¿Hay hambre en Argentina?

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Por Jorge Paz

 

“El estómago me tironea y siento en la boca un sabor amargo y seco. Me zumba la cabeza y es como que toda la sangre se me amontonara en las sienes. El aire comienza a derretirse alrededor de mi garganta, a pesarme en los hombros, a hacer lento mis ademanes, inseguros mis pasos. Me está volviendo el dolor de estómago y la saliva se agolpa en mi boca y me cuesta tragar. Me acuesto boca abajo entibiándome con las manos el frío helado que me parte los intestinos. La cara se me humedece, la saliva chorrea por entre mis labios quebrajeados y moja el saco que uso para almohada”. Este es uno de los relatos más desgarradores del hambre y se lo debemos al escritor argentino Carlos Hugo Aparicio (1935-2014). Por la letra de Aparicio sabemos que el hambre existe, pero ignoramos con precisión cuantas personas lo sufren.

 

El hambre tiene dos consecuencias con distinto alcance temporal. Una, la que describe Aparicio, de plazo corto o inmediato y que podríamos resumir en la palabra “sufrimiento”. Otra, que parece en un plazo más dilatado y que provoca efectos sobre la persona, sobre su descendencia y sobre la sociedad toda, aumentando la pobreza, debilitando el crecimiento económico y reduciendo el margen de maniobra de cualquier política destinada a mejorar el bienestar de la población. Es por ese motivo que el Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) número 2, el que le sigue al “fin de la pobreza” (ODS-1), es el de “hambre cero”. Las 193 naciones que firmaron la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible entienden que los países del mundo deben cumplir estos objetivos (más otros 15) en el año 2030.

 

Pero, ¿qué sabemos en Argentina sobre hambre? ¿Cuántos hambrientos hay, quiénes son, dónde viven, están desempleados o trabajan? Son algunas de las preguntas que debería contestar alguien preocupado por la erradicación del hambre en nuestro país. Rápidamente se dará cuenta que la información es escasa y, la que existe, por lo altamente sensible e imperfecta, permanece al resguardo de organizaciones tales como la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

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Comencemos por decir que el hambre es una sensación física dolorosa, causada por un consumo insuficiente de energía alimentaria. A veces sentimos esa sensación y lo expresamos “tengo hambre”, pero la característica del hambre que nos interesa aquí es que no obedece a una causa voluntaria como la de Gandhi al hacer una huelga de hambre o de una persona sometida a una dieta. El hambre supone una causa involuntaria y se vuelve crónica cuando la persona no consume una cantidad suficiente de calorías (energía alimentaria) de forma regular para llevar una vida normal, activa y saludable. Hoy en día, se estima que más de 820 millones de personas (10% de la población) pasan hambre en el mundo.

 

A pesar de la claridad de la definición, es muy difícil detectar episodios de hambre. Lo que suelen hacer organismos como la FAO es estimar un valor de “inseguridad alimentaria” y que define como la falta de acceso regular a suficientes alimentos inocuos y nutritivos para un crecimiento y desarrollo normales y para llevar una vida saludable. También suele apelarse a medidas antropométricas, tales como el peso, la talla y el perímetro cefálico. Si bien los déficits en estos indicadores muestran problemas serios, en este caso tampoco estamos midiendo “hambre” sino consecuencia de una nutrición adecuada.

 

Otro tanto sucede con la mortalidad por hambre. No hay ninguna estadística en el planeta que identifique al hambre como causa de defunción. Las personas que “mueren de hambre” en el sentido literal del término, fallecen por diarreas, paludismo, neumonía y sarampión, por ejemplo. La subnutrición contribuye fuertemente a la mortalidad por estas causas y se puede, aunque no es estrictamente correcto, adjudicárselas a la subnutrición y al hambre.

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Las estimaciones disponibles para Argentina muestran la situación descripta en la tabla.

 

Con estos datos pueden obtenerse conclusiones preliminares muy valiosas. Primero el indicador más preciso de hambre, arroja un aumento de su prevalencia entre 2004 y 2018. Actualmente, más de 4,5 millones de personas en el país estarían padeciendo de inseguridad alimentaria severa y casi 14 millones de inseguridad alimentaria moderada.

 

¿Por qué incluir la anemia en mujeres entre estos indicadores? La escasez de glóbulos rojos en mujeres en edad reproductiva indica el riesgo de que los bebés no puedan crecer de manera normal y adecuada hasta alcanzar un peso saludable, y aumenta la probabilidad de nacimiento prematuro y de bajo peso al nacer. La anemia disminuye la capacidad que tienen los glóbulos rojos de transportar oxígeno o hierro afectando el funcionamiento celular de los nervios y los músculos. El porcentaje de mujeres anémicas entre 15 y 49 años también aumentó en la Argentina, lo que implica un riesgo potencial de aumento a una cifra que estaba en cierta forma estable (aunque alta), la de la prevalencia del bajo peso al nacimiento.

 

Los economistas Partha Dasgupta y Debraj Ray, en un artículo publicado en 1986, han mostrado cómo la malnutrición es una de las consecuencias más directas de la desigualdad. Pero lo inverso también es cierto: una ingesta insuficiente de nutrientes, conduce a una situación de desigualdad y pobreza futuras. Los mismos Dasgupta y Ray muestran que las personas mal nutridas no están en condiciones de participar en el mercado laboral ni de conseguir un empleo. Es por eso que la solución del hambre y de la malnutrición precede a lo que podamos hacer en términos de educación y promoción del empleo. En realidad, precede a todo objetivo de política pública.