Maurizio: “La estabilidad macro es clave para reducir la informalidad”



Entrevista a Roxana Maurizio Investigadora Independiente del Conicet y el IIEP Por Alejandro Radonjic 

 

En un extenso y enriquecedor diálogo con El Economista, Roxana Maurizio analiza la situación del mercado de trabajo en Argentina, sus heterogeneidades, sus desafíos (los que aún arrastra y los más nuevos) y todos los debates circundantes. A continuación, el diálogo.

 

Arranquemos hablando de la segunda década del Siglo XXI que ya se despide. Tras la gran crisis de 2001, hubo un fuerte proceso de recuperación del empleo. Pero ese proceso, inercial o estimulado, se frenó en algún momento y el mercado laboral parece haber entrado en un estancamiento permanente. Más allá de algunas variaciones cíclicas, para bien o para mal, los números no cambian de sobremanera. La tasa de desempleo está en torno a 10%, la informalidad sigue arriba de 30% y la cantidad de empleos totales no cambia sustantivamente. La situación, más allá de estos cambios cíclicos que mencionaba, está como congelada. ¿Coincide y cómo lo explica?

Efectivamente, la tasa de empleo está estancada en el orden del 42% desde 2007, o sea, hace ya más de una década. El último dato con el que contamos, correspondiente al 1º trimestre de 2019, fue 42,1%. Algo similar sucede con la tasa de desempleo. Luego de una caída muy abrupta desde casi el 25% de la población activa en 2002 hasta 7% en 2007, ese indicador ha fluctuado en ese nivel hasta 2015. Luego ha experimentado algunos aumentos que lo ubicaron en torno del 9% y el último valor, correspondiente al primer trimestre de este año, fue de 10%. Ese número, de por sí significativo, esconde fuertes heterogeneidades en su interior. Por ejemplo, la incidencia del desempleo entre los hombres de hasta 29 años es del 28% y entre las mujeres en este grupo etario alcanza a casi el 25%. Ello resulta aún más problemático considerando la muy escasa cobertura del seguro de desempleo contributivo que implica que la gran mayoría de los desocupados no cuentan con un sostén de ingresos de este tipo. En relación a la informalidad entre los asalariados, esto es, el porcentaje de trabajadores en relación de dependencia no cubiertos por la normativa laboral y no registrados en la seguridad social, se observan algo así como tres fases en el período posconvertibilidad. Un período de muy fuerte reducción de alrededor de 11 puntos porcentuales entre 2003 y 2012, cuando su incidencia se ubicó en torno del 33% de los asalariados (y alrededor de un cuarto del total del empleo urbano), luego unos años de estancamiento alrededor de ese valor hasta 2015-2016 y posteriormente un leve crecimiento hasta alcanzar el 35% de los asalariados en el primer trimestre de 2019. Si uno observa la composición total del empleo, alrededor de la mitad de ellos son asalariados formales y la otra mitad se divide aproximadamente en partes iguales entre asalariados informales y trabajadores independientes. De estos últimos, la gran mayoría son cuentapropistas no profesionales, o sea, con nivel educativo inferior a universitario completo.

 

Si sumamos el desempleo, el trabajo informal y, también, la subocupación, es decir, los que trabajan menos de lo que quisieran, arribamos a un número bastante alto de la Población Económicamente Activa (PEA). En otras palabras, hay una gran proporción de la PEA que no se vincula con el mercado laboral de forma saludable, por llamarlo de algún modo.

Si sumamos los desocupados, los asalariados informales, los subocupados involuntarios y, dejame también, los cuentapropistas no profesionales, llegamos a que un poco más de la mitad de la población económicamente activa exhiben dificultades para insertarse plenamente en el mercado de trabajo. Además de la falta de ingresos laborales por parte de los desocupados se le suma la elevada inestabilidad ocupacional y de ingresos que caracteriza tanto a los asalariados informales como a los cuentapropistas de oficio. De hecho, ambos grupos se ubican mayormente en la parte inferior de la distribución de ingresos laborales.

