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Crisis, instrumentos y el rol del tipo de cambio


19 de septiembre, 2019

casa rosada Gobierno crisis


Por Ernesto A. O’Connor Exsubsecretario de Planificación Económica Regional y Sectorial del Ministerio de Hacienda y Finanzas Públicas

 

Una vez más, la economía argentina se enfrenta a desafíos múltiples. La crisis se aceleró notablemente desde las PASO, y el Gobierno entrante en diciembre tendrá pocos instrumentos y muchos objetivos, ante una herencia económicosocial complicada.

 

La política económica se enfrenta a dilemas. ¿Shock de expectativas, o gradualismo? ¿Tipo de cambio fijo o flotante? ¿Reestructuración de deuda acordada, o unilateral?

 

Una de las claves es acertar con el primer plan económico para lograr salir de una estanflación que acumulará nueve años en pocos trimestres y recuperar la senda del crecimiento y el empleo.

 

Para simplificar, se propone debatir sobre tres grandes políticas: deuda pública, estabilización, y producción-exportación-empleo.

 

Por el lado del frente externo, la herencia parte –a hoy– de un default de la deuda de corto plazo (Letes y otros bonos), un anuncio de “reperfilamiento” de la deuda de mediano y largo plazo y restricciones a la movilidad de capitales vía un cepo cambiario más rígido para las empresas que para las familias. De esto se deprende que el primer desafío será lograr una renegociación de la deuda pública, que debería incluir necesariamente, una reprogramación de vencimientos de capital e intereses. O una quita en ambos conceptos. Básicamente, porque la viabilidad de pago desde 2020 no será posible en las condiciones actuales. Paralelamente, un nuevo acuerdo con el FMI, en similares condiciones. Tareas que no asoman como sencillas.

 

En segundo término, es imprescindible lograr alguna estabilización de precios. El proceso de estanflación de esta década se ha agravado con una inflación que para el bienio 2018-2019 será de 50 % promedio anual, con una inercia indexatoria muy instalada. Se debería apuntar para fines de 2020 a una inflación “posible” de entre 15 y 20% anual, nivel donde la economía argentina “se mueve bien”. El debate es entre shock o gradualismo. Este último implica un proceso de largo aliento en años, continuando quizás con la flotación, no quedando claro que genere un cambio en las expectativas. El shock sería una apuesta arriesgada, que debería contener un cambio de signo monetario, un mecanismo de corte a la indexación –al estilo del desagio del Plan Austral o algún otro instrumento–, un acuerdo temporal de precios y salarios con ajustes a la inflación esperada, y quizás, un tipo de cambio fijo, o atado a una canasta de monedas variable, con estrictos límites al financiamiento del Tesoro por parte del BCRA. Más complicado luce reducir el gasto público nacional, máxime cuando el sistema previsional absorbe el 45% del gasto.

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En tercer lugar, se deberían generar las condiciones para salir de la recesión y recuperar el crecimiento. Para ello sería oportuno un shock productivo, con un reacomodamiento de precios relativos, generando incentivos para la exportación y el consumo. Las inversiones van a demorar más, pero la capacidad ociosa de la industria y del factor trabajo juega a favor.

 

Cabe recordar que la historia de la política económica argentina demuestra que las correcciones de precios relativos exitosas (por lo menos en el corto y mediano plazos) han sido generalmente por fuertes devaluaciones, no por ajustes fiscales o estabilizaciones ortodoxas de precios.

 

En ese sentido, la flotación cambiaria de estos años demostró ser muy permeable al pass-through y no sirvió como ancla inflacionaria, además de generar atraso cambiario. Una devaluación fuerte, en tanto, implica un traslado a precios más lento en el tiempo, como ocurriera en 2002. De ahí a analizar un esquema de tipo de cambio fijo y/o con canasta de monedas variable hay un trecho, pero cabe dentro de las posibilidades.

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El tipo de cambio parece ser uno de los pocos instrumentos con los que contaría el Gobierno entrante. Una devaluación fuerte reacomodaría precios relativos e impactaría en las exportaciones (con el lag de la curva J de Paul Krugman, de unos meses), con menores importaciones, y mejora del balance de pagos. Proveería recaudación adicional por los DEX, y puede ser acompañada por un tipo de cambio diferencial sobre el turismo emisivo, otra gran fuente de salida de divisas, que no alcanzarán para todos los objetivos. Si así fuera, sería más imprescindible renegociar los servicios de la deuda.

 

A nivel productivo, las exportaciones deben sumar a Vaca Muerta (con un nuevo marco regulatorio), los servicios de la innovación y el conocimiento, y a la agroindustria y las economías regionales, donde la experiencia enseña que determinado nivel de DEX se tolera, pero las intervenciones sobre el precio doméstico (como los ROE) son decisivos para disminuir la oferta. Esto dinamizaría el alto empleo de las cadenas agroindustriales en todo el país, y luego el de los grandes centros de consumo. Además, se debería consolidar el BICE en un banco de fomento de la exportación y crear una Agencia de Exportación al estilo de ProChile.

 

Para el mediano plazo (¿2021?), cuando el pass-thorugh fuera mayor y el acuerdo de precios y salarios se fuera agotando, se debería avanzar en reformas procompetitividad, como la previsional, la tributaria y la laboral, junto a renovadas medidas para alentar las exportaciones, para sanear estructuralmente el balance de pagos y solucionar el recurrente problema del endeudamiento externo.

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