La fuerza del libre intercambio: estudio de un campo de prisioneros de guerra

La fuerza del libre intercambio: estudio de un campo de prisioneros de guerra cigarrillos


Por Sebastián Galiani Profesor de la Universidad de Maryland y la Universidad Torcuato Di Tella

 

Con el advenimiento de la Segunda Guerra Mundial, Richard A. Radford (1919-2006) debió interrumpir sus estudios de economía en la Universidad de Cambridge para unirse a la Armada británica. Tres años más tarde, en 1942, fue apresado por las fuerzas enemigas en Libia, y desde ese entonces permaneció retenido como prisionero de guerra, hasta el final del conflicto. Durante su travesía por los campos de prisioneros alemanes, Radford no olvidó lo que había aprendido en Cambridge, sino que se dedicó a analizar el comportamiento de los prisioneros a la luz de la teoría económica. En base a las observaciones realizadas durante este período, publicaría el artículo “The Economic Organisation of a P.O.W Camp” (1945). Este constituye un vívido retrato de la vida económica de los campos de prisioneros, en el que Radford provee un fino análisis de las instituciones económicas surgidas en este contexto.

 

La economía de los campos de prisioneros retratados por Radford no era una economía como cualquier otra, puesto que los prisioneros no dependían de su trabajo para satisfacer sus necesidades básicas. Semana a semana llegaban raciones de alimentos y cigarrillos enviados por la Cruz Roja, que se distribuían en igual medida a todos los prisioneros, y ocasionalmente también arribaban paquetes con ropa, productos de higiene o cigarrillos, que tenían destinatarios definidos. Esto, sin embargo, no quiere decir que la actividad económica no fuera importante. A pesar de que los prisioneros contaban con dotaciones de bienes relativamente parecidas, sus preferencias individuales variaban notablemente, por lo que los prisioneros podían mejorar sus penosos estándares de vida a través de la realización de intercambios mutuamente beneficiosos. Así, por ejemplo, se verificaba un intenso flujo comercial entre prisioneros británicos y franceses. Mientras que los británicos, bebedores de té, se beneficiaban vendiendo ‘caro’ el café a los franceses, los franceses veían provecho en comprarles ‘barato’ el café que anhelaban con desesperación.

 

En un principio, el intercambio de bienes se realizaba a través de trueques, y pronto se hizo inteligible una primitiva escala de valores. Una lata de mermelada era intercambiable por media libra de margarina y alguna otra cosa; y, para comprar una ración de chocolate, había que entregar varios cigarrillos. Este sistema, apto para un entorno en el que los intercambios se realizan de forma esporádica, no era capaz de llevar a buen puerto el volumen de transacciones comerciales que resultaba factible en los campos de prisioneros más grandes, donde era más probable que cada prisionero encontrara a un par con el que poder concertar una transacción mutuamente beneficiosa. En este contexto, en el que era necesario el surgimiento de un sistema que facilitara las transacciones, aparecería de forma espontánea una solución. Paulatinamente, el valor de todos los bienes comenzó a ser expresado en términos de cigarrillos, por lo que este se convirtió en unidad de cuenta.

 

Aunque el surgimiento del cigarrillo como unidad de cuenta no requirió de la mediación de ninguna organización, su consolidación como medio de pago generalizado da cuenta del modo en el que el establecimiento de reglas de juego por parte de organizaciones con poder de enforcement – representadas, al interior de estos campos, por asociaciones de prisioneros – puede mejorar el funcionamiento de los mercados. Debido a que el sistema de comercialización vigente en un primer momento, por el cual los compradores vagaban por los diversos edificios del campo ofreciendo sus productos, resultaba muy caótico, este esquema fue reemplazado por un sistema de mercados centrales. En cada edificio del campo se instaló una cartelera en la que los prisioneros indicaban su nombre, número de habitación, qué deseaban comprar y qué estaban dispuestos a entregar a cambio. Gracias a este registro público y semipermanente de las transacciones, tanto fumadores como no fumadores sabían cuántos cigarrillos podían obtener por sus productos en condiciones normales. Esto contribuyó a que los no fumadores estuvieran dispuestos a vender sus bienes por cigarrillos, que usarían luego para comprar los productos que realmente deseaban, y de este modo afianzó el rol del cigarrillo como medio de pago generalizado.

 

La similitud entre la vida económica fuera y dentro de los campos de prisioneros no se agotaban en la existencia del dinero. Al interior de los campos había arbitrajistas, monopolistas, unos pocos emprendedores, e incluso mercados de futuros. Un mercado con ventas a futuro era el de pan. Los lunes y jueves de cada semana, los prisioneros recibían raciones de pan que debían durar 3 y 4 días, respectivamente. Mientras que algunos prisioneros consumían sus stocks rápidamente, otros guardaban parte de sus raciones para venderlas en aquellos momentos en los que el pan comenzaba a escasear. Las noches de domingo, los contratos de “pan ahora” se realizaban a precios altos, superiores a los de los contratos que ofrecían “pan el lunes”.