 

Otro tema que preocupa, además de los mencionados, es el estancamiento del empleo que se suele denominar como “de calidad”: asalariado y en el sector privado. El último dato oficial disponible es de mayo Y dice que los asalariados privados registrados son apenas más de 6 millones. La serie del reporte llega a 2012 y el número, en aquel entonces, era muy similar y no me sorprendería que el estancamiento venga de más atrás, incluso. Es un dato fuerte. Casi una “década perdida”. ¿Como se explica ese estancamiento?

Cuando analizamos en particular el comportamiento del empleo formal en el sector privado, efectivamente, se observa un volumen similar al de 2012-2013. Sin embargo aquí, a diferencia de la tasa global de empleo, se evidencian ciclos más marcados. Si miramos lo que ha venido sucediendo desde 2015 en adelante se observa una pérdida muy importante de estos puestos, del orden de 100.000, desde mediados de ese año hasta junio de 2016; luego le sigue una etapa de recuperación de estos puestos que continúa hasta marzo de 2018. A partir de entonces persiste una caída sistemática que se existe hasta el presente. En esta última fase se perdieron alrededor de 180.000 ocupaciones de este tipo. En el agregado ello se asocia tanto al bajo dinamismo económico como a la incertidumbre respecto de la demanda futura que los empleadores tienen sobre los productos y servicios que ellos venden. El crecimiento con estabilidad resulta ser una condición necesaria –no siempre suficiente– para que se verifique un aumento del empleo formal, sea tanto por generación de nuevos puestos como por la formalización de aquellos que están ocupados de manera irregular.

 

Algunos de sus colegas sostienen que la gran baja del salario real de 2018, producto de la aceleración inflacionaria y paritarias que se quedaron muy detrás, permitió amortiguar parte del impacto en el empleo de la fuerte recesión. En otras palabras, que se ajustó más por precio que por cantidad. ¿Coincide?

Es difícil saber que hubiera sucedido exactamente con el empleo en un escenario de menor caída del salario real. Quizá permitió, en el corto plazo, sostener puestos creados y retardar o reducir las tasas de despidos. Sin embargo, en un contexto de caída de la demanda agregada, del empleo y del consumo, la reducción del poder adquisitivo del salario difícilmente pueda ser una vía para reactivar la demanda global de empleo. En general, la experiencia muestra que estas dos variables, empleo y salarios, se correlacionan positivamente.

 

El Gobierno habla de la necesidad de una reforma laboral y algunos empresarios, también. Ninguno entra en detalles, más allá, quizás, de la cuestión de poder despedir más barato. Por el otro lado, la oposición y los sindicatos dicen que la rechazarán, aun si saber en concreto de qué se trataría. Además de ese juego, que lo dejamos a un lado, ¿Argentina necesita una reforma laboral y, en tal caso, con qué líneas directrices tentativas debería pensarse?

Me parece que más que pensar dicotómicamente si se necesita o no una reforma laboral, lo importante es reconocer, por un lado, la necesidad de proteger a los trabajadores, especialmente en contextos de elevada vulnerabilidad y precariedad laboral y, por otro, la naturaleza cambiante del mercado de trabajo, la aparición de nuevas ocupaciones, nuevas relaciones laborales que, seguramente, requieren de una adaptación de los regulatorios. Por lo tanto, el contenido específico de los cambios que puedan venir en materia de legislación laboral necesariamente requiere nutrirse de las discusiones de ambas partes, empresarios y representantes de trabajadores, de modo de lograr consensos que puedan mantenerse en el tiempo. Seguramente, además, las problemáticas y los acuerdos alcanzados tendrán especificidades en relación al sector productivo, tipo de empresa, tipo de trabajador. Un aspecto que sí me parece fundamental tener en cuenta es que, justamente por esto, no es posible extrapolar las discusiones y soluciones encontradas en otros países, especialmente los más desarrollados. Cuando se hace referencia a proteger al trabajador más que al puesto de trabajo y, por ende, se plantea la necesidad de reducir los costos de finalización de la relación laboral de modo de dar mayor flexibilidad al empleo, es importante considerar que los países que han avanzado en este sentido cuentan con esquemas generosos de seguro de desempleo, tanto en relación a los montos de las prestaciones como a su duración.

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Hablemos sobre el primer punto que mencionó: la necesidad de proteger a los trabajadores, especialmente en contextos de elevada vulnerabilidad y precariedad laboral. ¿A qué se refiere y qué políticas podrían aplicarse para tales fines?

