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¿Cómo lograr una Argentina más justa?

1 de julio, 2019

Argentina justa

 Por Mariano Tommasi (*)

 

Desde que el Indec volvió a proveer números de alguna relevancia, cada vez que se publica el nuevo índice de pobreza, la voluble sociedad argentina parece acordarse de los pobres. El tema también suele aparecer, más como invocación general y cruce de acusaciones que como discusión seria, alrededor de las campañas políticas.

 

El revuelo de noticias periodísticas y de acusaciones políticas suele centrarse en el número mágico, que hace referencia a las personas que oscilan a veces por arriba y a veces por debajo de la línea de pobreza por ingresos en función de la macroeconomía de corto plazo y la actualización de algunas transferencias sociales.  Esas personas oscilantemente pobres claramente requieren de nuestra atención y de medidas que traten de impedir esas caídas y de apoyarlos en ese contexto.  Pero esa es sólo la punta del iceberg de la pobreza en Argentina.

 

La pobreza estructural es aquella que trasciende al ciclo económico. La forman las personas que son pobres aún en las fases expansivas de la economía. Incluye al 20% de los niños y jóvenes argentinos que padecen déficit habitacional y hacinamiento, al 23% que comparte colchón y al más de 40% que vive sin condiciones de saneamiento adecuadas y con otros déficits medioambientales (Observatorio de la Deuda Social: UCA, 2018).

 

En los preocupantes mecanismos de transmisión de la pobreza y la desigualdad está la clave del problema, pero también la posible estrategia de transformación de la sociedad a futuro.  Argentina necesita un shock de capital humano centrado en los niños y jóvenes vulnerables.

 

En parte por dinámicas de la economía y del mercado de trabajo, y en parte por lógicas propias de la reproducción intergeneracional de la pobreza, tenemos hoy en Argentina muchísimos niños y jóvenes que nacen y crecen en contextos de gran marginación.  La fragmentación y la marginación social han crecido en las últimas décadas.

 

Los niños que nacen en contextos de mayor pobreza padecen privaciones desde el instante de su concepción.  Las jóvenes embarazadas en contextos vulnerables enfrentan situaciones ambientales y de vida más estresantes y traumáticas que sus pares de condiciones socioeconómicas más favorables, realizan menos controles durante el embarazo, tienen peor alimentación y peores hábitos de salud, y en muchos casos reciben menos apoyo de sus parejas que las embarazadas de clase media.  El porcentaje de niños con bajo peso al nacer es mucho más alto en los segmentos más pobres.

 

Estas diferencias, ya presentes el día del nacimiento, no hacen sino incrementarse a través del tiempo. Un símbolo fuerte de estas diferencias radica, paradójicamente, en la propia celebración de la vida: el 25% de los chicos nacidos en los sectores más pobres de la sociedad no habían celebrado su cumpleaños en 2015, porcentaje que es cinco veces superior al de los chicos nacidos en hogares con más recursos (Amadeo, E.: La Familia Líquida, 2019).

 

Los niños pobres en nuestro país asisten a peores escuelas –cuando asisten–, se enferman con mayor frecuencia, cuando se enferman es menos probable que reciban atención médica, y cuando la reciben, es de peor calidad que la de niños en entornos más favorecidos. Otras dimensiones de su vida que tienden a perpetuar la transmisión intergeneracional de la pobreza son el alto riesgo de las adolescentes de quedar embarazadas, la fuerte deserción en la escuela secundaria y consecuente dificultad de conseguir un primer empleo, y la mucho mayor probabilidad de cometer un delito que un joven en un hogar de mayores ingresos.

 

A diferencia de otros países, incluso de la región, Argentina no ha sido capaz de desarrollar bases de datos longitudinales que permitan estudiar estas cuestiones con la debida profundidad. Esto no resulta sorprendente si hasta hace poco ni medíamos adecuadamente la inflación o la pobreza por ingresos, pero tiene efectos muy graves sobre la posibilidad de diseñar las políticas públicas necesarias para intentar revertir estas complejas situaciones. Para colaborar en llenar este vacío y para estudiar las mejores formas de intervenir sobre esta difícil realidad y los efectos de las distintas políticas, en la Universidad de San Andrés hemos creado un centro de estudios interdisciplinario sobre el desarrollo humano.

