El país de las tendencias rotas

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Por Emilia Calicibete Economista de LCG

 

Independientemente de la posición política que se adopte, la mayoría de los argentinos estamos de acuerdo en algo: no hay soluciones mágicas. Pero para que Argentina pueda mostrar algún signo de reanimación, no solo de esta crisis sino del estancamiento, que lleva ya una década y profundizándose, todavía falta y se espera que caiga por lo menos un año más. Las proyecciones son a la baja y el FMI espera una caída del 1,3% en 2020.

 

Si se le aplica un filtro (Hodrick Prescott) al PIB trimestral de Argentina y se extrae su componente tendencial, se obtienen los mismos pronósticos. La tendencia indica que la economía debería caer en los años siguientes, un dato muy desalentador que da cuenta de cómo, durante la Historia, las expectativas de crecimiento argentinas se vieron cada vez más golpeadas. En la actualidad, la tendencia indicaría que, de crecer en los próximos años, el incremento en la actividad sería escaso.

 

En 1997, con un PIB creciendo a tasas altas (8,3% interanual), las expectativas de crecimiento eran tan elevadas que hoy se vuelven impensables. Gran parte de esto se debe a que la economía promediaba una tasa de expansión del 3,2% anual promedio en los cuatro años previos.

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Una situación completamente distinta a la actual, dado que entre 2013 y 2018 la actividad se contrajo 0,4% promedio anual. En línea con las expectativas de crecimiento de ese entonces, actualmente somos 61% más pobres de lo que se pensaba que seriamos 22 años atrás.

 

Ahora bien, la crisis del 2002 hizo que las expectativas variaran mucho entre 1997 y 2019, cualquier tipo de esperanza de crecimiento se vio pulverizada. Pero Incluso siguiendo la tendencia del 2002, hoy la riqueza es 23% menor. Ninguna tendencia histórica indicaba que la actividad podía llegar a situarse en estos niveles tan bajos, lo que da cuenta de lo difícil que es tratar de pronosticar el comportamien to de la actividad en la Argentina. Incluso con las expectativas destrozadas en 2001, no se esperaban resultados tan malos como los de los últimos años.

 

 

Situándonos no tan lejos en la línea de tiempo, si uno toma una tendencia más moderada de crecimiento que incluya un plazo mayor, por ejemplo, hasta el 2012, se obtiene que la riqueza que se esperaba para el segundo trimestre del 2019 fuera 30% mayor que ahora.

 

En la última década se ha destruido riqueza. A partir del 2011 la realidad comenzó a alejarse de la tendencia para darle otra forma a la trayectoria del producto. La profundización progresiva de desequilibrios macro puso un freno a la expansión, y así comenzó el “crecimiento serrucho” (crecimiento en los años impares y caída en los pares). Así, el recorrido de la actividad se convirtió en una meseta, hasta el 2019 cuando se rompió el esquema por ser este un año impar y con caída en la actividad. Las expectativas de crecimiento de Argentina son cada vez peores.

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Parte de esta pérdida de riqueza es clave para entender donde estamos parados en cuestión de deuda. Argentina esperaba ser un país más rico, con crecimiento para el período 2011-2020. La mala administración macroeconómica sumada a shocks exógenos como la sequía del año pasado nos han revelado otra verdad. Si Argentina hubiera crecido en dichos años la deuda hoy no sería un inconveniente. El problema ahora es convencer a los acreedores de comprar activos de un país cuya tendencia de crecimiento es así de pobre.

 

Tras las elecciones del domingo, se espera un cambio de gobierno para fines de este año. La discusión de cómo se logrará la consolidación fiscal y poner en marcha la economía se vuelve crucial para poder revertir las tendencias que llevan rotas casi diez años.






Diario EL ECONOMISTA

jueves 14 de noviembre, 2019
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