No será fácil

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Por Carlos Leyba 

 

Una reciente encuesta que –según la información metodológica– se realizó sobre la base de una muestra de 60 % de personas con nivel socio económico bajo, 32% medio y 7,3% alto, revela cuál es la intensidad con la que la sociedad percibe los problemas del presente.

 

El primer problema (más de 17%) es la pobreza. Le sigue el desempleo (casi 17%) y apenas debajo (17% ) inflación- dólar.

 

Un poco más atrás (13%) la corrupción y la clase política.

 

Detrás con 10% el endeudamiento.

 

Pobreza, desempleo e inflación (dólar) son caras del mismo problema: el profundo fracaso de la política en general y de la económica en particular. Profundo porque ha calado hondo, agotando esperanzas en todos los estamentos sociales; y porque se viene acumulando desde hace años.

 

La pobreza que hemos acumulado es escandalosa, no sólo porque es una carencia inexplicable en una sociedad que, durante décadas, brindo oportunidades a miles de inmigrantes que, en menos de una generación, se incorporaban a la vida de clase media; escandalosa porque no ha dejado de crecer a tasas increíbles desde hace 45 años y escandalosa porque se ha procurado negarla u ocultarla.

 

La sociedad percibe hoy la pobreza de casi 15/16 millones de habitantes y de la mitad de los jóvenes, como un desafío difícil de superar. Y claro que lo es. Más de un tercio de los argentinos, de los que habitan aquí, quiere ser parte del hogar de los argentinos y hay un muro, una barrera, que parece infranqueable y lo es para ellos. Y es una barrera que se levanta, que se profundiza con el tiempo, que es una pobreza que en muchos, muchísimos, casos se arrastra hace tres generaciones.

 

La sociedad percibe que bien puede ser el desempleo el motor que ha disparado la pobreza. Y tiene razón. Los adultos, los que pueden ser parte de la fuerza de trabajo, ese capital humano ridículamente ocioso, seguramente puede salir de la pobreza a base de un trabajo que, sin duda, le ha de ofrecer dignidad de la vida. Pero no alcanza. La pobreza fundamentalmente es el territorio que habitan, por cuestiones generacionales, los que no están en condiciones de trabajar y lo son en una magnitud numérica tal que la mejor y más eficaz política de empleo no podría resolver esas carencias.

 

La pobreza – cuando se acumula tantos años – no se puede rescatar sólo con el empleo de los adultos. El empleo es una condición necesaria. Pero en nuestra situación no es una condición suficiente. Estamos cerca de un “punto de no retorno”. La sociedad lo percibe y ahora, gracias a los estudios de la UCA, la honestidad del Indec que conduce Jorge Todesca, a los movimientos sociales y a las calles de las ciudades y a las periferias que son noticia cuando se inundan, todos estamos siendo conscientes que es un problema que no se resuelve en el corto plazo y que, sin embargo, es mas que urgente resolverlo.

 

¿Alguien imagina que algo que no tenga el carácter de una lucha multidimensional y comprometida de toda la dirigencia política, empresaria, sindical, social puede sacarnos de esta encrucijada angustiante?

 

Claro que hace falta la política de empleo, cumplir el objetivo de pleno empleo, de pleno empleo productivo, pero eso no basta. Son dos problemas. El desempleo que, paradójicamente, reduce los ingresos públicos (tributarios, de la seguridad social) y aumenta el gasto público (planes, ayudas) no sólo genera desequilibrio social sino desequilibrio fiscal y –peor aún– en una economía tan dependiente de las importaciones, para lo que produce la industria, los “consumidores” que no producen generan desequilibrio externo.

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El combate a la pobreza exige acción directa en muchos planos.

 

Es cierto, la inflación, percibida como problema que lo es, también contribuye a la profundización de la pobreza. Y claro que lograr la estabilidad también torna más razonable y posibles las políticas que apuntan al equilibrio social. Pero, es obvio, la estabilidad sin empleo no genera nada consistente respecto de nuestro problema de pobreza estructural.

 

La tarea que nos espera es muchísimo más compleja que nos esperaba cuando Cristina Fernández fue desalojada del poder. Ella no pudo lograr ni los niveles de empleo productivo – no lo son los seguros de desempleo alternativos que se han conjugado en el empleo público exagerado – ni conjurar la inflación y tampoco – por cierto – reducir la pobreza estructural. Los picos de pobreza de la hiperinflación de Raúl Alfonsín y de la hiperdesocupación de Carlos Menem no habrán de repetirse salvo que retornemos a algunas de esas dos híper que, por ahora, sólo son una amenaza.

 

La sociedad tiene una baja estima de la clase política a la que debe elegir para conducir la salida de los problemas y que debe evitar caer en una de esas dos amenazas de híper que ocurrieron en los últimos años.

 

El fracaso desprestigia y la clase política no puede exhibir éxitos. No los puede exhibir en ninguna de las cuestiones que hoy y siempre, angustian a la sociedad: pobreza, empleo, inflación.

