 

No obstante, sería necio no reconocer que los científicos chinos pudieron en pocos días discernir la secuencia del genoma del nuevo virus, permitiendo así a los laboratorios en todo el mundo diseñar sistemas de análisis que en breves horas pueden determinar con certeza si un paciente está infectado por el virus de Wuhan, así como abrir la vía para el diseño de vacunas protectivas frente a la infección. Tampoco cabe subestimar la capacidad técnico organizativa para construir un hospital de 1.000 camas en el exiguo plazo de 10 días.

 

En cualquier caso, las evidentes contradicciones descriptas nos interrogan acerca de si la RPC está en condiciones de constituir un serio competidor potencial por la hegemonía mundial, o si permanecerá aún como un gigante con pies de arcilla.



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