Estados Unidos vigoriza su política de guerra comercial



Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

 

No hubo sorpresa. Tal como estaba previsto, el 5 de febrero la mayoría republicana del Senado estadounidense rechazó, sin oír testimonios ni fundamentos, la iniciativa orientada a someter a juicio político al presidente Donald Trump (ver columnas anteriores). La exculpación del mandatario se votó sin revisar la legalidad de sus acciones. Fue un acto de visible sectarismo partidario que nació con el propósito de retener, por otros cinco años, la visión y el relato mercantilista que hasta ahora sirvió para reasignar los valores, el papel y los liderazgos que existieron hasta 2016 en el mundo del capitalismo convencional.

 

Ante semejante perspectiva, se comienzan a evaporar las ilusiones de quienes pensaban reinstalar una pronta gobernabilidad real y constructiva en instituciones como el Fondo Monetario, la OMC, el Acuerdo de París sobre Cambio Climático o Grupos de diálogo y cooperación como el G7 y el G20, donde la presencia de Trump diluyó los consensos previos sin aportar ideas viables para hallar mejores alternativas de cooperación global. El Washington que lideraba el debate sobre la regla de la ley o el uso de los principios y evidencias científicas en las decisiones económicas y comerciales como las que hoy atrofian el comercio agrícola, mantiene parte del discurso pero no existe más. Prueba de ese barullo mental, es que el único foro en el que hoy desconoce el valor de los fundamentos científicos, es el creado para combatir los efectos del cambio climático. La Casa Blanca tiene su mirada puesta en la manipulación de los resultados comerciales y en la localización de inversiones.

 

En estos días los “cocineros” de Trump decidieron ampliar las medidas unilaterales contra el mundo, algo que incluye el castigar como subsidio “las devaluaciones competitivas” (un enfoque que Washington supuestamente le habría querido aplicar a países como China y Argentina); un proyecto de orden ejecutiva (decreto) destinado a retirar a Estados Unidos del Acuerdo Plurilateral de la OMC sobre compras del Estado (lo que supondría otro misil contra la integralidad del sistema multilateral de comercio); la reposición de la “calesita” al ejercer las represalias comerciales contra los subsidios de la Unión Europea a la empresa Airbus y el seguir jugando a las escondidas con la reforma destinada a reactivar el Organo de Apelación de la OMC. Todo esto requiere una explicación punto por punto, la que se intentará en los siguientes párrafos.

 

La gran paradoja de estos reflejos, es que la Casa Blanca tiene la osadía de adjudicar al mundo exterior los problemas que surgen de la incapacidad estadounidense de competir y de generar suficiente ahorro nacional, una táctica con la que desea alterar el sistema nervioso del gobierno chino y de muchos de sus aliados y socios comerciales. Siquiera se sabe si Washington tiene genuino interés de negociar y suscribir el acuerdito comercial con la Unión Europea que Trump discutió en Davos.

 

Pero veamos los datos faltantes. Al hablar ante el Congreso, el jefe de la Casa Blanca no dijo nada acerca del crónico déficit de ahorro ni sobre el gigantesco déficit de Presupuesto, cuyo nivel llegó al billón de dólares (un trillón en inglés) y se financia con crecientes parvas de deuda pública. Esa entrada de capitales retornables levanta artificialmente el valor del dólar, lo que abarata las importaciones y encarece los precios de la exportación estadounidense. En 2030, la deuda de ese país equivaldrá a un PIB anual, hecho que aclara de dónde salen los fondos del presente jolgorio. Para los turistas e importadores estadounidenses esta es la época del “deme dos” y de los festejos artificiales. En la Argentina y Brasil esta clase de experiencias siempre terminaron en imparable llanto, cierre de empresas, desocupación y falta de esperanza. Registremos estos hechos para que nadie diga, dentro de un tiempo, que esta fantochada se debió a un imprevisible accidente.

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Al mismo tiempo casi ninguno de los milagros del Presidente Trump son explicables por su nueva política comercial, la que recién se está terminando de negociar y poner en marcha. De modo que las cifras de ocupación, actividad económica y prosperidad de Estados Unidos se explican por el escenario que brindan las reglas del viejo, no del nuevo NAFTA (el USMCA o T-MEC).

 

Lo que sí está produciendo efecto, es la guerra comercial con China, pero dejemos que hablen los futuros números de la inflación de costos y el receso imputable a la caída del intercambio, algo que ya insinúan las estadísticas disponibles. Lo que también nos dice el nuevo déficit fiscal y la prosperidad estadounidense de estos días, es que la irresponsable baja de impuestos y el paralelo aumento del gasto público (fundamentalmente del gasto militar), es una pésima decisión. Reagan hizo un milagro parecido y Bill Clinton tuvo que pagar los platos rotos. Argentina siempre se prestó a ser un gabinete de ensayo de esta clase de milagros y miren qué bien nos fue y nos va.

