La ortodoxia de una pizca de heterodoxia

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Por Jorge Bertolino Economista

 

Las especulaciones respecto a cómo será la política económica del gobierno que asume el próximo 10 de diciembre han virado desde un reformismo neo-menemista hacia una irresponsable gestión amparada en la Teoría Monetaria Moderna, propuesta por algunos exponentes recalcitrantes de la más cruda heterodoxia.

 

Nuestro amigo Héctor Rubini, en una nota reciente ( y ), le ha llamado Tontería Monetaria Moderna, citando a Kenneth Rogoff.

 

Existe un debate, quizás inconcluso, en el primer mundo, respecto de la razonabilidad de las recomendaciones de los defensores de este particular enfoque macroeconómico.

 

Es un debate lejano y ajeno, pues refiere a economías que han alcanzado un grado de desarrollo extraordinario, con indicadores sociales envidiables.  Algunos costos en términos de desigualdades son objetados, con virulencia en algunos casos, por quienes querrían ver una actuación estatal más contundente en la búsqueda de la igualación de oportunidades que permitan mejorar la situación de los sectores más vulnerables.

 

La receta del neochartalismo o MMT (Modern Monetary Theory) consiste en maximizar la provisión de bienes públicos, a fin de sacar de la pobreza y la marginalidad a los excluidos del capitalismo moderno.

 

Esto se consigue mediante la maximización del gasto público y/o del déficit fiscal. Los defensores de esta teoría no le otorgan ninguna relevancia a lo que los economistas más ortodoxos denominamos “la restricción presupuestaria”.

 

Existe una fuerte preferencia por financiar el déficit del sector público, que debe ser cuantioso y creciente, con emisión permanente de nueva moneda.

 

Como el Estado es monetariamente soberano y proveedor monopolístico de dinero fiduciario de curso forzoso, tiene una capacidad ilimitada para pagar bienes con provisión de nuevo circulante, que aumentará el stock de riqueza de la nación y el flujo de ingresos de sus habitantes.

 

El chartalismo adopta un enfoque estadístico de la moneda y fue creado por el economista alemán Georg Friedrich Knapp en 1895. John Maynard Keynes cita a esa escuela y a su autor en la página inicial de su “Treatise of Money” en 1930. De aquí podemos extraer la conclusión de que el aditamento de “moderna” es un tanto inadecuado. “Teoría Monetaria Antigua, Muerta y Resucitada”, sería más realista y descriptivo.

 

Podemos comprender que exista debate sobre estos temas en el primer mundo. Hay una marcada presión deflacionista en muchos países y una declinación de la tasa de crecimiento de sus economías que alientan la búsqueda de recetas heterodoxas para paliar los peligros de estancamiento con baja inflación. Así como en 1965 el ministro de Finanzas británico, Ian McLeod, acuñó el término “stagflation” o estanflación, en la actualidad existen algunos tímidos intentos de crear la denominación de “stagdeflation” o estandeflación.

 

El lector atento no tendrá dificultad en advertir la “ajenitud” de estas disquisiciones para la situación actual de la economía de Argentina. No insultaremos su inteligencia puntualizando las diferencias. Si a esta altura de la nota estas no son obvias, sería preferible abandonar su lectura y enfrascarse en temas alejados de la economía y las finanzas.

 

Cada maestrito con su librito

 

Nuestro enfoque, que fuera expuesto largamente en esta columna, supone que la inflación es un fenómeno estrictamente monetario. En el largo plazo, la tasa de crecimiento del nivel general de los precios, se iguala a la diferencia entre las tasas de crecimiento de la oferta y la demanda de dinero.

 

Llamamos inflación a la pérdida de poder adquisitivo de la moneda doméstica, que se produce instantáneamente, en el momento mismo de crearse nueva masa monetaria por parte del ente emisor. Esa inflación se trasladará a los precios con retardos extensos e irregulares a través de diversos canales o poleas de transmisión de la política monetaria. Algunos precios suben rápidamente y otros de manera más lenta, en sucesivas oleadas o cascadas de diversa intensidad y magnitud. Existen estimaciones que sitúan en 18 meses la longitud de tiempo en el que, habitualmente, se produce el traspaso total de la inflación monetaria a los precios. En períodos extensos, como por ejemplo 20 o 30 años, la evidencia empírica es demoledora en cuanto a la verosimilitud de este supuesto.

 

Aunque no sea el propósito principal de esta nota, mencionaremos brevemente una discusión actual sobre la neutralidad de la política monetaria. Nos parece atinada y conforme a la evidencia empírica, la opinión de los seguidores de la Escuela Austríaca. Estos sostienen que la inflación desordena los precios relativos con las subas alternadas e irregulares de los diferentes precios. Mientras más alta la inflación, más distorsiones en los precios relativos y una modificación más marcada en la asignación de recursos. Se favorecen, en ese proceso, los sectores que dependen más intensivamente de la existencia de una inflación permanente y preferentemente con tendencia creciente. De aquí se sigue que la política monetaria no es neutral y que “un poquito de inflación” no favorece a la producción y el empleo, puesto que la deficiente asignación de recursos desmejora permanentemente la productividad de los factores capital y trabajo, que son la fuente principal del crecimiento económico.

