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El acuerdo con la UE y el proyecto productivo de Argentina


4 de julio, 2019

Acuerdo UE Mercosur (1)

Por Ernesto A. O’Connor UCA

 

El Acuerdo de Asociación Estratégica entre el Mercosur y la Unión Europea es un hecho histórico y trascendente. Si bien es un punto de partida, que requiere aprobaciones parlamentarias en los países, y seguramente más negociaciones, es, sobre todo, un rumbo y un horizonte para Argentina, que hace décadas carece de una estrategia país.

 

El acuerdo puede ser un ordenador exógeno de la política económica argentina. Si bien apunta al largo plazo, con resultados que serán visibles a más de diez años por lo menos, en el corto plazo impondrá cambios en materia de políticas tributarias, de gasto público, monetarias, laborales y comerciales. Porque, lo más relevante, volverá a poner al sistema productivo en el centro de la economía y la sociedad argentina.

 

La competitividad genuina se apoya en cuatro bases: estabilidad macroeconómica, políticas microeconómicas, infraestructura y, finalmente, inserción internacional y comercio.

 

El acuerdo viene a resolver, para el mediano y largo plazos, la cuestión de la inserción internacional y el comercio. Porque el Mercosur ha sido el bloque más proteccionista del mundo, con tratados de librecomercio que se cuentan con los dedos de una mano, y un proteccionismo notable en sus dos mayores economías, Argentina y Brasil, sobre todo desde los 2000. Con resultados a la vista: recesión, inflación, baja presencia global, y poca competitividad empresaria en conjunto. Y, sobre todo, aislamiento de un mundo global donde el cambio tecnológico y la integración son las claves del desarrollo económico y social. Una inserción con la UE implica metas productivas con competitividad, que, si se van cumpliendo, además, permitirán que esa producción se instale después en otros mercados globales.

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Y esta mayor inserción internacional, permitirá centrar la cuestión económica argentina en torno a lo productivo, y no en torno a las políticas monetarias, fiscales y de ingresos, como ocurre desde hace veinte años. Donde se cobran cada vez más impuestos para mantener un nivel de gasto público distribucionista, sin crear valor productivo adicional, con el resultado de la informalidad laboral y la pobreza estructural.

 

Porque al abrirse mercados, sí valdrán la pena tanto la nueva inversión extranjera directa, como el retorno de argendólales al circuito de la producción. Se solucionaría un clásico problema de muchas cadenas de valor nacionales: “se produce poco de mucho”, es decir, se produce una gran variedad de bienes y servicios, pero la escala productiva es reducida, y los volúmenes no generan economías de escala a nivel de productor individual y de ramas productivas, y no se puede competir con el mundo.

 

Esto hará que la necesaria reducción de impuestos y la urgente baja del costo laboral sean parte de la solución, y no meramente fines fiscales. Y que en el mercado laboral, crecientemente, el empleo formal sean más negocio que el empleo y la producción informal.

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Si bien es cierto que una de las deudas de la gestión actual es la estabilidad macroeconómica, es cierto también que en infraestructura se ha avanzado como no se lo realizaba desde el quinquenio 1990-1995. Y las bases de una reducción del alto costo argentino en transporte están encaminadas. Porque ya se sabe el absurdo de que el costo del flete de la soja desde el NOA hasta Rosario sea más caro que el transporte de la soja a otros continentes. Pero las inversiones realizadas y las en curso van abriendo caminos. Y ahora, la perspectiva que abre un acuerdo con la Unión Europea, irá despejando muchos de estos interrogantes.

 

Será momento que en el país, aquel desgastado debate campo-industria, o, mejor dicho, el debate entre estrategias de integración al mundo versus el autarquismo nacionalista, dé paso al pragmatismo, a la simplicidad de análisis, a entender qué hacen los países del mundo para progresar.

 

El acuerdo no sólo es comercio de bienes, sino que es de un alcance amplio, abarcando los ejes del desarrollo productivo del Siglo XXI: producción y comercio de servicios, empresas públicas y compras gubernamentales, patentes e indicación geográfica, sustentabilidad ambiental y rol de las pymes. Es decir, elementos decisivos de un proyecto país. Eso que hace décadas nos hace falta.

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