 

Contra la opinión de todos, inclusive la de su propio secretario del Tesoro, Trump y los muchachos que dirigen su complejo aparato comercial, decidieron considerar subsidio a las devaluaciones competitivas desde el martes 4 de febrero. Antes de ello, Donald quiso declarar a China como país manipulador de la divisa y no tuvo como. Tampoco es probable que escuche la opinión del Director General de la OMC, cuya brújula parece necesitar una visita al mecánico. Este último sostuvo que el Sistema Multilateral de Comercio no tiene reglas sobre el tema, lo que es parcialmente cierto. El GATT y la OMC decidieron dejarle el laburito al Fondo Monetario, quien en los ratos de ocio se dedica, precisamente, a mirar los problemas cambiarios y de balanza de pagos. Sin embargo, tanto el Acuerdo sobre Subsidios como el GATT (Artículos II, XIV, XV y XVI), demuestran que el faltante de normas o la distracción del legislador no originó detectables errores de percepción. ¿Sobre qué base neutral se puede decir que estamos frente a una devaluación competitiva? ¿Es aceptable que eso lo decida cada Miembro de la OMC del modo que se lo dicte el funcionamiento de su propio hígado? ¿Es ésta la contribución de Estados Unidos a un nuevo orden internacional? ¿Aceptará la Casa Blanca la opinión del Fondo y las reglas OMC o espera que la relación contractual sea la opuesta? De suceder esto último, ¿para qué habrá de servir la OMC?.

 

En nuestro país alguien supuso que Trump pensaba aplicarle un gigantesco derecho compensatorio por imaginarias devaluaciones competitivas a favor de las exportaciones de acero y aluminio, lo que que en su momento fue desmentido de inmediato por el Director del Consejo Nacional Económico de la Casa Blanca, Larry Kudow, quien insinuó que no debía tomarse en cuenta el tuit salido de la Oficina Oval (ver mi columna de la fecha). En ese momento la idea no tenía mecanismo efectivo de aplicación. Ahora existe tal mecanismo. Cuidado con estas cosas, las que no deberían discutirse con temores, pálpitos periodísticos o por la “gente piola” que no entiende una jota del tema. Hoy el problema existe y no es apto para la improvisación plumífera ni para el “me parece”.

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La eventual salida de Estados Unidos del Acuerdo plurilateral de la OMC sobre Compras del Estado (uno de los dos textos de adhesión voluntaria que vienen de la Ronda Uruguay), el que en su momento fue liderado por Washington, es otra de las cositas que anida en las murmuraciones de la Casa Blanca. Curioso que lo haga tras alentar por años la presencia de China en ese marco. La explicación resulta sencilla: hay muchísimos fondos en esa caja y a Donald Trump le interesa digitar el tema desde la botonera de su oficina y discutirlo con interlocutores y eventuales socios como la Unión Europea, China, Japón o Corea del Sur (para obtener “un trato justo y equilibrado”), porque ese grupito se desvive por aumentar su participación en tales proyectos. Va de suyo que ese adiós sería otro furioso golpe bajo a la OMC.

 

Estados Unidos está autorizado a aplicarle represalias comerciales a la UE por los subsidios ilegales que le entregó y entrega a Airbus. A su vez, todo hace suponer que dentro de poco Bruselas tendrá el mismo derecho por los subsidios que Washington le concede a la Boeing. Y en lugar de negociar en una oficina cerrada un “quid pro quo” consensuado entre gobiernos adultos, decidieron recortar o reducir el comercio por los montos equivalentes al daño constatado. Lo hicieron a pesar de que las soluciones que reducen el intercambio casi siempre afectan a sectores económicos distintos de los que originaron la controversia legal. Ello supone que si los subsidios lo recibieron los aviones, la cuenta por el daño ocasionado al comercio en cada economía se tiende a pagar con restricciones a exportadores de otros productos como queso, vino o perfumes que no son arte ni parte del conflicto.

 

Las represalias calesita (carousel retaliation), es una variante que consiste en ir rotando la canasta de productos afectados por las restricciones comerciales que se aplica a determinado país por incumplimiento de reglas o de obligaciones de proveer acceso comercial en la OMC. ¿En qué consiste el mecanismo? En ir cambiando periódicamente los productos de la represalia comercial, lo que en la práctica significa que los gastos o inversiones destinadas a conquistar la preferencia de los consumidores no llega a producir resultados consistentes con esa inversión, por cuanto al ser conocidos por el público ya no pueden acceder al mercado con precios atractivos. Por ahora este es sólo un proyecto que impulsa el embajador Robert Lighthizer, titular de la Oficina del Representante Comercial, quien no inventó el mecanismo.

 

Y cuando alguien supuso que el gobierno estadounidense estaba listo para traer una reforma del Organo de Apelación de la OMC, y con ello destrabar su propio sabotaje, la Casa Blanca se habría vuelto a sentar sobre sus manos. Lo que demuestra que la pelea con mi amigo Donald Trump hace mucho daño, pero obliga a tener el radar prendido.

 



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