 

Asimismo, dentro de los campos de prisioneros regían las mismas leyes económicas que fuera de ellos. Así es como, por ejemplo, los cigarrillos se encontraban sujetos a la Ley de Gresham, de acuerdo a la cual “la mala moneda sustituye a la buena”. Debido a que algunas marcas de cigarrillos eran de mayor calidad que otras, pero a los fines del intercambio todos los cigarrillos valían lo mismo, los cigarrillos de mayor calidad eran consumidos por los fumadores, y la mayor parte de los intercambios se realizaba utilizando aquellos de baja calidad.

 

Los sucesos experimentados al interior del campo también sirven para ilustrar el vínculo existente entre la oferta de dinero y el nivel de precios. Aunque en condiciones normales, en las que cada hombre recibía una ración de entre 25 y 50 cigarrillos por semana, el nivel de precios era razonablemente estable, este era un equilibrio frágil. Regularmente, parte del stock de dinero era consumido por los fumadores. Por ello, cuando los envíos de cigarrillos se interrumpían, los precios expresados en términos de cigarrillos caían, las cantidades vendidas declinaban y ganaba terreno el trueque. En la dirección contraria, en los momentos en los que se restablecían los envíos de cigarrillos, los súbitos incrementos en la cantidad de dinero daban lugar a aumentos de los precios, que eran seguidos por períodos en los que el nivel de precios volvía a disminuir lentamente.

 

De acuerdo a Radford, la mayor parte de los problemas económicos experimentados al interior del campo de prisioneros en el que residió hasta la finalización del conflicto era atribuible a esta intensa volatilidad en el nivel de precios. Ante este problema, una asociación de presos que administraba sin fines de lucro un almacén y un restaurante decidió emitir una moneda, el bully mark, respaldada en un ciento por ciento por alimentos. En el esquema organizado por esta asociación, el almacén utilizaba bully marks para comprarle a los prisioneros los alimentos necesarios para operar el restaurant, y tanto el almacén como el restaurant aceptaban bully marks.

 

El trabajo es uno de los pocos que registran íntegramente la evolución de un sistema económico simple, basado en el trueque, en una economía con un medio de pago.

 

En simultáneo al lanzamiento del bully mark, la asociación de presos – respaldada por la autoridad que supervisaba la sección británica del campo – se embarcó en la implementación de controles de precios. Aquellas transacciones que se desviaran significativamente de los precios prevalecientes en la tienda podían ser desautorizadas. En parte, la introducción de estos controles respondió a que la asociación de prisioneros buscaba garantizar que el bully mark cotizara a la par con el cigarrillo, ya que se creía que solo de este modo la moneda sería lo suficientemente confiable como para que los prisioneros comenzaran a utilizarla regularmente. En parte, respondió a que la opinión pública era reacia a los vaivenes determinados por las fuerzas del mercado. Los prisioneros consideraban que todo tenía su precio “justo” en cigarrillos, y miraban con desconfianza a los intermediarios. Por lo general, se los consideraba redundantes, pero también era común que fueran acusados de reducir el precio que los prisioneros podían obtener por sus raciones.

 

Durante un tiempo, las nuevas instituciones económicas resultaron un éxito. Paulatinamente, el bully mark ganó terreno frente al cigarrillo; y, debido al clima de opinión favorable a los controles y a la fuerte influencia del restaurante, las transacciones realizadas fuera del almacén y del restaurante comenzaron a cerrarse a valores cercanos a los sugeridos por los reguladores. Sin embargo, un shock externo que alcanzó al campo de prisioneros en agosto de 1944 desnudó las debilidades de este esquema. Ese mes, el campo de prisioneros fue bombardeado, y las provisiones de comida y de cigarrillos se redujeron a la mitad. En ese contexto, el temor a que el bully mark dejara de ser aceptado fuera del restaurante llevó a una corrida contra esta moneda. Su valor se desplomó, y, efectivamente, el restaurante se convirtió en el único actor del mercado dispuesto a entregar bienes a cambio de bully marks, por lo que el cigarrillo volvió a ser el medio de pago predominante.

 

La caída del bully mark fue acompañada por una virtual eliminación de los controles de precios. La interrupción del flujo de provisiones condujo a una deflación, y también dio lugar a cambios en la estructura de precios relativos. El precio relativo del pan aumentó considerablemente, el del chocolate cayó y la margarina alemana, que hasta entonces no valía nada, se hizo más cara cuando dejó de llegar manteca canadiense. En respuesta a esta situación, las autoridades modificaron varias veces el nivel y la estructura de los precios ‘sugeridos’, pero su reacción fue por demás lenta y conservadora. Por ello, no pasó mucho tiempo hasta que la opinión pública, que en un principio se había mostrado a favor de los controles, comenzó a oponerse a ellos, y la autoridad debió resignarse a que los precios se determinaran de acuerdo al libre juego de la oferta y la demanda.

 

“The Economic Organisation of a POW Camp” suele ser aclamado por la nitidez con la que ilustra algunas de las principales hipótesis de nuestra profesión. Sin embargo, es posible que, aquí, la mayor contribución de Radford haya sido hecha al estudio de las instituciones. Este trabajo es uno de los pocos que registran íntegramente la evolución de un sistema económico simple, basado en el trueque, en una economía con un medio de pago generalizado bien establecido y un sistema de precios altamente funcional, similar a la existente en los Estados modernos.

 

Referencia: Radford, R. A. (1945). The Economic Organisation of a POW Camp. Economica, 189-201.

 



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