La rotación laboral en Argentina, al igual que en América Latina, es significativamente más elevada que en países más desarrollados. La mayor parte de los que rotan, a su vez, son los asalariados informales, especialmente los de menores niveles de calificación. Sin embargo, las diferencias entre estos conjuntos de países no sólo se asocian a la mayor incidencia de la informalidad y el cuentapropismo en la región sino que la inestabilidad ocupacional de los asalariados formales también es más elevada aquí que en el mundo en desarrollo. La pregunta es si este patrón refleja un mayor dinamismo productivo y una asignación más eficiente del factor trabajo. Y yo diría que, en su mayoría, no es esto lo que explica los elevados niveles de rotación laboral. Más bien ello parece ser consecuencia de la inestabilidad macroeconómica y de la estructura productiva. De hecho, si miramos qué tipo de rotación experimentan los ocupados en la región observamos que ellos transitan mayormente entre ocupaciones informales, autoempleo, el desempleo y, en el caso de las mujeres, también entre la actividad y la inactividad económica. O sea, que estos individuos combinan situaciones de bajos ingresos laborales con falta de éstos. A esto hago referencia cuando menciono la necesidad de considerar esta característica estructural de la región y la inestabilidad de ingresos y, en general, la desprotección social de los que experimentan estos tránsitos con elevada frecuencia. En este contexto creo que resulta importante debatir sobre qué tipo de políticas de sostenimiento de ingreso y políticas activas en el mercado de trabajo resultan ser las más apropiadas. Por supuesto, ello no implica que no existan “trayectorias ascendentes” donde el trabajador transita entre ocupaciones mejorando su status laboral. Pero la mayor parte, alrededor del 60% en Argentina, de las transiciones son del primer tipo.

 

O sea que estos trabajadores precisarían, además de políticas activas que mantengan y aumenten los niveles de empleo y la economía en general, más protección, por decirlo de alguna manera. El “problema”, según algunos sectores, es con los asalariados registrados. “Queremos que sea más fácil despedir”, dijo hace poco un empresario local. El modelo parece ser Estados Unidos, donde los costos de despidos son bajos y, sigue el razonamiento, hay casi pleno empleo. ¿Es algo explorable o, como dijo antes, “no es posible extrapolar las discusiones y soluciones”?

Volviendo un poco a lo mencionado anteriormente, me parece que el gran desafío es cómo combinar las reales necesidades de los empresarios con las de los trabajadores, en contextos macroeconómicos y, especialmente, productivos que difieren enormemente de los países desarrollados incluyendo, obviamente, Estados Unidos. Además, Argentina como así también otros países de la región tienen vasta experiencia en reformas laborales flexibilizadoras que no han sido acompañadas de mayor dinamismo en el empleo formal, mucho menos en contexto macroeconómicos difíciles. Por lo tanto, me parece que un debate profundo sobre estas cuestiones no puede darse aislado de la discusión sobre la estructura productiva presente y futura, sobre cuales serán los sectores que generarán demanda de empleo y de qué tipo de calificaciones.

 

En una respuesta anterior mencionaba “la naturaleza cambiante del mercado de trabajo, la aparición de nuevas ocupaciones, nuevas relaciones laborales que, seguramente, requieren nuevos marcos regulatorios”. ¿Se refiere, por ejemplo, a los trabajadores de las plataformas, como Glovo, Rappi o PedidosYa?

