El desafío de una nueva etapa de destrucción creativa

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Por Silvia Torres Carbonell Directora del Centro de Entrepreneurship IAE Business School, el Programa WISE IAE-BIDLAB y el Global Entrepreneurship Monitor

 

La evolución de la humanidad desde la Edad de Piedra hasta la actualidad estuvo siempre liderada por personas emprendedoras que crean un valor que antes no existía. Estos emprendedores antiguos y actuales ven o buscan una oportunidad, no la esperan, y encuentran la forma de transformarla en una realidad exitosa, sin contar con todos los recursos al momento de llevar su idea a la práctica.

 

Vale la pena recordar la definición introducida por Joseph Schumpeter (1934): “El dinamismo desequilibrante provocado por los emprendedores innovadores, es la causa de una economía sana y pujante, mucho más que el equilibrio y la optimización de los recursos”.

 

Estamos comenzando a asistir hoy a una nueva etapa de “destrucción creativa” profunda, consecuencia de esta revolución tecnológica que produce un proceso de reajuste en la sociedad, generando nuevas estructuras, empleos, sectores, pero también destruyendo muchos de los que ya existen. Y esta “destrucción creativa” tiene la potencialidad de generar soluciones disruptivas en forma masiva a grandes problemas de la humanidad.

 

Hoy las tecnologías exponenciales, con su avance frenético, como la Inteligencia Artificial, el Bitcoin y el Blockchain, el dinero digital, Internet de las Cosas, las aplicaciones inteligentes, la Big Data, la robótica, la biotecnología, la nanotecnología, la biología sintética y la computación cuántica, están impactando y generando los nuevos modelos de negocio basados más en el conocimiento que en el capital físico.

 

La economía digital, los modelos colaborativos, la desintermediación, la globalización virtual, la economía circular, las organizaciones exponenciales están dando nacimiento a nuevos esquemas organizacionales de las empresas del futuro y representan un enorme desafío.

 

Como señala el biólogo y entomólogo estadounidense Edward Wilson, con una frase genial que describe el desacople en las distintas dinámicas que se dan en la actualidad: “El principal problema de la humanidad hoy en día es que tenemos mentes paleolíticas leolíticas, instituciones medievales y tecnología de los dioses”.

 

Me gustaría aquí poner el foco en las capacidades que serán necesarias para este proceso creativo del futuro, introduciendo en el análisis, el concepto de STEM que surge del acrónimo en inglés que sirve para designar las siguientes disciplinas académicas: ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (Science, Technology, Engineering and Mathematics).

 

Las disciplinas STEM repercuten directamente en la economía de los países ya que dotan al talento local de capacidades como, entre otras, pensamiento crítico, alfabetización digital, metodologías colaborativas de trabajo, creatividad, desafío del status quo, análisis e interpretación de datos relevantes. Por eso es clave en nuestro país promover una educación que incorpore estas nuevas competencias y que prepare a las nuevas generaciones para el futuro.

 

En la actualidad vemos a nivel global y también en Argentina, nacer cada día más empresas que podríamos denominar como gacelas que tienen algunas características comunes: convierten el crecimiento en un tema estratégico, hacen de la innovación su motor de crecimiento, le dan enorme importancia al equipo, buscan su permanente profesionalización, están muy enfocadas en el cliente, asumen riesgos. Y todo esto lo hacen en forma planificada. Además son muy flexibles y están abiertas al cambio, incorporan toda la tecnología posible, planifican su estructura de financiamiento y, en muchos casos, buscan generar impacto social.

 

Hoy el país vive un momento histórico. En una Argentina “bipolar”, donde coexisten la pobreza y la exclusión junto al talento, la creatividad y el pragmatismo de tantos emprendedores de negocio y sociales, se abre una oportunidad única para consolidar la esencia de la actividad empresarial. Esta esencia consiste en crear y desarrollar organizaciones de personas que generan bienes y servicios para otras personas, de forma innovadora, competitiva, ética, siendo creadoras de valor social, ambiental y económico para la sociedad.

 






Diario EL ECONOMISTA

sábado 07 de diciembre, 2019

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