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Argentina y la encrucijada de Los Pumas de 2003

10 de julio, 2019

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Por Agustín Lapietra Politólogo

 

Para entender el gran momento que vive el rugby argentino hay que retrotraerse doce años, cuando Los Pumas finalizaron terceros en el Mundial de Francia 2007, y en el ambiente de la ovalada quedó flotando un interrogante. ¿Cómo hacemos para que esto no parezca sólo en una hazaña? La respuesta era simple: para mantenerse en la élite, había que enfrentarse con los mejores con asiduidad. No alcanzaba con verse las caras con un par de selecciones poderosas en las ventanas de junio y noviembre. La implementación era el asunto complejo.

 

Con Agustín Pichot a la cabeza, la dirigencia de la UAR comenzó a avanzar como un scrum sólido: con paciencia y determinación. El primer try llegó con la incorporación de Los Pumas al Tres Naciones, una competencia anual en la que participaban los mejores equipos del mundo: Nueva Zelanda, Sudáfrica y Australia. El debut en 2012, como era de esperarse, no fue el mejor: perdieron cinco partidos y rescataron un empate con Sudáfrica. Tras perder sus seis encuentros de 2013, el seleccionado argentino recién logró su primer triunfo al año siguiente, ante los Wallabies. En 2015, Los Pumas ratificaron su curva ascendente y volvieron a llegar a semifinales del Mundial.

 

Pero el hambre de competencia no estaba saciado. En 2016, la UAR comprometió gran parte de su presupuesto para crear la franquicia Jaguares y empezó a disputar el certamen de clubes más importante del Hemisferio Sur: el Super Rugby. Esto implicó la profesionalización de jugadores, la retención de talentos que emigraban a las ligas europeas y la renegociación de contratos de TV y sponsoreo.

 

Los dos primeros años las derrotas se contabilizaron más que las victorias, pero en 2018 lograron avanzar a cuartos de final. El subcampeonato de 2019 es el resultado de un proyecto encarado con profesionalismo y constancia. En septiembre, Los Pumas debutarán en el Mundial de Japón y estarán con armas más sólidas para seguir afianzándose en la élite de este deporte.

 

Planteando la más dispar de las analogías, imaginemos que la industria argentina son Los Pumas en 2003, un equipo que quedó afuera del mundial en primera ronda. Es un plantel integrado por empresas tradicionales, que pisan fuerte en el mercado y cotizan en Wall Street, por pymes que a puro empuje logran mantenerse activas y exportar a ciertos mercados y, además, por emprendedores con ideas brillantes que naufragan en un mar de dudas por arriesgar su capital en este río revuelto que es la economía nacional.

 

El staff técnico, capitaneado por Mauricio Macri, cuenta con el asesoramiento cuestionable del FMI, que por un lado le presta dólares para mantener el seleccionado a flote, pero por otro le ordena que recorte al plantel. Con el desprestigio que acarrean cuatro años de malos resultados en lo económico, la dirección técnica ve amenazada su permanencia en manos de un conocido staff comandado por una Cristina que no quiere que figure su nombre en la alineación inicial, pero que tampoco va a permitir que le metan mano al armado del equipo.

 

Sin embargo, pese a lo expuesto, hay una oportunidad para emular a la UAR y lanzarse a la competencia en pos de fortalecer a este alicaído equipo: la firma del tratado de librecomercio entre el Mercosur y la Unión Europea. Ya escuchamos a parte de la conducción anterior decir que este tratado es una tragedia para el país, y es que la ex coach gustaba de meter cambios de rumbo de 180°. Así, pasaba de sacarse una foto con el expresidente francés François Hollande, con la esperanza de lograr un acuerdo entre ambos bloques, a afirmar que el país no iba a importar ni un solo clavo con tal de defender la industria nacional.

 

La diplomacia argentina ya cumplió una gran parte al lograr que el acuerdo traccione y ahora es el Estado en su conjunto el que debe dar el marco necesario para preparar un equipo competitivo que esté a la altura del tratado. Esto es, creando políticas públicas que permitan a las empresas la generación de empleo de calidad, otorgando seguridad jurídica y reformando el sistema tributario. A su vez, es necesario que la dirigencia política se encolumne detrás de este proyecto y lo tome como una política de Estado de largo plazo.

 

La generación de acuerdos le permitirá al país tener más capacidad de maniobra ante shocks externos. Contar con socios comerciales hegemónicos como Estados Unidos (que en varios sectores compite con nuestros productos), China (que compra, pero impone condiciones férreas) o Brasil (un aliado con el que nos miramos con recelo) es una limitación que nos arrima al abismo. Cerrar la economía, directamente nos arroja al vacío.

 

Las importaciones pueden afectar a la industria local, y por ello es necesario que el Estado acompañe la transición de una manera responsable y les dé a las empresas las herramientas para cumplir los estándares de calidad necesarios para competir. Otro punto que hay que aceptar es que, en este juego mundial, por ahora la mano que sostiene el piolín depende del desempeño de las commodities, y la industria es el barrilete a merced de los vientos económicos.

 

Huelga destacar que cuando se habla de industria no se refiere solo a la metalúrgica, siderurgia, petroquímica o textil, sino que ingresan también las creativas (música, editorial, audiovisuales, diseño) y las de servicios basados en conocimiento (tecnología intensiva y capital humano con alta especialización) que en Argentina vienen creciendo a ritmo sostenido y generan empleo de calidad y exportaciones en el mercado latinoamericano.

 

En definitiva, el acuerdo Mercosur-Unión Europea es una nueva oportunidad para mostrar qué país queremos ser, y qué imagen vamos a proyectar. Podemos seguir afianzándonos como una de las economías más cerradas del mundo, protegiendo una industria débil y rezándole a la lluvia para que las cosechas sean buenas. O, emulando el ejemplo del rugby argentino, podemos tomar la oportunidad de relacionarnos, complementarnos con otras economías y competir para transformar la matriz productiva.

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