¿Acuerdo en la era de la fragmentación?



Por Pablo Orcinoli  Director de Prolugus

 

“Siento, luego existo”, afirmaba Germán Daffunchio, líder de Las Pelotas, antes que lo digital irrumpiera drásticamente para modificar costumbres y patrones de comportamiento. Sin imaginárselo, aquel enroque de palabras, que pretende aggiornar el planteamiento original que René Descartes hizo para describir el racionalismo occidental en el Siglo XVII, podría entenderse como una correcta apreciación de este momento histórico. La velocidad de la digitalización, sustentada en su eficiencia panóptica, permite interpretar, desnudar al sujeto y convertirlo en producto.

 

A su vez, la emergente economía de las emociones lo entretiene, lo segmenta, hace benchmark con él y, de ser necesario, lo descarta.

 

Para poder arribar a un entendimiento profundo del hombre (hábitos, consumos y preferencias), es necesario contar con acceso a la información; y para poder organizarla es condición sine qua non transformarse en su guardián. Internet, como medio típicamente emocional que explota el poder de los algoritmos para comprender qué seduce a las personas y mostrarles un abanico de opciones de consumo y de asuntos de interés público a su medida, cumple ese rol. El consecuente “call to action” comercial e ideológico es constitutivo del nuevo paradigma posibilitando una cultura de bandos que anula la duda y la contradicción. En este mundo, queda ocluido el pensamiento de Albert Camus para quien “debería existir el partido de los que no están seguros de tener razón. Sería el mío”.

 

A su vez, debido a que la identificación (y no inclusión, ya que no hay sentido construido, sino lazos) se da sólo en la medida en que el yo coincide (match) con aquello que llega, el consenso y la discusión parecen perder terreno a favor de las tribus, haciendo de la síntesis y de la producción de sentido un bien en extinción. Tal como menciona Jamie Bartlet en “People vs. Tech”, “si cada quien recibe un mensaje personalizado, no hay debate público común: sólo millones de debates privados”. Para el sujeto, la propuesta de valor para el sujeto tiene que ver con vivir felizmente en burbujas políticas segmentadas y organizadas arbitrariamente de forma algorítmica.

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Ahora bien, en la era de la posverdad –un tiempo en que la percepción de la realidad se ve esparcida por la multiplicación de versiones sobre ella misma, sin que importe su verosimilitud–, si cada sujeto recibe un mensaje personal. ¿Dónde queda lo político entendido como visión común y compartida? Si el pueblo, hoy es en verdad ahora cada uno identificándose u oponiéndose a causas diversas, y si la producción de sentido es social, ¿cómo se produce sentido hoy?

 

La anteojera que todo lo ve

 

Las redes sociales, con los algoritmos que seleccionan qué información ofrecer a cada usuario, dan forma al discurso público. Un canal de información funcional hecho tan a medida que termina siendo una anteojera que fragmenta más de lo que incluye.

 

Internet explota el tribalismo y la reacción sin reflexión, favoreciendo el desarrollo de comportamientos en los que prevalece el yo. Resulta clarificador el planteo del filósofo Byung Chul Han en “La sociedad del cansancio”: “En un contexto en el que las nuevas formas de comunicación desmantelan la relación con lo distinto, el sujeto moderno se desembaraza de la negatividad del otro.”

 

“Estamos inmersos en un panóptico digital”, dice Han, en el cual el ser humano voluntariamente se desnuda para encontrarse consigo mismo en la red, exteriorizando sus demandas y necesidades. Pero este espacio de libertad plena funciona paralelamente de forma amable y eficiente para dominar, fragmentar el comportamiento futuro, y hacer del devenir de las cosas algo predecible y mensurable.

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Conceptos como democratización, emociones y libertad parecen entrar en tensión con lo opuesto e invisible: inclusión filtrada o fragmentación, socialización construida. Así como para Maquiavelo “dividir para reinar” era una de las estrategias de gobernabilidad más eficientes en función de mantener el control absoluto del poder sobre el Estado, para los tecnócratas, la transparencia, el acceso ilimitado y el entendimiento profundo del hombre son sus armas clave para fragmentar y dominar.

 

Con la irrupción de la digitalización, así como la producción de sentido parece ir de lo social a lo individual, la noción de pueblo luce anacrónica, ya que hoy el pueblo es en verdad uno mismo identificándose con aquello con lo que adhiere. Si no hay grandes consensos, ¿qué futuro tienen las democracias occidentales tal como fueron concebidas y las conocemos?

 

A su vez, en un mundo donde prevalecen liderazgos concebidos como populistas[1] cuya idiosincrasia está asociada más hacia la fragmentación que la inclusión, ¿qué lugar queda para los liderazgos consociativos, caracterizados por la articulación política y la búsqueda de acuerdos? Si bien este tipo de liderazgo es el indicado para alcanzar consensos apalancados en un discurso representativo para la agrietada la sociedad, ¿es hoy posible hoy a la luz del contexto presentado?

 

[1] El personalismo y la emoción en el tono prevalecen en relación con lo típicamente institucional y racional. El populismo barre con la corrección política en tanto que la lógica de nosotros versus ellos se hace parte del fenómeno



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