 

Un valioso esfuerzo reciente de investigadores asociados al Cedlas en la Universidad Nacional de La Plata nos acerca algunos números con respecto a la transmisión intergeneracional de la desigualdad. La probabilidad de que un joven termine el secundario es de 84% si sus padres terminaron el secundario y sólo de 38% si sus padres no lo terminaron. Y si el lector alguna vez pisó una escuela pública del conurbano bonaerense sabrá que la calidad de la educación recibida aún por ese 38% que pudo completar sus estudios es, a pesar de los esfuerzos heroicos de muchos maestros y directivos, muy inferior a la necesaria para enfrentar el complejo mundo laboral del futuro.

 

Argentina tiene hoy el nivel de gasto social más alto de América Latina, incluso un poco más alto que el de los países de la OCDE y, a pesar de ese gran esfuerzo fiscal, no hemos sido capaces de transformar la realidad de la pobreza estructural

 

En estos preocupantes mecanismos de transmisión de la pobreza y la desigualdad está la clave del problema, pero también la clave de una posible estrategia de transformación de la sociedad argentina a futuro.  Si logramos hacer algo para transformar la realidad de las generaciones más jóvenes de argentinos excluidos estaremos transformando también la realidad de sus futuros hijos y nietos. Como dije en una entrevista en este medio hace algunos meses, Argentina necesita un shock de capital humano centrado en los niños y jóvenes vulnerables.

 

Un conjunto importante de investigaciones de múltiples disciplinas, bien condensadas y desarrolladas por el Premio Nobel de Economía del año 2000 James Heckman (a quien tuve la suerte de tener de profesor durante mi doctorado) señala que, dada la dinámica de acumulación de habilidades y patrones biológicos de desarrollo, cuanto antes se invierte en aumentar y equiparar habilidades, mayores las probabilidades de desarrollo humano y movilidad social.  Las dos ventanas más importantes para la intervención en el desarrollo de habilidades tanto cognitivas como socioemocionales, son la primera infancia y la adolescencia.  Esto resulta particularmente urgente en al caso argentino hoy, dado que estamos atravesando el llamado “bono demográfico”, la etapa en la cual el número de personas dependientes (niños y ancianos) es bajo en relación a las personas en edad laboral, y en el cual habría que capitalizar a las generaciones futuras de trabajadores para que tengan la productividad suficiente para sostener el mayor número de ancianos en el futuro.

 

Desde que el Indec volvió a proveer números de alguna relevancia, cada vez que se publica el nuevo índice de pobreza, la voluble sociedad argentina parece acordarse de los pobres

 

Argentina tiene hoy el nivel de gasto social más alto de América Latina, incluso un poco más alto que el de los países de la OCDE. A pesar de este gran esfuerzo fiscal no hemos sido capaces de transformar la realidad de la pobreza estructural. Hacerlo requerirá de valientes reasignaciones presupuestarias, así como de gran inteligencia y foco en las intervenciones sociales para acompañar el desarrollo de las generaciones futuras. El porcentaje de niños que son pobres hoy en la Argentina es más de cinco veces el porcentaje de adultos mayores que son pobres.  Esto es en parte porque la esperanza de vida de los pobres es menor, y también por dinámicas de mayor pobreza en cohortes más jóvenes. No caben dudas que reasignar gasto social dedicado a adultos mayores hacia niños en contextos vulnerables mejoraría la equidad, y también aumentaría la sustentabilidad de las jubilaciones futuras.

 

Algo semejante sucede en términos educativos. Reasignar presupuesto desde la educación universitaria hacia los jardines de infantes y centros de cuidado infantil donde deberían asistir los chicos pobres sería positivo tanto desde el punto de vista de la eficiencia como de la equidad.

 

(*) Director del Centro de Estudios para el Desarrollo Humano de la Universidad de San Andrés

 

 

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