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Robinson y sus paraguas


11 de junio, 2019

robinson economía


Por Víctor Peirone Doctor en Economía (UBA)

 

La economía argentina terminará el 2019 como una de las pocas de la región con un desempeño macroeconómico pobre. Siendo las condiciones internacionales similares para el vecindario la explicación a tamaño infortunio debe buscarse dentro de esta isla, entre los Robinsons que la habitan. Sin embargo, la inmunidad del archipiélago no pasa desapercibida e interpela. Después de la crisis de deuda a fines de los ‘80 y de los remesones de fines del siglo pasado, muy pocas naciones latinoamericanas se han visto envueltas en episodios recurrentes de turbulencias financieras. La mayoría de los países ha logrado inmunizarse frente a los shocks externos derivados de la suba (o la baja) de los precios de las materias primas y/o la tasa de interés internacional.

 

En ese sentido, salvo algunas excepciones, las naciones latinoamericanas crecen controlando el flagelo inflacionario y han mantenido tipos de cambio flotantes. Estas mejoras han derivado en la profundización de los sistemas financieros nacionales y en una importante reducción del diferencial de tasas entre los activos en moneda doméstica y en dólares. Esta última variable marca la confianza de los inversores en la evolución del tipo de cambio real y en la capacidad de las autoridades monetarias de moderar los shocks adversos sobre sus economías. Una brecha desmedida entre los rendimientos de los activos en moneda doméstica y en dólares diluye el poder de fuego de los bancos centrales.

 

Por otra parte, una gran mayoría de las autoridades monetarias latinoamericanas ha acumulado reservas internacionales muy por encima de los niveles críticos recomendables. Las mismas son el último paraguas para defenderse de eventuales tormentas. Los regímenes de flotación cambiaria restringen al máximo su uso. Al no fijar ningún valor de sus monedas garantizan en cierta medida que no faltarán divisas. La opción de recurrir al auxilio de instituciones financieras internacionales como proveedoras de liquidez de última instancia ha sido muy poco usual en el vecindario en el siglo que transcurre. Algunos paraguas prestados resultaron ser demasiado caros.

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En el caso argentino, pocas restricciones han operado tan claramente sobre la economía como la falta de divisas para crecer y pagar deudas. Los estrangulamientos comerciales o los “sudden stops” financieros, son parte del folklore nacional. Los mismos han expuesto al país a innumerables episodios. Cada nuevo evento es una muestra ineludible de la incapacidad como sociedad de concebir instituciones con un manejo razonable de los riesgos derivados de su inserción internacional. Crecer sin pagar deudas tiene el mismo sin sentido que pagar deudas sin crecer. No hay mayor garantía de solvencia para una economía que su capacidad de producir, exportar y generar empleo.

 

Cuando las reservas se agotan, cualquier solución ortodoxa o heterodoxa propuesta, siempre deriva en el agravamiento de la situación inicial. Por un lado, recrear confianza para volver a los mercados de deuda a través de un ajuste fiscal deprime al máximo los componentes de la demanda agregada. Por el otro, restablecer controles de cambio y renegociar la deuda estimula la fuga de capitales y aumenta el riesgo país. El análisis de las ventajas y desventajas entre el ajuste fiscal ortodoxo y el castigo de mercado por prácticas heterodoxas requiere de consensos sociales y políticos amplios. La ausencia de paraguas acentúa las disputas entre los Robinsons.

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De cara al futuro los habitantes de la isla deben plantearse al menos dos debates. El primero, sobre cómo inmunizar la isla frente a nuevas tormentas. La única forma de evitar el impacto de nuevas tormentas es aumentando las cantidades exportadas por todas las regiones del país. Cuanto mayor volumen y diversificación de producción se logre menor será el impacto frente a entornos desfavorables. Esto sólo es posible con el incremento de la inversión productiva y el desarrollo tecnológico. Las exportaciones no han mostrado una mejora sustancial pese al feroz incremento del tipo de cambio nominal. Las mismas no han logrado despegar desde 2011. Solucionar este problema no depende sólo de un tipo de cambio competitivo, deben considerarse políticas específicas que atiendan las heterogeneidades productividades, la estructura impositiva y los costos logísticos-energéticos-financieros de las economías regionales.

 

El segundo, sobre la forma de estructurar consensos políticos básicos para manejar la transición de la tormenta a la normalidad. Las consecuencias sociales no han sido menores. El aumento de la pobreza es a costa de la declinación de la clase media. El consenso debería considerar el diseño institucional de la interacción comercial y financiera con el mundo. El aislamiento o la apertura indiscriminada no son alternativas factibles en un mundo de avances tecnológicos vertiginosos. El manejo de los riesgos de la internacionalización de una economía no puede dejarse en manos de un grupo acotado de elegidos. Los postergados, los jóvenes sin trabajo y las generaciones venideras agradecerán a Robinson por cuidar mejor sus paraguas.

 

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