 

La tasa de inflación de este mes, anualizada, nos indica que los precios están creciendo a una tasa anual del 70%. El dato habla de una colosal enfermedad que es más grave si tenemos en cuenta que el FMI, uno de los tantos que estiman el curso de la economía, considera que la caída de la actividad, para este año, será del 3,1%.

 

El gobierno de Mauricio Macri ha generado un proceso estanflacionario de altísima intensidad. Eso es grave en sí mismo.

 

Pero mucho más grave que la propia estanflación, resultado de la puesta en marcha de una política de la que Macri no ha logrado ensayar aún la más mínima autocrítica, es lo que enmarcan esa estanflación: las condiciones que son las que, como hemos visto, la sociedad percibe.

 

Es cierto, el número de personas que se encuentran bajo la línea de ingresos que llamamos la “canasta de pobreza” no ha dejado de crecer desde que Macri asumió el gobierno. Pero no eran pocos cuando llegó.

 

Néstor Kirchner trató de ocultar a los pobres. Uno de sus ministros sostuvo que “la gente debería buscar los precios más baratos” y en ese caso la inflación “buscada” sería menor; y cuando el argumento torno ridículo, Kirchner optó por autorizar la falsificación de la medición de la inflación.

 

Cristina avaló que su Ministro más cultivado sostuviera que “en la Argentina había menos pobres que en Alemania”; y finalmente, descargó el argumento del Ministro estrella, a quien consagrara como su delfín, “no medimos la pobreza porque hacerlo es estigmatizarla”.

 

Nadie se cura de las enfermedades que niega y el kirchnerismo, que sin duda bajó el número de personas bajo la pobreza extrema de la crisis de ajuste de 2002, cualquiera sea la razón que se alegue, no encaminó la resolución del problema que, siendo estructural, requiere mucho mas que compensaciones dinerarias o alimentarias para resolverlo.

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La masa crítica de la pobreza estaba ahí cuando llegó Mauricio. Pero se habían acabado los días de los superávit gemelos, fiscal y externo, se habían agotado los stocks de reservas monetarias, los energéticos y también la paciencia.

 

Muchos miles de millones de dólares se habían fugado y los años generosos de los términos del intercambio favorables se habían angostado y, como si fuera poco, habíamos salido parcialmente del default (no del todo) y empezábamos a pagar la deuda renegociada mientras los acreedores que quedaron afuera nos cerraban el acceso al crédito: pagábamos al Club de Paris, la expropiación de YPF, algunos problemitas del CIADI y a pesar de eso no teníamos otro acceso al crédito que no fuera el saldo eternamente negativo con China.

 

La “bomba social” permaneció con Macri atendida – enfriada – con la misma metodología empleada en el período anterior. Las “políticas sociales” – por cierto necesarias – revelan el fracaso de las políticas económicas pero se fueron convirtiendo de la emergencia al hábito y de “la necesidad” al mérito. Es extraño que se compute como un “avance” el tener más planes sociales de ayuda. Pero es así. Los planes enfrían pero de ninguna manera desactivan.

 

El tic tac está ahí. Los curas villeros, los “cayetanos”, los dirigentes sociales, que tantas veces y tan irresponsablemente algunos comentaristas denigran, forman el circuito permanente de enfriamiento.

 

En estos cuatro años todo se ha agravado. Los mercados de crédito siguen cerrados; el nuevo default es una amenaza cierta; no hay tal cosa como “equilibrio fiscal” sino un desequilibrio difícil de enmendar.

 

La recesión es de tal magnitud que ha generado un superávit comercial efímero y contra natura; la pila de las reservas gotea día tras día a pesar del control de cambios.

 

La sociedad lo percibe. ¿La política está adelante o sólo reacciona cuando los hechos la gobiernan?

 

Los Ceo fracasaron en toda la línea. A la política disponible no le fue mejor. La unanimidad por el acuerdo, el consenso, el pacto, sin duda podría ser una buena señal. Pero el acuerdo, permítame, es sólo ponerse de acuerdo para empujar. Pero hay que empujar un programa y para eso hay que tener un diagnóstico de cada uno de los problemas que nos acucian. Y de tanto repetir que la salida es el acuerdo lo estamos convirtiendo en una caja vacía.

 

La peor sorpresa sería que cuando abran la caja del acuerdo se encuentren con que no hay nada.

 

Y más allá de las generalidades obvias todavía no hay nada en oferta que respondan a un diagnóstico maduro.

 

Sólo a partir de un diagnóstico maduro, con todas las radiografías y análisis sobre la mesa, podemos empezar a tratar nuestra enfermedad que es inexplicable sin esos datos y que, le recuerdo, cada vez que hubo una mejoría se hablaba del “milagro argentino” porque, de verdad, no había demasiada explicación, salvo la de un agente “externo”: deuda o términos del intercambio.

 

Deuda (populismo puro) no habrá y términos del intercambio, con suerte, difícil. Son tiempos difíciles que obligan a hacer política de Bien Común y política económica profesional. No será fácil.






Diario EL ECONOMISTA

viernes 15 de noviembre, 2019
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