La pobreza en Argentina: usos y abusos del efectismo

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Por Jorge Paz 

 

El efectismo es un recurso que suele usarse para llamar la atención. Para impresionar. Voy a tratar de mostrar aquí que si bien el efectismo es útil en determinadas circunstancias alcanzado ese objetivo su sobreuso resulta inútil y, podría decirse, irrespetuoso de los problemas sobre los que intenta enfatizar.

 

Muchas veces ese efectismo se logra apelando a verdades. Si decimos “la pobreza afecta al 10% de las personas en el mundo” estamos diciendo exactamente lo mismo a “hay 750 millones de personas pobres en el mundo”. No obstante, esto último suena rimbombante y llama más la atención que lo primero. Si la idea es visibilizar un fenómeno, enfatizar la importancia de un problema, el efectismo está bien. Pero su uso requiere prudencia. Muchas veces puede conducir a interpretaciones simplistas y carentes de significado práctico. A mi juicio esto es lo que está pasando en Argentina con el problema más serio que enfrenta el país: la pobreza.

 

Para mostrar esto miremos cómo puede convertirse el gráfico en un recurso efectista. Se refleja allí la situación actual y se sigue su derrotero durante los últimos treinta años.

 

El gráfico muestra que, de continuar la tendencia ascendente de los últimos semestres, la pobreza en la Argentina afectará alrededor del 40% de la población en Argentina al finalizar 2019. Si nos concentramos en la población de niñas y niños, una pobreza mucho más preocupante por sus consecuencias en el mediano y largo plazo, esa cifra se situará cercana al 55%.

 

Un recurso efectista sería, por ejemplo, segmentar los tramos temporales adjudicando a las gestiones gubernamentales (Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Fernando De la Rúa, y demás hasta llegar a Mauricio Macri) la responsabilidad de los cambios ocurridos y de los niveles alcanzados. Nótese que este “efectismo” está basado en hechos reales: el actual gobierno se está yendo con 10 puntos de pobreza más de los que tenía al principio del mandato. Pero nótese también que el hacer esta segmentación permite llegar a la conclusión aberrante de que la mejor gestión de gobierno en términos de pobreza fue la de Jorge Rafael Videla que logró, en 1980, una prevalencia del 10% de pobreza por ingresos. También puede verse que ningún gobierno democrático fue capaz de perforar el piso del 10% que logró el Gobierno militar.

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Otra conclusión casi insólita: Menem, con las privatizaciones y las brutales reformas estructurales que dejaron a millones de personas desocupadas, fue capaz de reducir la pobreza ostensiblemente. Alfonsín dejó el país con el 46% de pobreza y Menem la bajó hasta 15%.

 

Así, de la posible evaluación la gravedad del mal, la imposibilidad de controlarlo y el reconocimiento de la impotencia de las/os argentinas/os para hacerle frente, pasamos a personificar el número: 40% Macri, 10% Videla y 15% Menem, según la conveniencia.

 

 

El costo de la reducción

 

Si la línea de pobreza es de 100 y una persona pobre recibe 80, es claro que le faltan 20 para no ser pobre. Hasta ahí el dato, si se quiere, obvio. Si en una comunidad hay 1.000 personas pobres que están en esa situación resulta obvio que se necesitarán $20 por 1.000 personas pobres, es decir, $20.000. Si el PIB de esa economía es de $333.500, podemos decir que se necesitará el 6% del PIB para erradicar la pobreza. Estamos listos para un título efectista: se necesita el 6% del PIB para erradicar la pobreza. La pregunta es “¿Y?”. Ese título carece de toda utilidad práctica. La pregunta es qué queremos lograr con tener esa cifra. La cifra es en sí inconducente. Como dice la canción, “nunca es triste la verdad lo que no tiene es remedio”. Está claro que no voy a encontrar remedio en ese dato porque carece de toda utilidad práctica.

 

Imaginemos a los superpoderosos empresarios globales en pleno fragor de la crisis financiera de 2008 preguntándose “¿cuánto le costaría al Estado salvarnos?”. No. No pasó eso. Lo que sucedió fue que el Gobierno de Estados Unidos salió al frente con un rescate de US$ 700.000 millones para comprar la deuda de Wall Street llamada “mala”. A cambio del rescate exigió una participación en los bancos. El Gobierno del Reino Unido hizo lo suyo lanzando 400.000 millones de libras disponibles a los bancos más grandes y también a empresas inmobiliarias. No hay duda que los problemas económicos se solucionan con dinero. La pobreza es un problema económico y, en consecuencia, se soluciona también con dinero. No importa con cuanto si no nos preguntamos antes si estamos dispuestos a erradicarla.

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La transferencia de ingresos

 

Un último recurso efectista ligado al anterior es el siguiente: transfiriendo $20 a cada persona pobre se lograría pobreza cero. Obviamente, se disfraza esa afirmación con diferentes nombres: ingreso básico universal, suplemento a los beneficios de las transferencias condicionadas, etcétera, es decir, algo que esconda la obviedad de la solución (que en realidad no es una solución; es efectismo).

 

La solución consiste en discutir como podría aplicarse esto sin todos los problemas que trae consigo. De esos, hay dos básicos que vienen asociados a las transferencias de ingresos, o cualquier mecanismo de redistribución: a) la aceptación de quienes no ganan (o pierden) con esa redistribución, y b) el problema de incentivo que eso genera. Si no hay aceptación social de la redistribución se cae en la puja distributiva y, en consecuencia, en la inflación. Si lo segundo ocurre se ve afectado la eficiencia económica; es decir, el crecimiento. Inflación y crecimiento son los fenómenos que siempre estuvieron presentes en los vaivenes que tuvo la pobreza.

 

Si regresamos por un momento al gráfico puede verse que la pobreza bajó cuando se pudo controlar la inflación (período 1990-1994) y cuando, a pesar de la inflación, hubo crecimiento del PIB (período 2004-2011). La pobreza se descontroló con la hiperinflación (1989), con el desempleo en aumento (1995-2001) y con la estanflación (2012-2019). Esos fenómenos hicieron lo propio con la desigualdad de los ingresos. Ahora, puede evaluarse a los gobiernos, eso sí, por crear el caldo de cultivo de la pobreza: la inflación, el desempleo, la falta de crecimiento económico y la desigualdad de ingresos.

 

Podemos seguir dando ejemplo de soluciones efectistas: dar empleo, crecer al tanto por ciento durante cierta cantidad de años, igualando oportunidades, etcétera. Pero creo que no es momento ahora de hacer gala con el efectismo. El problema que enfrenta Argentina es muy serio y requiere medidas urgentes. El mundo, por medio de la Agenda 2030, se ha pronunciado en este sentido: la pobreza debe ser erradicada de una vez por todas. Si seguimos jugando con los datos, mostrándolos de una manera, de otra, sin aportar nada a la solución, sólo nos distraeremos inútilmente. Observo que venimos expresando de diversas formas el mismo problema, pero de lo que se trata es de solucionarlo.



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