¿Cómo abandonar la decadencia populista?



Por Jorge Bertolino Economista

 

Con el advenimiento del nuevo Gobierno, han salido de su escondite subterráneo los fanáticos del colectivismo totalitario y los idiotas útiles sin ideas, a criticar el endeudamiento en divisas del Gobierno de Mauricio Macri.

 

Desde esta columna, siempre hemos objetado el financiamiento externo permanente. En las particulares condiciones en que se encontraba la economía, luego del desastre del kirchnerismo, sólo justificamos la toma de deuda de manera transitoria y siempre que no estuviera destinada  a erogaciones corrientes, sino a financiar reformas estructurales destinadas a eliminar gradualmente, hasta su extinción, tanto el déficit consolidado del sector público como el estancamiento del sector productivo.

 

Según el enfoque teórico que preferimos, la inflación es un fenómeno estrictamente monetario, y el origen de la expansión dineraria no deseada es, principalmente, el financiamiento del desbalance de las cuentas del sector público.

 

Todos los gobiernos que se sucedieron en el poder en las últimas décadas han negado el vínculo causal que describimos, adhiriendo, en cambio, a tan sofisticadas como disparatadas teorías locales, que adjudican el fenómeno a pujas distributivas, concentración de los mercados, estructura económica desequilibrada y otras idioteces por el estilo.

 

En medio del descontrol monetario y cambiario de los últimos dos años, sugerimos el regreso a una convertibilidad informal, que permitiera un incremento de la demanda de dinero con una consecuente venta voluntaria de divisas del sector privado al BCRA.

 

Mejor aún, podría efectuarse el cierre del área de emisión del ente estatal, y reemplazarlo por una Caja de Conversión que administre las reservas y atienda las necesidades de dinero doméstico, creándolo sólo contra la adquisición de dólares provenientes de la libre oferta del sector privado.

 

Este artilugio, en presencia de una fuerte monetización de los desequilibrios del sector público, no es una solución genuina y permanente al gravísimo cuadro inflacionario que padece la economía argentina.  Permite, sin embargo, ganar algo de tiempo para implementar las medidas de fondo que eliminen estructural y definitivamente el déficit fiscal y cuasifiscal, tanto de Nación, como provincias y municipios.

 

El régimen, a diferencia del existente durante el Gobierno de Carlos Menem, debiera permitir correcciones periódicas en el tipo de cambio de  conversión. La pérdida de certeza cambiaria se compensa, en este esquema, con la disminución del recurrente fenómeno de atraso cambiario que los tipos de cambio fijos han producido en numerosas oportunidades dentro de la historia económica de nuestro país.

 

El ancla cambiaria actúa siempre como un mecanismo de redistribución temporal de la inflación. No la evita, sino que la redistribuye en el tiempo. En otros términos, fijar el tipo de cambio implica trasladar incrementos de precios del presente al futuro. Sin embargo, debemos recordar, que en nuestro razonamiento teórico, el aumento del precio de la divisa no provoca el fenómeno inflacionario, sino que es un canal de comunicación entre emisiones monetarias previas y el incremento de los precios.

 

En un régimen de convertibilidad con tipo de cambio fijo, el atraso cambiario incrementa la devaluación esperada del signo monetario doméstico. A raíz de esto, aumenta el atesoramiento de divisas del sector privado, a la espera de la corrección cambiaria acostumbrada. La contracara es la desmonetización de la economía, el racionamiento del crédito, la suba de las tasas de interés, la disminución de la inversión y la desaparición del crecimiento económico.

 

Con un tipo de cambio que se adecue periódicamente a las variaciones de precios que provoca el rezago de las expansiones monetarias previas, se atenúa la baja de la inflación presente, a cambio de menor inflación futura y menor riesgo de crisis devaluatorias por agotamiento de reservas. No es una buena alternativa, pero tiene implicancias menos negativas que la anterior.

 

Si se cumple gradualmente el cronograma de reformas estructurales, tenderán a bajar las expectativas de inflación futura, disminuyendo la tasa de interés y aumentando la monetización, el crédito y la actividad económica.