Efectivamente, el trabajo basado en plataformas digitales es una, entre otras, de las manifestaciones de los cambios en el mundo del trabajo y de las relaciones laborales. Tradicionalmente la idea del empleo típico refiere a una relación asalariada donde sólo intervienen dos partes, trabajador y empleador, bajo un contrato a tiempo indefinido y donde el asalariado trabaja diariamente con una jornada completa de ocho horas. Sin embargo, en las últimas décadas han ido apareciendo o se han acrecentado formas de empleo que se van alejando de esta forma estándar o típica, bien porque aparece una tercera figura intermediando o triangulando entre el trabajador y quien finalmente demanda esa fuerza de trabajo y para quien produce los bienes y servicios, bien porque la relación ya no es de por vida o bien porque los arreglos en materia de jornada laboral ya no son 8 horas 5 o 6 días a la semana sino que hay mayor flexibilidad tanto en el total de horas como en su distribución semanal o mensual. Uno de los principales debates aquí refiere al carácter mismo de la relación laboral. En particular, la pregunta que aparece es si estos trabajadores que se desempeñan desde una plataforma son asalariados o trabajadores independientes. El debate no está cerrado ni desde el punto de vista académico ni en relación a los fallos de la Justicia en los casos en que ha habido demandas por parte de los trabajadores. Ello se debe a que en este tipo de ocupaciones se combinan elementos de un típico trabajador independiente con características propias de uno asalariado y, por lo tanto, la diferenciación entre ambas categorías ocupacionales se vuelve cada vez más difusa. A este debate se le suma, entonces, el referido a si las normas laborales existentes –o al menos parte de ellas– son apropiadas para este tipo de ocupaciones y/o se requiere avanzar hacia esquemas de protección laboral y social más universales.

 

Mencionó varias veces el tema de la estructura productiva y lo conectó con algo que suele decir el economista Daniel Heymann. El sostiene que a algunos sectores no hay que pedirle ni que aporten divisas, ni que estén en la frontera productiva sino que absorban mano de obra, a menudo poco calificada, joven y en las zonas periurbanas. Me refiero a los sectores sensibles que quizás no sean competitivos y demandan más divisas de las que aportan, pero que tienen externalidades laborales considerables. ¿Qué piensa sobre eso?

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Estoy de acuerdo. En Argentina aún hoy un porcentaje importante del empleo total explicado por mano de obra poco calificada, de niveles bajos o medios de educación y, más allá de que resulta absolutamente necesario incrementar el alcance y mejorar las políticas activas del mercado de trabajo, en particular, a lo referido a la capacitación y formación profesional, en el corto plazo es importante definir cuáles son los sectores que pueden sostener la demanda de este tipo de calificaciones. En combinación con ello, como te decía, también es necesario evaluar el rol de cada uno de los componentes de las políticas de empleo, ver a qué segmentos de la población van dirigidos, cual es su impacto esperado en materia de inserción presente y futura de los trabajadores alcanzados por estos programas, la integración entre cada uno de ellos y, fundamentalmente, la adecuación de esta oferta a las demandas del aparato productivo. Sin embargo, esto último requiere un sendero macroeconómico estable y cierta definición del patrón productivo del país de modo de poder predecir, más aún en contextos de cambio tecnológico creciente, los requerimientos futuros de diferentes calificaciones.

 

Hablaba, al comienzo, de la informalidad, hoy en la zona de 35%. Un nivel altísimo. Es muy obvio que hay soluciones como las aplicadas que hasta el momento han fallado. ¿Qué caminos deben recorrerse para que baje el stock existente y que las nuevas vinculaciones sean registradas, como corresponde?

Insisto con la estabilidad macroeconómica como condición necesaria para transitar un sendero de crecimiento de la formalidad laboral. ¿Por qué digo esto? Porque una relación formal se entiende que es una relación de largo plazo. Cuando el empleador decide registrar a un trabajador se supone que es para tenerlo en su plantel por un período extenso. Es por ello que contextos macroeconómicos inestables atentan fuertemente contra procesos de formalización. Sin embargo, la experiencia también muestra que esto no es condición suficiente y se requiere, adicionalmente a un régimen macro que genere empleo, de políticas específicas a tal fin. Para ello es importante tener en cuenta que alrededor del 65% de la informalidad se concentra en establecimientos de hasta 5 ocupados, o sea, micro y pequeñas firmas. Muchos de estos establecimientos suelen operar con bajo niveles de productividad y se caracterizan por baja estabilidad, tanto de la propia firma como de sus trabajadores, debido, al menos en parte, a la menor capacidad de hacer frente a los shocks negativos. El panorama se agudiza aún más cuando se analiza la composición del empleo informal según rama de actividad, donde alrededor de un cuarto de la no registración se concentra en el servicio doméstico. Es en este marco que hemos venido planteando la incertidumbre respecto de los potenciales efectos positivos de la rebaja de las contribuciones patronales –más aun cuando son generalizadas– sobre el empleo total y, en particular, sobre el empleo formal vis a vis la reducción inmediata de la recaudación tributaria que este tipo de medidas implican. Estas dudas se basan tanto en la propia experiencia argentina en el uso de este tipo de estrategia para fomentar la formalidad como en los resultados más frecuentes encontrados en la implementación de programas similares en otros países de la región. Sin embargo, si el objetivo es incentivar la demanda de empleo de aquellos trabajadores de menores calificaciones o en empresas pequeñas, quizás convendría focalizar este tipo de medidas en este grupo objetivo pero como parte de un conjunto amplio y coherente de políticas que apuntalen tanto la creación de nuevo empleo formal como la registración de los asalariados operando en la ilegalidad. Por un lado, el logro de la misma demanda de medidas más integrales que incluyan políticas productivas, de acceso al crédito, a la tecnología y a los mercados, entre otras, destinadas a aumentar la productividad, la eficiencia y la formalización de las pequeñas empresas las que también podrían contribuir a la registración del personal. Por otro, el fortalecimiento de la inspección laboral como estrategia relevante para el combate de la informalidad en empresas medianas y grandes.

