Diplomacia y sintonía fina

SEGOVIANO Diplomacia y sintonía fina


Por Julia Segoviano Economista de LCG

 

América Latina se encuentra en estos días sumida en una ola de conflictos y reclamos tanto de grupos de derecha como de izquierda. En las últimas semanas, la región fue testigo de fuertes levantamientos en Ecuador y Chile contra las políticas de ajuste que están llevando adelante sus gobiernos. El resultado fue declarar el estado de excepción en Ecuador y toque de queda en Chile, con un saldo de varios muertos y heridos. Estas medidas, muy poco habituales en democracia, dan cuenta de la situación extrema alcanzada en ambos rincones del globo donde la violencia e inestabilidad política están a la orden del día. El malestar que se viene gestando desde hace tiempo convirtió al estallido social en sólo cuestión de tiempo.

 

Como si fuera poco el conflicto económico y social de Chile y Ecuador, un mes después en Bolivia se llevó a cabo un golpe de Estado que obligó a renunciar a Evo Morales al cargo de presidente que debía ocupar hasta enero de 2020. Luego de unas elecciones presidenciales que presentaron irregularidades y del descontento por la inconstitucionalidad de la candidatura del presidente en ejercicio, comenzaron días de fuertes manifestaciones que derivaron en un extraño consejo de las Fuerzas Armadas, “invitando” al presidente a renunciar. Detrás de esto aparece la figura de Luis Fernando Camacho, vinculado con movimientos de ultraderecha y opositores a Morales.

 

A su vez, Brasil vive momentos de convulsión debido a la liberación del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva (Lula), que se perfila como principal figura de la oposición y cuya candidatura había sido prohibida durante las elecciones que le dieron la victoria a Jair Bolsonaro.

 

La relación que mantenga con Estados Unidos será determinante para lograr el apoyo del FMI en la renegociación de la deuda con el mercado y poder así avanzar en términos más amigables para todos.

 

Venezuela, por su parte, mantiene una situación macroeconómica desastrosa con altos niveles de inflación, caída del PIB y desempleo elevado, mientras que políticamente el mundo sigue con posturas muy diversas respecto al régimen de Nicolás Maduro y a la legitimidad de su Gobierno.

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En Uruguay es muy probable que gane Luis Lacalle Pou, el candidato de la derecha uruguaya, que lidera la intención de voto y saca ventaja sobre Daniel Martínez, cerrando así un ciclo de tres mandatos consecutivos del Frente Amplio.

 

Finalmente, en Perú, el presidente Martín Vizcarra llamó a disolver el Congreso y rearmarlo vía nuevas elecciones legislativas mientras continúa el avance en causas de corrupción con gran parte de sus exmandatarios presos. La región arde.

 

¿Y Argentina?

 

En este sentido, la situación actual en el extremo sur de América es muy diferente de aquella que se configuró en 2003, año en el que Alberto Fernández se desempeñaba como Jefe de Gabinete y principal período en el que se lo recuerda gestionando. En ese entonces, el ascenso al poder de Néstor Kirchner se dio a la par de gobiernos ideológicamente similares, con Hugo Chávez en Venezuela y Lula en Brasil como principales referentes. El cambio de paradigma que comenzaba a gestarse sobre cómo encarar la integración regional sería protagonista durante la década.

 

Tanto Kirchner como Lula coincidían en el tipo de inserción internacional que querían para Argentina y Brasil y entendían al Mercosur como una herramienta fundamental para fortalecer la integración sudamericana. Es por esta razón que durante sus mandatos presidenciales dieron especial importancia al comercio entre países de la región y establecieron lazos fuertes en materia comercial. En seguida se hizo sentir la gran convergencia ideológica que había comenzado en 2003 entre los dos países más grandes de América del Sur, así como también su deseo de privilegiar las relaciones Sur-Sur.

 

El acercamiento entre Argentina y Venezuela tampoco se hizo esperar y ambos presidentes dieron muestras continuas sobre las similitudes en el lineamiento de sus políticas, así como también protagonizaron algunos encuentros históricos como el “No al ALCA” en 2005, confrontando explícitamente con Estados Unidos, en ese entonces presidido por George W. Bush.

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Más tarde, llegarían al poder Evo Morales en Bolivia (2006) y Rafael Correa en Ecuador (2007). Así, se alcanzaba una suerte de homogeneidad entre las políticas que privilegiaban los gobiernos de la región.

 

Al asumir a fines de 2019, Alberto Fernández se encontrará con un panorama completamente opuesto. Morales y Correa exiliados; Venezuela en medio de una crisis humanitaria, económica, política y social desde hace años; Piñera en Chile sumido en una profunda crisis política y Brasil gobernado por un conservadurismo extremo.

 

Particularmente respecto a Brasil, la contraposición con la década anterior es significativa. Bolsonaro repudia el Mercosur como herramienta, y es un fiel defensor del libre comercio y la quita de aranceles. Amenazó incontables veces con romper lazos comerciales con Argentina y peligra seriamente la relación con nuestro principal socio comercial, que en los mejores momentos de la relación bilateral llegó a absorber el 40% de las exportaciones industriales de nuestro país. Alinearse con Bolsonaro podría ser muy costoso en términos políticos y casi no es una opción, pero será fundamental encontrar la manera de mantener a Brasil como un mercado disponible para colocar nuestras ventas externas, siendo estas últimas uno de los motores de la economía que necesitará el Presidente electo.

 

Fernández tendrá que hacer un fino equilibrio para que el contexto internacional no interfiera en sus necesidades económicas y políticas. El posicionamiento que Argentina necesita para negociar en buenos términos la reestructuración de la deuda choca con las alianzas con las que Fernández, a priori, se sentiría más cómodo ideológicamente.

 

La relación que mantenga con Estados Unidos será determinante para lograr el apoyo del FMI en la renegociación de la deuda con el mercado y poder así avanzar en términos más amigables para todos. No existe mucho margen para endurecer las negociaciones y plantarse a Estados Unidos como ocurrió en 2005, y será necesario que primen la diplomacia y sintonía fina.






Diario EL ECONOMISTA

jueves 05 de diciembre, 2019
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