 

A medida que este proceso se consolide, las correcciones periódicas del valor de la divisa se harán cada vez más esporádicas. También se podrán eliminar gradualmente las restricciones a las importaciones, si las hubiera, y se tenderá a eliminar el control y la intervención estatal, mudándose a un modelo cada vez más libre de determinación de flujos y precios en el comercio con el exterior.

 

La idea principal es, y será siempre, que no existe artilugio monetario alguno que permita vencer de manera genuina y permanente al fenómeno inflacionario. Sólo una política fiscal que elimine los desequilibrios que provocan la emisión de dinero no deseado, lograrán curar definitivamente esta grave enfermedad que padecemos, como dice el tango, de puro curda nomás …

 

La crítica al endeudamiento de Macri

 

Como dijimos anteriormente, los negacionistas del  origen monetario de la inflación han comenzado a salir de sus  oscuras tumbas, cual monstruos de películas baratas de terror, a clamar por una dosis más de la particular droga monetaria a la que son adictos.

 

Desde el Gobierno, confusión de confusiones, mientras se niega el vínculo causal entre dinero y precios, se niega atender los vencimientos de bonos en pesos con emisión monetaria por “el peligro que implicaría inundar el mercado de pesos”.

 

El doble discurso se desbarata rápidamente al analizar, por ejemplo las declaraciones del presidente del BCRA, Miguel Angel Pesce. Su última frase: “hay que digerir el exceso de circulante”, muestra una preocupación genuina por los efectos inflacionarios del exceso de emisión. Si la inflación no es monetaria, el Gobierno debería pagar y emitir en silencio y no hacer declaraciones ridículas. Si lo es, deberían reconocerlo y aguantarse las rabietas de la jefa y de su asesor a contramano (por Alfredo Zaiat, autor del libro “Economía a contramano”, de consulta permanente de la expresidenta, ta, ta, ta…).

 

Analicemos ahora las críticas a la bartola al endeudamiento de Macri.

 

El Gobierno está confundido y tira frases al boleo que preocupan y asustan. El “nunca más deuda”, junto con “la austeridad fiscal no es la solución” es imposible de sostener conjuntamente. Si no hay austeridad fiscal para eliminar el déficit, es inevitable tomar deuda. Recordemos, que la emisión de dinero es también deuda, esta vez gratuita y del BCRA. En cambio la que tradicionalmente llamamos deuda es onerosa y en cabeza del Tesoro Nacional.

 

Si el Gobierno gasta más de lo que recauda tiene déficit fiscal. Y ese desequilibrio debe financiarse con emisión o con deuda. Para ser más certeros aún, debemos acotar que se financia siempre con deuda, ya que, como dijimos anteriormente, la creación de dinero por parte del ente emisor se considera un incremento de la deuda no remunerada del mismo.

 

Sintetizando: el déficit fiscal se financia con endeudamiento gratuito (emisión) u oneroso (deuda interna o externa).

 

Los que claman en contra del endeudamiento irresponsable del último gobierno tienen razón en este punto pero olvidan, por ignorancia o mala fe, que mantener inalterado el gasto público y el déficit, implica inflación y estancamiento productivo, pérdida de poder adquisitivo de los salarios y las jubilaciones, y una larga lista de consecuencias negativas para los sectores de más bajos ingresos, que sería demasiado extenso enumerar.

 

No hay milagros. Si no se baja el gasto y el déficit, la deuda es la única alternativa para no recurrir exclusivamente a la emisión. En este mezquino e irresponsable esquema, la deuda ayuda a bajar la emisión, la inflación y la pérdida de poder adquisitivo de los salarios y las jubilaciones. Al menos por un tiempo, hasta que los mercados se cierran y sobreviene la crisis cambiaria y de deuda.

 

El peor escenario posible

 

Desde el mismo momento en que el Gobierno se niega a bajar el gasto público (la austeridad fiscal no es la solución, dijo el ministro de Economía, Martín Guzmán), está aceptando que habrá déficit y este se deberá financiar con emisión o con colocación de deuda interna, ya que son estos los dos únicos medios con los que puede hacerse. La deuda externa nos está vedada. Nadie nos presta un dólar, somos parias financieros en el mundo. Nuestra fama nos precede y nuestras últimas travesuras nos “cortaron las piernas”, como a Maradona en el Mundial de EE.UU.

