El vaivén transatlántico: una historia de desencuentros y reencuentros



Por María Rosa Lojo (*)

 

Argentina, una vez desprendida políticamente del gran tronco ibérico, buscó también, en principio, una fisonomía propia, una soberanía cultural. Los intelectuales de la llamada “Generación del ‘37”, herederos de la generación independentista, quisieron liberarse de todo absolutismo, así como de toda rémora de la Colonia. Francia, modelo de civilización; Inglaterra, faro del comercio y los adelantos tecnológicos, resultaban más inspiradores. Filólogos y filósofos como Juan Bautista Alberdi o Juan María Gutiérrez incluso pensaron tempranamente en una posible emancipación lingüística con respecto a España o, al menos, con respecto al castellano como lengua “por defecto” de la nueva nación.

 

Cierto distanciamiento inicial de la herencia hispánica (tampoco abonado por todos los escritores o pensadores) se neutralizaría relativamente pronto por dos motivos poderosos. Uno de ellos era la aluvional inmigración de otros orígenes y otras lenguas, que despertaba alarmas en cuanto a la cohesión identitaria. Otro, el inquietante avance de Estados Unidos hacia una hegemonía continental.

 

En este contexto de mayor atención a la herencia española, cabe situar la obra de Ricardo Rojas, que llevaría a cabo un intenso rescate de las raíces hispánicas y también aborígenes. Su obra recuperó el legado de la “Generación del ’37”, pero repuso en él los elementos ibéricos que el fervor independentista y la veneración por Francia habían dejado de lado u oscurecido.

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También España siguió fortaleciendo sus vínculos con Argentina a través de una inmigración masiva, desde mediados del Siglo XIX hasta pasada la mitad del Siglo XX. El colectivo migratorio mayoritario, después del italiano, fue el español (y dentro de este, el gallego, que terminó englobando nominalmente a todos los españoles). Con esa inmigración arribaron élites ilustradas y calificadas en diversos terrenos profesionales, fruto, a menudo, de sucesivos exilios. Asimismo, el ascenso social ansiado por tantos migrantes, se tradujo en la formación de una clase letrada, comercial, empresarial, nacida en Argentina, pero de cuna peninsular. Instituciones mutuales y culturales organizaron este contingente dándole una fuerte visibilidad reflejada por los medios de prensa. Entre 1936 y 1939 comenzaron a llegar al país, fundamentalmente a raíz de la diáspora de la Segunda República, artistas, intelectuales y políticos que publicarían libros y fundarían editoriales, así como científicos de todas las ramas que enriquecerían las universidades.

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Dentro de las exposiciones y debates que tendrán lugar en el Congreso Argentina Transatlántica (Brown University – Universidad del Salvador) a celebrarse la próxima semana en Buenos Aires, ocupará un lugar muy especial la conmemoración de este último exilio, jalonado por nombres como los de Francisco Ayala, Eduardo Blanco Amor, Ramón Gómez de la Serna, Alejandro Casona, Manuel Colmeiro, Juan Cuatrecasas, Isaac Pacheco, Antonio Bonet, Ernesto Vilches, María de Maeztu, María Teresa León, Rafael Alberti, Luis Santaló, Arturo Cuadrado, Maruja Mallo, Elena Fortún, Luis Jiménez de Asúa, Rafael Dieste, entre tantos otros.

 

El legado español no solo mantuvo a lo largo del tiempo una continua vitalidad demográfica, sino que implicó un aporte fundamental a la cultura nacional, aún insuficientemente reconocido y representado. Sin duda, las reflexiones de los próximos días contribuirán a propiciar su puesta en valor y su reencuentro.

 

(*) Escritora y  Profesora e Investigadora en Letras de la Universidad del Salvador (USAL)

 

 



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