Los desafíos globales de corto plazo de Alberto

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Por Tomás Múgica 

 

El Gobierno del Frente de Todos enfrentará condicionamientos externos, algunos propios de la coyuntura que atraviesa nuestro país, otros producto del contexto regional y global: a) Argentina es un país endeudado, incapaz de cumplir sus obligaciones en el corto plazo; b) su principal socio, Brasil, crece débilmente, mientras su Gobierno cuestiona abiertamente al nuevo presidente argentino y posee preferencias –en principio– significativamente diferentes en materia de política económica externa; c) varios países de la región atraviesan convulsiones domésticas, debido a cuestionamientos del modelo económico vigente y protestas relacionadas con la vigencia del régimen democrático, y d) el sistema internacional está siendo transformado por la creciente competencia entre Estados Unidos y China.

 

A partir de ese escenario, señalamos cinco desafíos que el nuevo Gobierno deberá afrontar en el corto plazo.

 

El primero es la renegociación de las obligaciones financieras externas con el FMI y los acreedores privados, en un contexto de recesión, elevada inflación y escasez de reservas. En esa tarea será decisivo el respaldo de Estados Unidos –cuenta con 16,52% de los votos en el Board del organismo– así como de China, Japón y algunos países europeos. Donald Trump será un interlocutor obligado en la primera etapa del próximo gobierno.

 

El segundo desafío será la gestión de la relación con Brasil, principal aliado y socio comercial de Argentina. Nuestro vecino atraviesa una etapa de sobre-ideologización de su política exterior. Las declaraciones de Jair Bolsonaro expresando su desagrado por el resultado de la elección y la decisión de no asistir ni enviar a su vicepresidente a la toma de posesión de Alberto Fernández, son las señales más recientes del malestar del presidente brasileño con el nuevo escenario político argentino. Hay mucho de qué hablar, sin embargo. En lo inmediato, el tema dominante en la agenda bilateral será el acuerdo con la UE. En el debate local, que incluirá a la sociedad civil, sobre la eventual ratificación, será necesario sopesar las oportunidades y los costos atados al acuerdo, especialmente en cuanto a su impacto sobre la industria manufacturera y a los potenciales beneficios para otros sectores, como la cadena agroindustrial. Idealmente, Argentina y el resto de los socios del Mercosur deberían convenir una posición común; de no alcanzarse ese objetivo, nuestro país corre el riesgo de quedar aislado y el bloque en una crisis terminal. Más allá de la política comercial, que incluye otros acuerdos en proceso de negociación (Canadá, Corea del Sur, EFTA, Singapur y Alianza del Pacífico), la agenda del Mercosur tendría que abordar –con una mirada orientada a resultados– proyectos en áreas como la integración física, la cooperación científico y tecnológica y la participación en foros internacionales, como el G20. Los intereses comunes pueden ser más fuertes que las afinidades ideológicas.

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La situación de Venezuela constituye otro frente a atender, tanto por la crisis humanitaria que vive ese país como por sus implicancias en la relación de los Estados de la región con Estados Unidos. Fernández ha manifestado su acuerdo con la postura mantenida por México y Uruguay, que propician una salida negociada; ello supone un cambio respecto al posicionamiento de la actual administración, que participa del Grupo de Lima y reconoce a Juan Guaidó como Presidente legítimo. A la situación venezolana se suma un vecindario en crisis, con masivas movilizaciones de rechazo a las políticas económicas en Chile y Ecuador y cuestionamientos al resultado electoral en Bolivia. En ese contexto regional, es probable que el nuevo gobierno colabore en la recreación de instancias de concertación política (Celac y Unasur) en torno a intereses concretos.

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La relación con China y sus implicancias para el vínculo con Estados Unidos representa un cuarto desafío. Se trata de construir una relación productiva en áreas como las finanzas, la infraestructura y la energía nuclear, sin que ello resienta el lazo con la potencia hemisférica. Argentina mantiene una agenda positiva con Estados Unidos en temas como democracia y derechos humanos, combate al narcotráfico y no proliferación. La competencia entre China y Estados Unidos brinda –todavía– un espacio de permisibilidad internacional:
aprovecharlo requiere “sintonía fina” en la acción externa.

 

Finalmente, el nuevo Gobierno tendrá que revisar la política seguida por Mauricio Macri en la cuestión Malvinas. El reclamo de soberanía debe complementarse con una política orientada a proteger las riquezas –pesca e hidrocarburos principalmente– de nuestra plataforma continental y asegurar la proyección argentina sobre la Antártida. El acuerdo Foradori-Duncan y las acciones que derivaron del mismo han implicado concesiones al Reino Unido, sin avanzar en la discusión sobre la soberanía.

 

Hasta aquí algunos desafíos del comienzo. En el largo plazo, Argentina necesita incrementar de manera significativa sus exportaciones, atraer inversiones, ascender en la escala tecnológica, fortalecer el multilateralismo, contribuir a un entorno pacífico y estable. Todo en vista a un objetivo mayor: generar mejores condiciones de vida para sus ciudadanos. Ello requiere vínculos sólidos con una diversidad de socios, emergentes y desarrollados y una mirada pragmática, que privilegie el futuro.






Diario EL ECONOMISTA

miércoles 13 de noviembre, 2019
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