 

Analicemos una a una las diferentes alternativas. La colocación de deuda puede ser voluntaria o compulsiva. Para poder colocar voluntariamente deben honrarse puntualmente todos los vencimientos que ocurran en los próximos meses. El cumplimiento de las obligaciones irá ayudando a construir la tan necesaria curva de tasas en pesos, que fuera destruida inútilmente por el Gobierno de Macri, en sus últimos manotazos de ahogado, luego de perder las elecciones primarias, con el inusual y estúpido “reperfilamiento” de vencimientos en moneda doméstica.

 

Sin reperfilamiento ni default en pesos será necesario acostumbrarse a tolerar una inflación que solo descienda muy suavemente y que las brechas cambiarias entre el dólar oficial (que de libre no tiene nada) y las cotizaciones alternativas, tienda a subir y, eventualmente, tener saltos periódicos con mucha publicidad negativa en los medios. Tampoco debe descartarse completamente un descontrol monetario que termine en crisis, inflación creciente y con tendencia a espiralizarse, y una explosión del tipo de cambio con hiperinflación y caos social. Es el costo a pagar, en términos de exposición al peligro (no certeza) de la inacción y la abulia negacionista que impide encarar (y solucionar) los problemas cuando estos son incipientes. Negarse a enfrentarlos conduce a la “solución de mercado”, que implica licuación inflacionaria de ingresos y destrucción de actividad económica y empleo. Este terrorífico escenario requiere una inacción oficial extrema y explicitaremos más adelante, en esta nota, cuales son las tareas que el gobierno debe desatender para que la probabilidad de ocurrencia del mismo se incremente significativamente.

 

Si no se crean las condiciones para colocar deuda voluntaria que permita pagar los vencimientos en pesos y financiar el déficit financiero (que está compuesto principalmente de intereses), se deberá recurrir a la emisión o a la colocación de deuda compulsiva. Esta última puede consistir en reperfilamientos, defaults o incremento de los encajes bancarios.  Cualquiera de estas alternativas, aún una combinación de ellas, generará la trituración del mercado de crédito. Las empresas verían desaparecer todo tipo de financiamiento, aún el de corto plazo. Las tasas serían prohibitivas, y una recesión galopante, con alta inflación y desempleo, haría tambalear los flojos cimientos del novel gobierno.

 

Por último, no colocar deuda y financiar los vencimientos y los desequilibrios con creación de circulante por parte del BCRA desencadenaría una duplicación (aproximadamente) de la masa monetaria en un período muy corto de tiempo. Como los agentes económicos están informados y actúan en consecuencia, se adelantarán a materializar sus expectativas de emisión con una brusca y prolongada disminución de la demanda de circulante. Si sumamos incremento de la oferta y disminución de la demanda (de dinero, en ambos casos), la inflación se potencia y espiraliza.

 

Como puede verse, de las tres posibles alternativas, hay dos que tienen consecuencias devastadoras. Deuda compulsiva y emisión monetaria son herramientas destructivas que deben archivarse en el cajón de los recuerdos bajos siete llaves y nunca más ser usadas.

 

La deuda voluntaria, por último debe obtenerse, como dijimos anteriormente, con un cumplimiento estricto de los vencimientos que se van sucediendo día a día. Pero, cruel contradicción, si se pagan con emisión, se desencadenará el peor escenario, visto anteriormente, y desaparecerá la voluntad de financiamiento del sector privado.

 

Cómo salir del laberinto 

 

Del laberinto se sale por arriba. Hay que olvidarse de las tres formas de financiamiento y buscar en otro lado. Aquí una lista de alternativas que combinadas pueden aportar la solución y encaminar definitivamente la economía argentina en una senda de crecimiento con progreso social.

 

  • Abandonar el discurso negacionista, y reconocer pública y dramáticamente (por ejemplo, con un discurso en Cadena Nacional), la necesidad de disminuir el gasto público y eliminar el déficit fiscal. El solo anuncio generará una sensación de alivio y alimentará expectativas positivas que redundarán en un aumento de la demanda de dinero. Luego habrá que consolidar esas expectativas anunciando y cumpliendo un cronograma claro y detallado de podas en partidas presupuestarias, comenzando con las más superfluas e innecesarias. Si hay voluntad política, no es verdad que el gasto no se puede bajar. Es una mentira de los políticos para hacer la plancha mientras nosotros nos ahogamos en la marea que ellos mismos generan.

