Del Potro no se rinde



En tiempos de pasiones a menudo edulcoradas, el fervor con que Juan Martín del Potro defiende su deseo de jugar al tenis supone un hecho de los que merecen ser acompañados con respeto y valoración.

 

Así debería ser en cualquier caso que un deportista hiciera propio el aserto sanmartiniano del persevera y triunfarás, pero en la medida que se trata de uno de los mejores tenistas argentinos de todos los tiempos la entidad del personaje invita a una lupa específica y a un seguimiento más atento.

 

Y, desde luego, subrayarlo no será ocioso, se alude a uno de los deportistas argentinos más relevantes del siglo en curso.

 

Examinemos el escenario en el que el tandilense se ha sometido en Miami a una nueva intervención quirúrgica en la rodilla derecha.

 

No juega desde junio de 2019 (una victoria ante el canadiense Denis Shapovalov en Queen’s), había sido operado de la misma rodilla en Barcelona, preveía retornar a las canchas durante febrero próximo en Delray Beach y eso en el contexto de una década en la que había sufrido otras graves lesiones en sendas muñecas.

 

Añadida la referencia de su edad (en agosto próximo cumplirá 32 años), cabe reponer por qué razón alguien que en buena medida tiene la carrera hecha, y sin dudas brillante, volvería a desandar el camino de un cuerpo demasiado castigado como para reformularse en la alta competencia.

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Se dirá, con pertinencia, que en cualquier caso se imponía esta nueva operación, toda vez que tortuosos dolores en la rodilla conspiraban contra su día a día, subir escaleras y acciones semejantes, pero no será necesaria demasiada perspicacia para deducir que volver a las canchas de forma oficial ofrece el rango de norte y de bandera.

 

El mero y sublime placer de demorarse en un hábito que lo constituye: el de pegarle a la pelotita amarilla.

 

Así lo interpretaron dos de sus célebres y más entrañables adversarios, el escocés Andy Murray con su “pienso en vos; seguí luchando, Juan”, y el mismísimo serbio Novak Djokovic con su estimulador “sigue luchando, mi amigo”.

 

 

Salvadas las distancias que hubiera que salvar, la saludable terquedad de Delpo y sus anhelos de regreso evocan al alemán Tommy Haas, cuyas nueve operaciones lo marginaron del circuito cuatro temporadas y al cabo se retiró a poco de cumplir 40 años, en 2017 se dio el gran gusto de vencer a Roger Federer en Stuttgart y rubricó su nombre como uno de los tres que ha constado en el top 20 después de los 35 años.

 

El tiempo pulsa una analogía que tal vez no sea caprichosa: por el indomable gusto de jugar y competir, Del Potro equivale al Fernando Gago del tenis.

 



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