Cooke y Cook: el mismo origen



Por Carlos Leyba 

 

Los apellidos de mis protagonistas se pronuncian igual, aunque se escriban distinto. Una “e” final no hace diferencia. Lo que no se pronuncia es inútil en la conversación.

 

Mi primer protagonista es John William Cooke, figura muy importante en el peronismo.

 

Mi segundo protagonista es Julian Cook, un empresario inglés que en las últimas horas disparó un pronunciamiento vergonzoso.

 

A John William lo conocí en 1963 en La Habana.

 

De la existencia de Julian Cook me anoticié por los comentarios periodísticos.

 

En 1963 estuve en Cuba representando a Economía Humana, la sección argentina del grupo fundado en Francia por el Padre J. Lebret –participó en la redacción de la Mater et Magistra (San Juan XXIII)– en tiempos del “diálogo cristianos y marxistas”.

 

Disfruté entonces de la conversación con J. W. Cooke y Alicia Eguren, su compañera, en la pileta del Hotel Riviera.

 

Cooke estaba escribiendo un ensayo sobre “Los caminos de la libertad” de J. P. Sartre. Un intelectual retirado de la política de partido o de la revolución en la Argentina. Cooke, de palabra y pensamiento fuertes, categórico, me asombró con su odio visceral a Juan Domingo Perón quien residía, en aquellos años, en Madrid. Cooke había transitado todo el peronismo y ya no era el delegado de Perón.

 

Me sorprendió. En largas conversaciones, sentados al borde de la pileta, el gordo Cooke descerrajaba cataratas de insultos sobre Perón. Mentiría si dijera que recuerdo una frase suya a favor de Perón. Y mentiría si dijera que no observé el silencio de Alicia Eguren. Un silencio que sonaba fuerte: la ausencia de pronunciamiento, en ciertas circunstancias, es un poderoso discurso.

 

Desprecio destilaba John William las tres tardes que compartí con él en el remojo refrescante de la pileta. No conocía la historia de las relaciones partidas de Cooke y Perón.

 

Conocí profundamente el ABC del odio al peronismo y Perón, en ese orden, por parte de los opositores de los años ‘50.

 

Pero en los ‘60, con Perón en el exilio y el peronismo proscripto, aquella pasión ya estaba debilitada.

 

En la universidad, dónde militaba, los peronistas eran menos que una minoría, y no eran parte de las luchas por el poder en la universidad. La disputa era entre humanistas y reformistas, los que teníamos en común la defensa de La Reforma, el Gobierno tripartito, la excelencia y la libertad de Cátedra.

 

La Historia nos develó que dentro de ambas corrientes universitarias, que se sostenían en ideologías enfrentadas, militaban muchos de los que luego serían encumbrados dirigentes peronistas.

 

En los ’60, la furia antiperonista estaba en declinación y el peronismo de la resistencia había sido desplazado por otro peronismo que buscaba el fin de la proscripción, la que llegó recién en 1973 después de 18 años del golpe militar originario, cuyas réplicas derrocaron a Arturo Frondizi y Arturo Illia.

 

Antes del auge de las miniformaciones guerrilleras se estaba pariendo la convivencia política que finalmente se alumbró con La Hora del Pueblo a fines de 1970. Toda esa etapa de civilización política terminó con el golpe genocida de 1976.

 

Vale la pena recordar que también en la antropología de Occidente, como diría Rene Girard, la paz ocurre después del sacrificio del chivo emisario. 1983 y la democracia nacen con la condena colectiva y sin dobleces a los horrores de la última dictadura militar.

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¿Pero ha nacido la paz entre nosotros a pesar de haber transitado la condena unánime a los crímenes atroces? La respuesta es negativa. Tenemos que ir a por ella. Veamos.

 

A Cooke no lo conocía –sabía de su existencia mítica – y jamás imaginé que estaría compartiendo tardes con un feroz anti-Perón. Aunque era peronista. Su odio a Perón tenía razones diferentes a las que alimentaban al antiperonismo de aquél entonces.

 

¿Se podía ser al mismo tiempo peronista y rechazar a Perón? Me parecía imposible. Pero la vida es una gran lección.

 

Los Montoneros, que vivaban a Perón, después de asesinar a su elegido José I. Rucci, en la Plaza gritaban “votamos a una puta, un brujo y un cornudo”. Y a pesar de eso los “imberbes” -hoy ancianos y los hijos y nietos ideológicos de ellos-, siguen “vivando a Perón”.

 

Carlos Menem –en todos sus discursos presidenciales– englobó como “herencia pesada” a los años de los gobiernos de Perón. Hizo una forzada marcha hacia el modelo más liberal y destructor del que aún sufrimos sus desgracias.

 

Perón había nacionalizado los trenes llamándolos Roca, Mitre, Urquiza, San Martín, Belgrano, reconociendo las rutas de la construcción de la nacionalidad. Y Menem destruyó el Ejército y levantó los ferrocarriles y, de yapa, eliminó la moneda nacional transformándola en un vale.

 

Pocas cosas más contradictorias con Perón. Solo una la supera: la destrucción de la industria, el desempleo y la instalación de la pobreza estructural. Eso fue “el peronismo” de Menem que, desde que asumió la Presidencia, lo ignoró a Perón con cuya foto llegó al poder.