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Nuestra receta para abatir la inflación es estrictamente monetaria, pero utilizando exclusivamente la política fiscal. Aunque sea lento y aburrido, debe operarse simultáneamente sobre el gasto público y la recaudación impositiva. Debe peinarse el presupuesto y descartar partida tras partida, comenzando por aquellas cuya productividad social es nula o negativa. No es verdad que no es posible bajar el gasto del monstruo estatal. Sólo se necesita decisión política y convicción de estadista. Bajando los impuestos, comenzando por los más distorsivos, en una cuantía algo menor que el gasto público, se tendrá una trayectoria declinante del déficit público y de la emisión monetaria que se necesita para financiarlo.

Sería ideal una reforma administrativa integral del sector público, tanto a nivel nacional como provincial y municipal. Una definición clara y concreta de las funciones de cada uno y de los recursos humanos y materiales necesarios para cumplir eficientemente con estas funciones, pero sin derrochar los limitados recursos presupuestarios, permitiría un ahorro sustancial y una liberación de recursos que podrían destinarse a sectores con mayor productividad social que el sector público. Estamos pensando, principalmente en empleo en el sector privado creador de bienes y servicios, tanto para el mercado interno como para la exportación.  Nos es ajena la antinomia campo o industria, y también la de mercado interno o exportación.

 

El principal determinante del Tipo de Cambio Real (TCR) es el tamaño del gasto público, que opera como un costo para el sector productivo. Con un gasto más bajo, tendremos un TCR más alto. Habrá más producción para exportar y más divisas para importar bienes de capital. La mayor inversión generará mayores volúmenes de empleo y salarios, creciendo de esta manera, de manera espontánea y armónica el consumo y el mercado interno. La dicotomía entre consumo e inversión es otra mentira de los amantes del gigantismo estatal. Asfixian a las empresas con impuestos y regulaciones absurdas, impidiendo el crecimiento genuino y fomentando la dádiva y el clientelismo.  En un juego de suma cero, consumo e inversión son mutuamente excluyentes. En el juego de suma distinta de cero que delineamos en los párrafos precedentes, hay espacio para que ambas variables crezcan al mismo tiempo. La receta puede parecer revolucionaria, pero sólo porque hace un siglo que dejó de usarse en nuestro país. Pero en el resto del mundo, es lo que gobierna la economía de los países más exitosos y con las poblaciones más felices.

 

Otro aspecto, que no queremos dejar de considerar en nuestra “receta” para abatir la inflación es que la política monetaria es absolutamente ineficaz para combatirla. Podemos, bajo ciertas restricciones considerar su uso como complemento de una política fiscal contractiva del gasto. Pero nunca, jamás de los jamases, debe utilizarse como herramienta principal de lucha contra la inflación. La inflación es un problema, pero si le agregamos una política monetaria contractiva, que aumente los tipos de interés, sin bajar el gasto público y el déficit fiscal, tendremos dos problemas: la inflación y la recesión. Como dijimos reiteradamente en esta columna, la política monetaria contractiva contiene en su interior la semilla de su propio fracaso, ya que genera rápidamente tendencias recesivas que disminuyen las actividad económica y, luego, la recaudación fiscal. Se incrementa así, el déficit y la emisión monetaria para financiarlo. Como puede verse, es peor el remedio que la enfermedad.

 

Por último, unos párrafos sobre el financiamiento del déficit fiscal. Este debe hacerse exclusivamente con emisión monetaria. No debe tomarse deuda pública para este fin. Sí, puede hacerse, transitoriamente, con fines de promover el ahorro interno y la formación de un mercado de capitales doméstico o con fines de regulación monetaria, atendiendo a las variaciones de la demanda de dinero.

 

El lector pensará que somos amantes del dinero fácil. Sin embargo, es exactamente lo contrario. Como somos enemigos acérrimos de la emisión espuria de dinero, consideramos que la población debe sentir plenamente el rigor de la expansión dineraria que crea la irresponsable política fiscal de los gobiernos. Los artilugios monetarios distraen la atención de la opinión pública de la cruel exacción de que es víctima con  este impuesto no legislado que es el inflacionario. El financiamiento mediante deuda, además de generar recurrentes crisis, re-perfilamientos y defaults, permite barrer transitoriamente bajo la alfombra una porción de la inflación que el manirroto estatal fabrica día tras día. Si la gente tiene que sufrir las consecuencias de la inflación, sin disimulos ni cosméticas inútiles, aumentará la demanda de equilibrio fiscal y caerá la popularidad del gasto fácil e irresponsable.

