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Las cinco claves de las internas de Uruguay

3 de julio, 2019

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Por Fernando Domínguez Sardou Politólogo y Profesor en las carreras de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en UCA y USAL @ferdsardou

 

El domingo 30 de junio los uruguayos llevaron adelante por quinta vez elecciones internas para consagrar a los candidatos presidenciales de cada fuerza política. Las elecciones internas sirvieron para clarificar la escena política uruguaya -particularmente la vida interna de los partidos- de cara a las elecciones nacionales de octubre. A partir de cinco claves, intentaremos entender qué fue lo que se decidió y lo que quedó esclarecido -y lo que no- de la política uruguaya al día de hoy.

 

El Frente Amplio, entre la unidad y la división. El oficialismo, que durante los últimos cinco años careció a simple vista de una renovación dirigencial, se enfrentó a su primera elección sin alguno de sus líderes tradicionales (léase Tabaré Vázquez, José Mujica o Danilo Astori) en la primera línea de batalla, en una profunda división interna entre sectores más moderados y otros más orientados a la izquierda. El Frente, así, salió a la cancha con cuatro precandidatos presidenciales provenientes de sectores muy distintos: el intendente de Montevideo, Daniel Martínez -principal referente del sector moderado-; Carolina Cosse -exministra de Industria, respaldada por el sector de Mujica-; Oscar Andrade -líder del sindicato de la construcción y referente del Partido Comunista- y Mario Bergara -moderado, ex presidente del Banco Central de Uruguay-. ¿El eje de la campaña? La unidad. Para diferenciarse del resto de las fuerzas políticas, el Frente Amplio buscó desde el principio desarrollar una campaña de cordialidad entre los distintos precandidatos, mostrando, incluso un programa único de gobierno previamente pactado. El holgado triunfo de Daniel Martínez -seguido de Cosse y Andrade respectivamente, aunque con poca distancia entre sí- nos muestra un Frente partido en dos, en el que, pese a la unidad mostrada en la campaña, el reparto posible de poder a su interior aún no está zanjado. Si bien la renovación de liderazgos comenzó a darse, las pugnas por la conformación de la fórmula empezaron a mostrarse desde la misma noche de las elecciones con comentarios de las que saliera segunda presionando indirectamente por ser quién secunde al intendente de Montevideo. Al momento, esta discusión no está cerrada.

 

El Partido Nacional, un espejo del oficialismo. Los blancos, principal fuerza de oposición en el Uruguay, se enfrentaban con los dos mismos precandidatos de 2014 -Luis Lacalle Pou y Jorge Larrañaga- a dos novedades: un candidato producto de una rebelión de intendentes del interior -Enrique Antía- y el surgimiento de un outsider, Juan Sartori, que merece una mención aparte. Sartori, quien vivió fuera del Uruguay prácticamente toda su vida, decidió volver al país e intentar llegar a la presidencia. Envuelto en polémicas desde el principio, y enfrentándose al rechazo del grueso del aparato blanco, este empresario del agro y del fútbol, casado con la hija de un magnate ruso, logró imponerse gradualmente, y llegar a ser una amenaza para el establishment de este tradicional partido. Finalmente, el que fuera candidato en 2014 -Lacalle Pou- arrasó en la interna partidaria, con más de treinta puntos de ventaja. El fracaso de las candidaturas de Larrañaga y Antía, y la imposibilidad de Sartori de alcanzar a los principales representantes de la maquinaria del Partido Nacional facilitó a Luis Lacalle Pou consagrar como candidata a vicepresidenta a la que es formalmente la líder del partido, la escribana Beatriz Argimón. Este movimiento, que si bien inicialmente puede ser visto como una señal de fortaleza, encierra un riesgo: ambos dirigentes provienen del mismo sector partidario. A diferencia, y a modo de espejo de lo que ocurre en el Frente Amplio, tras una campaña con enfrentamientos casi extremos, sin un programa único, la conformación de la fórmula no necesariamente reflejará la unidad partidaria. Visto desde este modo, la campaña por las legislativas debería ser más compleja de lo esperado en la vidriera blanca.