 

Vinculado a eso, algunos de sus colegas dicen que, si Argentina quiere exportar más y diversificar su canasta, debe tener salarios más bajos y tipo de cambio real muy alto. No sé si niveles asiáticos, pero, eso sí, no mucho más altos. La otra opción sería salarios altos, tipo de cambio bajo y un crecimiento más mercadointernista. ¿Hay que elegir entre uno y otro y, en tal caso, hay alguna secuencia?

En términos generales, Argentina, por su historia y su presente, no puede basar su estrategia de desarrollo e inserción internacional en bajos salarios. Por otro lado, el país debe lograr un aumento del volumen de sus exportaciones que permita relajar la restricción externa al crecimiento. Vuelvo sobre lo charlado previamente, cómo combinamos sectores que puedan aportar las divisas necesarias y que, quizá no demandan fuertemente mano de obra y, especialmente, aquella de bajas calificaciones, con los sectores que sí lo hacen. Es por ello que, me parece, resulta fundamental discutir claramente cual será la estrategia de desarrollo del país para evaluar, en ese marco y a partir de evidencia, los requerimientos actuales y futuros en el mercado de trabajo y las regulaciones laborales más apropiadas a tal fin.

 

¿Argentina sigue teniendo buenos recursos humanos, como se solía escuchar, o se ha “descapitalizado” en ese sentido o la situación es muy heterogénea y, retomando a Heymann, hay varias Argentinas?

Efectivamente, la situación es muy heterogénea, no sólo en materia de recursos humanos sino, también, como mencionamos, en relación a los niveles de productividad de las empresas y de los diferentes sectores productivos. Existen casos exitosos de empresas altamente competitivas, con inserción internacional que, a su vez, demandan mano de obra local altamente calificada. A su vez, existen polos tecnológicos donde se conjugan la investigación y el desarrollo, la demanda de calificaciones y la capacitación y la formación profesional. Las investigaciones realizadas, a su vez, en ámbitos públicos (exclusivamente o en conjunto con el privado), por ejemplo, el Conicet, también son pruebas de los recursos humanos altamente formados con los que cuenta Argentina. Sin embargo, en el otro extremo, como mencionaba anteriormente, aún un porcentaje no menor de la fuerza de trabajo global, y de la ocupada en particular, exhibe bajos niveles educativos. Ello requiere, obviamente, un mejoramiento de la oferta de trabajo, asociada no sólo a un mayor alcance y calidad de la educación formal sino a un sistema de calificación profesional de por vida, pero también un sistema productivo que efectivamente requiera de mano de obra calificada. En relación a lo primero me parece que un dato muy preocupante es la tasa de pobreza infantil del orden del 50%. Son ampliamente conocidos los efectos de largo plazo de la pobreza en las primeras etapas de la vida y, por ende, la transmisión intergeneracional de este fenómeno. Ello requiere, por lo tanto, actuar inmediatamente sobre este flagelo no sólo para mejorar las condiciones de vida actual de estos niños y niñas, sino también de los futuros jóvenes y adultos que, en estas condiciones, enfrentarán restricciones muy importantes en el mercado de trabajo.

 






Diario EL ECONOMISTA

viernes 06 de diciembre, 2019
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