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La diferencia entre ganar las elecciones y gobernar


17 de julio, 2019

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Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

 

A esta altura, muchos suponen que los candidatos presidenciales de nuestro país ya tienen un plan de gobierno, una lista de nombres para integrar el futuro gabinete nacional y una nómina complementaria para cubrir todos los puestos que son necesarios para mover el aparato del Estado. Según cálculos que nadie detalla, administrar los resortes oficiales implica tener un plantel mínimo de 500 personas. Por ahora las encuestas sólo confirman que Balcarce o Dylan registran firmes chances de dormir en las cuchas presidenciales. Ambos se comprometieron a tratar el bastón presidencial con menos desdén que Cristina.

 

Desde el miércoles 10, diversos anclajes de la política y algún medio colega dicen que, si bien el presidente Mauricio Macri no repite fórmula, piensa conservar a los hacedores del gabinete económico y a la cúpula ejecutiva del BCRA. Aún no se detecta, en los pasillos de la Casa Rosada, voluntad política por dar espacio a la figura del ministro coordinador de esta política sectorial. Al ver la aludida y otras novedades, adquieren relevancia ciertos ejemplos de política y gestión registrados en Brasil y México que guardan algún paralelismo con los vicios y desbordes que se registran en nuestro país.

 

Esta semana tampoco se dará espacio a los nuevos desaguisados que armó Donald Trump. El hombre acaba de efectuar la novena remoción en su gabinete (debió despedir al secretario de Trabajo) tras salir a la luz otro escándalo sexual donde estuvo involucrada gente de la Casa Blanca (episodio que ya se identifica como el “expreso Lolita”, el personaje de Vladimir Nabokov). El Presidente también optó por declarar una guerra racial contra varios legisladores demócratas de ascendencia latinoamericana, musulmana y africana con expresiones dignas del Klu Klux Klan (KKK) (ver Político del 14/7/2019). Por otro lado, en Washington se esparció el rumor de que está pensando en bajarle el pulgar a su octogenario secretario de Comercio, Wilbur Ross, quien hasta hora viene salvando su cabeza por la antigua amistad que lo une al Jefe de la Casa Blanca.

 

La columna tampoco reiterará, ante el tenor de los debates, el mantra de que Chile sólo consiguió lanzar su “milagro” cuando Hernán Büchi empezó a convertir en realidad la consigna de que “apertura económica sin promoción de exportaciones es una apuesta sin futuro” tras reemplazar, con sentido común, el tipo de ortodoxia monetaria que, en su versión argentina, aplican, hacha fiscal y monetaria en mano, Nicolás Dujovne y Guido Sandleris, cuyos enfoques cambiarios y de presión fiscal son objeto de crítica directa o indirecta de economistas tradicionales como Domingo Cavallo, Orlando Ferreres, Juan Carlos de Pablo, Carlos Melconian, Alfonso Prat-Gay y por los discretos integrantes de FIEL. Cabe agregar que fue Roberto Lavagna quien dos o tres años atrás recibió un aluvión de rechazos por atreverse a propiciar la reactivación económica con medidas que dieron excelente resultado a nuestros amigos chilenos, aunque con retoques que llevan su sello personal.

 

Bajo semejante perspectiva reconforta saber que el exministro Domingo Cavallo optó por ser parte del grupo que ahora se suma a la noción de crear una economía altamente competitiva, funcional a la noción de ganar divisas a través de la exportación. Además, y no obstante esa convergencia de criterios, ese prestigioso tinglado de especialistas debería aclarar un punto adicional. El público todavía no sabe si ellos también comparten la misma lectura cuando uno sale del diagnóstico cambiario y fiscal para adentrarse en el análisis de la economía global que hoy eriza al planeta. Tal realidad se nutre del mercantilismo suicida, chanta e ilegal que aplican Trump y sus apóstoles; del proteccionismo regulatorio de la social democracia europea –con la que estamos por firmar un proyecto de acuerdo de librecomercio del que todos hablan, la mayoría sin haber tenido la oportunidad de leer su texto ni poseer un análisis técnico razonable–, o los delirios neopopulistas de cualquier estirpe como los planteados por los impulsores del Brexit, los fanáticos de Marine Le Pen, las fantochadas políticas de los actuales gobernantes italianos y sus distintos cultores paneuropeos o tropicales. Ello sin olvidar la “economía socialista de mercado” de nuestros amigos chinos, los que no sólo lideran muchos de los progresos registrados en la economía digital, sino los intensos secretos de su economía digitada.

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En las últimas horas entró al debate Rodolfo Terragno, un opinante no tradicional en estas lides, quien suele deleitarnos con una admirable e inteligente prosa cuando no se pone a terciar en asuntos que requieren detallado conocimiento y enorme experiencia, virtudes que, por lo visto, no aplica en todos sus escritos. Los conflictos y proyectos de política comercial exigen bastante más que un elegante refrito de recortes periodísticos (sobre todo si se intenta abonar una tesis de ignoto fundamento y de muy discutible criterio como la que ensayó en Clarín).