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El Partido Colorado y un cambio histórico. Los colorados, principal fuerza histórica de gobierno, y casi sin acceso a puestos de relevancia desde 2004, se enfrentaron a una inesperada dinámica interna. La postulación del que fuera el primer presidente tras el retorno de la democracia, Julio María Sanguinetti, llevó a una campaña visible y con contenidos. El expresidente manifestó desde el principio que su objetivo no era necesariamente ganar sino buscar dinamizar al partido y ponerlo como actor crucial en un futuro gobierno de coalición. Esto facilitó el surgimiento de una candidatura alternativa. Ernesto Talvi -economista formado en la Universidad de Chicago, quien se considera heredero del expresidente Jorge Batlle- desarrolló una campaña en torno a propuestas en diversos temas (educación, salud, seguridad, economía), diferenciándose así del resto de los precandidatos de las diversas fuerzas políticas. Combinado con la participación de algunos pocos sectores tradicionales del partido y nuevas agrupaciones políticas, Talvi dio la sorpresa de la noche, obteniendo más de la mitad de los votos dentro del Partido Colorado, llevando a Sanguinetti a su primera derrota como candidato presidencial. El inesperado resultado lleva a que, si bien la fórmula es un problema para los colorados, el ascenso de este nuevo liderazgo plantee una incógnita de cara a los próximos meses.

 

El ascenso de cuartas fuerzas. El Uruguay, de manera creciente, fue testigo del ascenso de nuevas fuerzas políticas que, de a poco, se fueron integrando al panorama partidario. Desde el Nuevo Espacio en 1989, estas fuerzas que solían ser efímeras, hasta el Partido Independiente, que ya tiene presencia en el Senado y Asamblea Popular, con presencia en la cámara de representantes, estas fuerzas menores han ganado en estabilidad. En esta elección, aparte de estas dos, emergen el Partido de la Gente, liderado por el empresario Edgardo Novick -quien fuera el principal candidato opositor a la intendencia de Montevideo hace cuatro años, y en estas internas lograra un magro desempeño- y Cabildo Abierto, que con el 4% de los votos se instala con fuerza. El líder de esta fuerza, el general Guido Manini Ríos, es quien fuera jefe del Ejército hasta principios de este año. Tras envolverse en una polémica respecto a los juicios vinculados a violaciones de derechos humanos durante la dictadura cívicomilitar de los ´70 y ´80, lo que lo llevó a ser cesanteado de en su cargo, Manini Ríos comenzó su camino a la presidencia en un electorado clásico de derechas, otrora colorado, y dio con ello la otra gran sorpresa de la elección, y con esto advirtiendo que estas cuartas fuerzas en octubre pueden ocupar un lugar más relevante que en otras elecciones.

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Una interna es una interna, no una elección nacional. A diferencia de las PASO de Argentina, el voto en las elecciones internas uruguayas es optativo, incluso cuando sus resultados -bajo ciertas condiciones- sean vinculantes. Esto hace que las elecciones tengan una lógica distinta a las de las generales. La primera diferencia está marcada en el resultado: no suele haber relación entre las internas y las elecciones nacionales. Por lo general, el Partido Nacional suele ser el más votado en las internas, y esta elección no fue la excepción. En segundo lugar, prima el peso de los aparatos partidarios sobre los apoyos del electorado independiente. De hecho, éste no suele ir a votar, lo que explica la habitual baja tasa de participación (que oscila alrededor del 40%). Si bien no se puede observar como en las PASO argentinas, la distribución real del electorado entre las distintas opciones políticas, lo que sí se puede apreciar en estas elecciones es el ordenamiento de fuerzas al interior de los partidos, y como funciona su vida interna, de cara a ofrecer una propuesta única en las elecciones generales. Las internas de este año nos mostraron que los partidos políticos uruguayos están en pleno movimiento e, incluso cuando se haya cerrado la primera fórmula, y queden claras las candidaturas, la elección presidencial aún no está cerrada.

 

¿Podrá el Frente Amplio retener el Gobierno por veinte años? ¿Podrá el Partido Nacional ganar y llevar adelante un gobierno de coalición? ¿Podrá Talvi llevar a los colorados a ser nuevamente una opción de Gobierno? ¿Manini Ríos será un “nuevo Bolsonaro” y forzará a modificaciones en un sistema partidario bien establecido? Estas preguntas recién se pueden plantear con nombres propios después del pasado 30 de junio, y quedan aún casi cuatro meses de incógnitas que se irán develando gradualmente, para resolverlas.

 

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