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Un tic tac tic tac espera a Macri o Fernández


1 de julio, 2019

Macri Alberto Fernández encuesta

Por Daniel Montoya Analista Político y Consultor Estratégico @DanielMontoya_ y Sergio Morales Experto en Asuntos Internacionales y Presidente del Centro Latinoamericano de Inversiones @celaifinance

 

“Si voy a morir, quiero morir cómodo”, sentencia el Sargento William James en la espectacular película multipremiada de Kathryn Bigelow, “Vivir al límite”. Ese tipo de razonamiento extremo le resultará familiar al líder de cualquiera de las tres fuerzas políticas en pugna, sea Juntos por el Cambio, el Frente de Todos, o Consenso 2030, el tercer espacio político que hoy languidece por el lanzamiento tardío de Roberto Lavagna, combinado con el fuego cruzado de los dos grandes polos políticos, que terminaron destripando a lo que podría haber sido una poderosa plataforma de lanzamiento para el tándem completado de urgencia por Juan Manuel Urtubey, la extinta Alternativa Federal (QEPD).

 

Quien sea que le toque sentarse en el Sillón de Rivadavia en diciembre próximo, encontrará debajo de él, un gran artefacto pegado prolijamente con cinta adhesiva, similar a aquellos que hacían coquetear a James con la muerte a diario. Tanta insistencia en la muletilla de “la pesada herencia” terminó por convertirse en una profecía autocumplida. Las elevadas necesidades de financiamiento del sector público de Argentina ya generan dudas sobre el pago de vencimientos de deuda en 2020-2024, hoy estimado en US$ 149.000 millones (ITE-FGA).

 

Bajo este panorama, y en medio de una actividad económica que no logra recuperarse, resulta difícil anclar las expectativas de devaluación e inflación para los próximos años. Las credenciales de la gestión de Mauricio Macri, sumadas a aquellas de la gestión de Cristina, hoy los dos referentes políticos más competitivos, no ayudan nada. Para la impericia en el manejo económico, no hay grieta alguna. Según los últimos datos del Indec, la caída del PIB en 2018 alcanzó 2,5% respecto al nivel de actividad de 2017. Así, el año pasado pasó a representar el quinto año recesivo de la última década en Argentina, un récord que pocos países del mundo comparten. Por supuesto, con explicaciones nuevas de ocasión, que solo sirven para explicar las sucesivas derrotas y unas pocas victorias efímeras. En el plano local, las distorsiones macroeconómicas severas de siempre y, en el plano internacional, una coyuntura adversa producto, principalmente, del alza de la tasa de interés de la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed), entre otras cuestiones, como la guerra comercial entre las principales potencias y el Brexit.

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Explicado de manera simple, la reducción de las políticas de estímulos y suba de tasa de interés (tapering) por parte de la Fed, dependía esencialmente de la recuperación de la economía norteamericana, estableciendo metas en términos de nivel de empleo. El crecimiento de la economía y los datos del empleo han permitido que la Fed anuncie una paulatina suba de la tasas de interés, del rango 0,25-0,5% en 2015 a los 2,25-2,50% actuales, provocando una fuerte salida de capitales en los mercados emergentes y correcciones cambiarias a nivel generalizado. A raíz de esto, la Fed ha optado por la decisión de mantener el nivel de tasas en 2019, con la intención de calmar la elevada volatilidad de los mercados financieros. Sin embargo, Argentina continúa con las secuelas de ese nuevo contexto global, con una inestabilidad monetaria y cambiaria exacerbada por la incertidumbre electoral y una política fiscal carente de credibilidad.

 

En primer lugar, este shock externo se transmite en la cuenta corriente de las economías emergentes, por un ajuste del precio de las commodities, profundizando su caída desde máximos históricos. En otras palabras, la suba de tasas es una política monetaria contractiva que ajusta la demanda global y, de igual manera, a los precios de la soja, trigo, hierro, cobre, etcétera, influenciados sobre todo por la desaceleración de China. En segundo lugar, se ve reflejado en la cuenta de capital, por una reversión de flujos de capitales de economías emergentes hacia activos de menor riesgo en los países desarrollados, el famoso “flight to quality”. Esta salida de fondos, asociados a inversiones en portafolio que por su naturaleza están relacionadas a búsquedas de ganancias de corto plazo (carry trade), provocará una mayor tensión cambiaria, en general, aunque aquellos países con elevadas necesidades de financiamiento, como la Argentina, serán nuevamente los más perjudicados.

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La deuda pública es sustentable si los intereses y las amortizaciones pueden ser atendidos, a priori, por un superávit primario. En el corto plazo, una crisis de financiamiento por un alza de la tasa de interés internacional puede afrontarse con el acceso a asistencia de organismos internacionales como el FMI, más el eventual apoyo de un Donald Trump que salió fortalecido tras la investigación Mueller, y que se encamina a su reelección en 2020, apoyado sobre un núcleo duro territorial del medio oeste y sur de Estados Unidos, al que no defraudó en expectativas. El problema principal es que la evidencia empírica demuestra que, en caso de no atenderse los problemas estructurales, esto solamente funcionará como un mecanismo de postergación de un default, lo que hoy están descontando muchos agentes en el mercado. No quedan dudas que el nuevo contexto internacional hostil encontrará al próximo Presidente con las “defensas bajas” y con un regalo debajo del Sillón de Rivadavia haciendo el ruidito que le resulta tan familiar al Sargento James en la película. Tic tac tic tac.

 

En tal aspecto, cabe plantear una duda. ¿Cristina “se bajó” porque no le daban los votos o simplemente eligió preservarse para una mejor ocasión, concentrando toda su capacidad de fuego en la provincia de Buenos Aires? De continuar Macri, así como recuperar el peronismo la provincia de Buenos Aires, Cristina ingresaría, sorpresivamente, al selecto club de los expectables 2023, integrado por Horacio Rodríguez Larreta, Omar Perotti, Juan M. Urtubey, Juan Schiaretti, Sergio Uñac y, porque no, el aparentemente malogrado Sergio Massa, al que nunca se lo puede dar por muerto.

 

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