 

Al margen de lo anterior, es preciso destacar que empiezan a estar presentes las tendencias recesivas que anticipé hace un trienio en la economía internacional. Era imposible que la vertical y sostenida reducción de la tasa de crecimiento del intercambio global, producto de las guerras y otras restricciones comerciales, no terminara por socavar la tasa de crecimiento económico.

 

El fin de la semana pasada también trajo consigo una reflexión académica sobre un tema que se discute desde hace unos tres lustros en todo el mundo y deberá encararse con buena cintura política en nuestro país. Esa inquietud fue destacada por Ricardo Arriazu, quien trató de hacer docencia y no fue escuchado, en su momento, con suficiente atención. Se trata del necesario replanteo de la base económica y financiera del sistema previsional. Es obvio que se trata de un desequilibrio que debe ser solucionado eliminando sus raíces estructurales, no disimulando o enjuagando sus efectos. La antedicha reflexión gana adherentes al ver el sintético análisis de por qué el Congreso de Brasil acaba de aprobar, contra todos los pronósticos, y en primera lectura, la reforma jubilatoria que concibió el ministro de Economía, Paulo Guedes. Además una victoria que no fue por un pelito, sino por un margen de 71 votos más que el caudal necesario para lograr mayoría.

 

La autora del trabajo recuerda que el déficit de financiamiento de casi todos los regímenes de previsión social que se detectan en el planeta resulta inmanejable si no se hace ajustando la edad jubilatoria a la realidad poblacional, una redistribución parcial de beneficios (y yo agregaría la eliminación de beneficios para los que no hicieron ni hacen aportes) y otras medidas totalmente impopulares. Por ese motivo tales reformas demandan ingenio y voluntad para crear un consenso sostenible, ya que si se aprueban a fuerza de manganetas o presiones circunstanciales, siempre existirá el riesgo de que sean neutralizadas por las siguientes reformas. Adicionalmente, porque no es sano construir un Estado y un proceso de desarrollo estable con los enfermizos y cíclicos vaivenes a los que se somete la economía. Es obvio que una reforma sustentada exclusivamente en un ataque ilegal a los derechos adquiridos por la población, sólo generará una catarata de juicios que el Estado no podrá ganar.

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Según la doctora Mónica De Bolle, Directora de Estudios Latinoamericanos de la John Hopkins University (“La real historia de la reforma de las pensiones en Brasil”, American Quaterly del 11/7/2019), el éxito político de Jair Bolsonaro surgió de dos factores coyunturales. Una obvia disfunción política y la extrema polarización de la sociedad (lo que en criollo llamamos la grieta). De Bolle apunta a señalar, tácitamente, que el actual puede ser un éxito de corta vida si no se reúne un legítimo y estable consenso sociopolítico.

 

Bajo esa perspectiva, son los hombres de la política quienes deberían decidir con qué clase de opción se quieren quedar, habida cuenta que la de “no hacer” es una respuesta económicamente inviable y una carga institucional de enorme profundidad. El otro episodio aleccionador, es la renuncia del doctor Carlos Arzúa, hasta hace pocas horas el ministro de Hacienda del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Quienes conocemos un poco las instituciones de ese país, donde uno está sometido a un constante aprendizaje y observa la paciente formación de cuadros dirigentes, muchos de ellos de altísima calidad, este episodio se destaca no sólo por quebrar las tradiciones y reglas no escritas de esa nación. Cualquiera sea el color de los gobiernos mexicanos, todos suelen estar bastante permeados un poco por la cultura del viejo PRI. Es un contexto en el que no resulta común dejar el Gobierno pegando un portazo y mucho menos explicando con meridiana claridad los motivos del alejamiento.

 

Pero el tema sustantivo no se origina en esa supuesta irreverencia hacia un cuadro presidencial educado por el PRI, y el presidente AMLO responde a casi todas las características de alguien con ese perfil, sino por el hecho de que en el México actual se vea como una flagrante irregularidad social el ser un cuadro sin preparación técnica. Arzúa alegó cuatro razones profesionales, no disidencias políticas para dejar el puesto. Entre ellas, graves conflictos de interés con el operador estratégico de la presidencia (que además es un hombre del Opus Dei y con simpatías por la ultra derecha que no parecen consistentes con el supuesto izquierdismo de AMLO); la incompetencia de los funcionarios designados; así como la falta de análisis y evidencias para adoptar las decisiones, así como por colocar en funciones de alta responsabilidad a cuadros digitados por la presidencia.

 

Tras leer esa columna, cuya autoría es del doctor Luis Rubio, el actual presidente del Consejo Mexicano para las Relaciones Internacionales, un foro similar al CARI, uno se pregunta si los firmantes y protagonistas son genuinamente mexicanos. Me consta que sí.

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