 

Néstor y Cristina, cuando Mario Das Neves asumía la gobernación, no disimulaban la irritación que les provocaba que el público cantara la marcha. No lo querían al “Viejo”. Cristina, ya en la Presidencia, despidió destempladamente a Antonio Cafiero, con insultos hacia El General, cuando le pidió ayuda para el monumento a Perón.

 

Es difícil de entender. Se puede ser peronista y odiar a Perón discretamente. Ser peronista y hacer todo lo contrario de lo que él hizo, también.

 

Hace unos años, en la Ciudad de Tucumán unos chicos vendían en la calle “lagartos pa’ chomba”. Se puede falsificar la marca comprando por unas monedas el “lagarto”. Se puede odiar, se puede traicionar, pero, eso sí, para vender hay que tener la marca en la remera. La primera versión me la dio John William Cooke.

 

Un empresario inglés -Julian Cook-, en tránsito en la Argentina, ha declarado que el “peronismo (es) un cáncer que destruye el país poco a poco desde (hace) décadas”. Que lo diga un empresario en tránsito después de un cimbronazo en sus negocios carece de importancia.

 

Pero en realidad la idea del “peronismo como enfermedad” tiene muchos años. La misma idea de “enfermedad” que muchos de nuestros mayores le asignaban, antes de la existencia de Perón, al radicalismo de Hipólito Yrigoyen, que era el partido de los arrabales e hijo del voto de los inmigrantes que se incorporaban a la vida nacional.

 

El radicalismo en su tiempo, como el peronismo después, fueron agentes políticos de la incorporación de vastos sectores sociales a la vida democrática.

 

Al igual que con los trasplantes, “el cuerpo” genera naturalmente “rechazos”.

 

Más allá de los hombres, los errores, las torpezas, de las que la historia abunda, estas intolerancias, estos rechazos, estas expresiones verbales horribles como las de Cook, el inglés, ocultan la resistencia a comprender que una Nación es un proyecto de vida en común.

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Esa enfermedad, que Cook groseramente asigna, como todos sabemos, se extirpa. Esa es la propuesta que surge de la metáfora. Extirpar a la mitad.

 

No hace falta ser un sociólogo experto para afirmar que una parte importante del 40% de los votos de Juntos por el Cambio coincide con Cook. Ellos, esa parte de los electores, está sintiendo que una enfermedad mortal y devastadora se instalará en la cerebro de la sociedad impuesta por el 48% de los votos.

 

Algunos piensan que es un odio de clase. Otros, entre los que me encuentro, creemos que es la angustia que les produce a muchos que asistamos a un largo período en el que “el Deme Dos” en Miami deje de ser posible. Que habrá que conformarse una ola de “productos flor de ceibo” para crear trabajo productivo.

 

Es que, ojalá sea así aunque lo dudo, lo que ellos llaman “enfermedad”, es la posibilidad de que se instalen políticas de verdadera inclusión, que no son la AUH, sino las que crean trabajo productivo de bienes transables, industria que se pueda exportar o que pueda sustituir importaciones.

 

Lo que algunos llaman enfermedad son estas posibilidades.

 

No tengo la menor idea si Alberto Fernández se encaminará por ese lado o si realmente cree, como Mauricio, que nuestro destino está en Vaca Muerta y el litio. Pero lo que si sé que mucho antes que Yrigoyen representara la inclusión de los inmigrantes, Carlos Pellegrini (el fundador del Jockey Club) contra la opinión librecambista de Juan B. Justo, el líder del socialismo, sostenía que “sin industria no hay Nación”. Claramente esa es una tarea incumplida y es la base material de toda inclusión.

 

Sin duda, Perón en sus tres gobiernos, con errores y aciertos, procuró la industrialización del país (antes y después otros también lo hicieron) y como recuerda mi amigo empresario, los mismos industriales que se hicieron ricos con Perón aplaudieron su caída porque podrían tomar whisky importado. Desde entonces no poder tomar importado se considera una “enfermedad”.

 

Salvando las distancias, Cooke y Cook convergen. La vocación de “proyecto de vida en común” de Perón, hizo que John William lo despreciara –él quería a Perón en Cuba- y que los Montoneros asesinaran a su elegido con la finalidad de detener aquél proyecto.

 

La vocación de desarrollo regional y de la industria nacional es lo que canceló Menem y la vocación de amistad política la mutilaron los Kirchner.

 

Si Perón es la mejor expresión del peronismo, en política lo que lo caracterizó (en su último período) fue la amistad sintetizada por el abrazo con Ricardo Balbín quien, al morir el entonces Presidente, dijo que despedía a “un amigo”. En economía, el acuerdo para el desarrollo fueron las Coincidencias, el Acuerdo y el Plan Trienal: industria, exportaciones, desarrollo regional. Y en lo social la liberación y la dignidad por el trabajo, el pleno empleo.

 

Muchos peronistas lo han olvidado, muchos antiperonistas lo han ignorado. El odio es la peor enfermedad. Y las condiciones objetivas del presente son lo suficientemente críticas como para dejar que “los odios” nos gobiernen. La paz, la amistad política, es una condición necesaria y se puede construir sin plata, pero sin ella el verdadero riesgo país vuela.






Diario EL ECONOMISTA

miércoles 13 de noviembre, 2019
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