 

  • Anunciar (y luego ejecutar sin dilaciones) un listado de reformas estructurales (laboral, previsional, tributaria, administrativa del sector público, de apertura del comercio exterior, etc.) que permitan esperar un incremento futuro de la productividad de la economía. Con esta agenda se irán aumentando las posibilidades de que las empresas argentinas se puedan insertar con éxito en el comercio internacional. El aumento de las exportaciones mejorará la escala productiva y generará más empleo y mejores salarios. Se necesitará, entonces, un tipo de cambio real más bajo, ya que el sector privado será más competitivo, y esto redundará en un mayor poder adquisitivo de los salarios y las jubilaciones. Recordemos que mientras más caro es el dólar, más caros son los alimentos y más baratos resultan los sueldos con respecto al costo de las mercancías.

 

  • Eliminar la Coparticipación Federal de Impuestos. Cada jurisdicción recaudará y gastará conforme lo determinen los respectivos presupuestos locales, obligando a que los políticos den la cara y justifiquen sus gastos, ya que serán los encargados de recaudar los impuestos que deben pagar los contribuyentes. El sistema actual, premia la irresponsabilidad, ya que separa los actos de recaudar (Nación) y gastar (provincia o municipio).

 

  • Anunciar la creación de una Caja de Conversión, con libre circulación de monedas de otros países. Podrá ser ahora el peso convertible y móvil, al menos durante un período de tiempo, hasta tanto pueda alcanzarse la estabilidad monetaria y restablecerse la confianza en la moneda local. Luego, podrá mudarse, si se lo desea, a un sistema monetario y cambiario más flexible, sin abandonar la prudencia monetaria y la austeridad fiscal.

 

  • Anunciar que se volverá a valorar la cultura del trabajo y del esfuerzo, y se abandonará definitivamente la adoración de la dádiva y el clientelismo. Todas las prestaciones sociales y los empleos públicos redundantes deben ser trasladados, no compulsivamente, a empleos en el sector privado, mediante incentivos tanto para las empresas como para los planeros y empleados públicos. Se debe exigir la búsqueda de trabajo para mantener los subsidios sociales. El que no quiera trabajar, y se encuentre en buenas condiciones para hacerlo, debe perder rápidamente sus beneficios.

 

  • Eliminar, mediante una auditoría seria y consensuada con la oposición, todos los subsidios fraudulentos por incapacidad que regaló el kirchnerismo y que pasaron, durante su gestión de 70.000 a más de 1.000.000, existiendo pueblos enteros que gozan de este “beneficio”. Gran labor de Roberto Cachanosky, estudiando y denunciando estos abusos desde hace años. Aquellos beneficios correctamente otorgados serán mantenidos, obviamente.

 

 

Cerrando el círculo 

 

La inacción del Gobierno lo obliga a internarse por caminos alternativos que terminan inevitablemente, algunos a más corto plazo, otros a más largo, en una crisis del mismo tipo de las que repiten periódicamente desde hace décadas.

 

La elección de medidas novedosas, como las que listamos anteriormente, tendrán un efecto inmediato de mejorar las expectativas. A raíz de esto, aumentará marginalmente la demanda de dinero, atenuándose ligeramente la inflación. Se verá un rebote suave de la actividad y también del consumo y la inversión.

 

A más largo plazo, la consolidación del proceso de cambio, potenciará los resultados, que serán visibles para la población y el cambio cultural estará en marcha para que salgamos definitivamente de la larga y oscura noche en la que el populismo y la estupidez nos mantuvieron durante casi un siglo.

 

Anteriormente dijimos que mencionaríamos cuales son las tareas que el gobierno debe desatender para que se hunda el barco. Si la larga lista de medidas que sugerimos es ignorada completamente, y se insiste en culpar al sector privado de la inflación y la pobreza, mandando ejércitos de controladores de precios a una batalla inútil y ridícula, el resultado es previsible.

 

Si adoptamos una agenda moderna e inteligente, aunque demande un par de décadas completarla, el camino será arduo pero la esperanza y la ilusión reemplazarán a la resignación y la pereza actual.



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