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El único trabajo del gobierno, según esta particular visión que proponemos, es bajar paulatinamente, con firmeza y decisión, el gasto estatal, el déficit y los impuestos. Los dos primeros, para bajar paulatinamente, y de manera genuina, la inflación. Y el último, para bajar los costos de las empresas, principalmente las pymes, incrementar su rentabilidad, dinamizar la economía y fomentar la inversión, el empleo y la calidad de vida de la población.

 

El libro gordo de Petete

 

Con el enfoque ultra-heterodoxo de la MMT, aplicado a ultranza y por un período extenso de tiempo, los resultados serían catastróficos. Coincidimos en este punto con el “diluvio universal” que pronostican las visiones más pesimistas del mercado de opinadores profesionales y de los “otros”.

 

Una actitud de afirmación de la “soberanía monetaria”, que pretendiera incrementar la oferta de dinero de manera sustancial y permanente, “poniendo plata en el bolsillo de la gente”, “encendiendo el helicóptero de Friedman”, propiciando incrementos irresponsables y artificiales de salarios e imponiendo tipos de interés fuertemente inferiores a la inflación proyectada, generarían diferentes efectos, según cuál sea la política cambiaria adoptada.

 

  • Con tipo de cambio flexible, tendríamos una disparada instantánea del valor de la divisa, que trasladaría rápidamente a precios la inflación monetaria. Se crearía una espiral, y esta devendría hiperinflacionaria.

 

  • Con tipo de cambio fijo, el BCRA se quedaría rápidamente sin reservas, lo cual obligaría a devaluar la divisa, provocando los mismos efectos, aunque con algo de retardo, que en el caso anterior.

 

El libro de la felicidad

 

Los más fanáticos “ortodoxos a libro cerrado” considerarán una herejía pronosticar el éxito de una hipotética pizca de heterodoxia monetaria de corto plazo, en un contexto de fuerte ortodoxia fiscal y monetaria de más largo plazo.

 

Si la próxima (vice)presidente tuviera la inteligencia de promover un sinceramiento monetario, exterminando el stock de Leliqs con emisión, de manera escalonada y en un plazo, por ejemplo, de doce meses. Si, sumado a esto, pagara en tiempo y forma los vencimientos de deuda interna y renegociara inteligentemente la deuda externa. Si fuera capaz de eliminar de cuajo el estúpido impuesto a la renta financiera. Si comprendiera la necesidad de bajar el gasto público en lugar de aumentar los impuestos, sobre todo las retenciones a las exportaciones. Si todo esto fuera posible, aunque creemos que no lo es, podríamos observar en los próximos meses un tímido aunque genuino proceso de recomposición de la liquidez general de la economía. A este fenómeno, los economistas lo denominamos “remonetización de la economía”.  Consiste en un incremento del cociente de los agregados monetarios con respecto al PIB. Esto es consecuencia, generalmente, de un incremento en la demanda de dinero, generado por un shock de confianza producido por un plan de estabilización que se presume será exitoso o por un conjunto de medidas, que sin constituir un plan, puedan catalogarse como prometedoras y que se presuma podrán abatir la inflación y promover el crecimiento económico.

 

Si, como es de prever, la inteligencia estuviera ausente, y sólo se actuara con los caprichitos acostumbrados de la “economía a contramano”, el escenario catastrófico no tiene asegurada la centralidad y su ocurrencia no es inexorable.

 

El jolgorio monetario moverá la economía en el corto plazo. Se dinamizará principalmente el consumo y la caída de los tipos de interés moverá algo la inversión. Si se monetizan los desequilibrios actuales pero se opera en la búsqueda del superávit fiscal de largo plazo, aunque se equivoque el camino, operando con subas de impuestos en lugar de bajar el gasto, el incremento artificial de la demanda de dinero que genera el cepo cambiario, dará una tregua que permitirá vivir un veranito que parecerá un oasis después de la travesía en el desierto de los dos últimos años.

 

Si nuestra argumentación es correcta, en pocos meses habrá un triunfalismo de la heterodoxia que pondrá en duda la continuidad de la efímera mejora. Allí será el momento en que se decidirá el futuro de la economía argentina de los próximos años. Si la pizca de heterodoxia deviene permanente, no alcanzarán los botes para cruzar el Río de la Plata hacia Uruguay o hacia cualquier otro país donde prime la cordura. Si por el contrario, el susto es grande o la inteligencia aumenta, quizás haya una chance de que se abran paso las ideas capaces de sacar al país de la decadencia de décadas.

 

Austeridad, equilibrio presupuestario, moneda sana y reformas estructurales para promover el crecimiento. El seis de enero está próximo. El que cree en los Reyes Magos, puede poner los zapatitos y pedir un milagro que convierta en estadistas a las retorcidas mentes de los líderes políticos que supimos conseguir.



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