Estancados y desiguales

11 de junio, 2019

Casa Rosada gestión desiguales

Por Jorge Paz 

 

El nuevo informe de Desarrollo Humano que aparecerá en el último trimestre de 2019, tendrá como foco la desigualdad. Además, desde un tiempo a hoy, han aparecido varios libros dedicados a esta cuestión y escritos por autores muy prestigiosos, como Tony Atkinson, Branko Milanovik, Francois Bourguignon Joseph Stiglitz, Amartya Sen, Francois Dubet y Angus Deaton, entre otros. Esto muestra que se trata de un problema que preocupa al mundo. Sin embargo, lo que aún muchas personas no se detienen a pensar es por qué preocupa. Qué es lo que hace de la desigualdad un “tópico”.

 

No son pocos los que sostienen que la desigualdad es un elemento que promueve el crecimiento económico. Que la desigualdad es “buena” para la salud de las economías. De hecho, no hay sociedad en el mundo en el que toda la población reciba un tratamiento igualitario ya sea en ingresos, en riquezas o en otros activos, tales como la salud y la educación. Centrando la atención sólo en los ingresos esta postura sostiene algo que es intuitivamente lógico. ¿Para qué esforzarme si la recompensa de hacerlo es la misma que la de no hacerlo? Dicho de otra manera, la posibilidad de tener más dinero, impulsa a las personas a esforzarse más y con ello promueve no sólo su propio bienestar sino el de la sociedad toda.

 

Por otra parte, están quienes afirman que, superado ciertos límites, la desigualdad se vuelve en contra del crecimiento económico. Crea un ambiente social hostil y tenso, aumenta la violencia y desestabiliza las instituciones, creando un ambiente de incertidumbre y zozobra que socava los cimientos en los que se apoyan las decisiones de inversionistas. Es decir, el problema no está en la desigualdad en sí, sino en el nivel que alcanza y en la velocidad a la que aumenta.

 

 

Con algunas variantes, ese principio que es válido para los ingresos de la población, sería aplicable a otro tipo de activos. Así, no está mal que sólo obtengan diplomas aquellos que se esfuerzan estudiando y que logren completar su escolaridad. Pero si en una sociedad solamente un grupo minúsculo de personas puede acceder y permanecer en las instituciones educativa, algo no muy bueno está pasando y debería ser analizado y corregido. Los mismo: está bien que los más precavidos con la alimentación y el ejercicio físico tengan más salud, pero si sólo un grupo menor de personas logran completar una vida larga y saludable y la mayoría muere por causas evitables y en un pésimo estado de salud, la situación requiere la atención de la sociedad.

 

En suma, hay desigualdades que pueden ser aceptadas y hasta pueden ser favorables para el crecimiento económico y el desarrollo social. Pero existe otro tipo de desigualdad que termina perjudicando las posibilidades de progreso y que debe ser tratada y eliminada. Esto no es lo que sucede con la pobreza, una pariente cercana de la desigualdad. La pobreza es inadmisible bajo cualquier escenario y la única tasa aceptable de pobreza es la pobreza cero.

 

La situación de Argentina

 

Tomando el ingreso como variable clave, América Latina es una de las regiones más desiguales del mundo. La Argentina en este contexto, aparece como un país con desigualdad comparativamente baja, muy cerca de Uruguay. Ciertamente las asimetrías existen, son muy profundas, pero no son altas dentro de la Región en la cual Brasil sigue en la punta, acompañado por Colombia, Paraguay y Panamá.

 

Pero la evolución de la desigualdad en el país siguió un derrotero particular. Registró niveles muy altos en las crisis más profundas, tuvo un descenso marcado entre 2002 y 2015 para luego retomar su camino ascendente (Gráfico 1). Se ve con claridad que el coeficiente de Gini comienza a ascender antes de los grandes colapsos económicos y sociales que tuvo el país, como la crisis de hiperinflación de 1989 y la de Convertibilidad de 2001-02. Ciertamente hay ascensos transitorios como turbulencias transitorias que afectan el valor del indicador, pero llama la atención el carácter estructural de la evolución temporal, marcando grandes hitos económicos y sociales vividos por el país.

 

Un estudio reciente realizado por el Banco Mundial destaca las asimetrías regionales en el ingreso per cápita como un rasgo estructural sobresaliente del país. De hecho, el ingreso familiar per cápita de Ciudad de Buenos Aires, el más alto del país según la última Encuesta Permanente de Hogares, supera en 2,7 veces del de Santiago del Estero, una brecha poco común, si se compara con las diferencias encontradas entre regiones, comunas o distritos de otros países. No obstante, en términos de desigualdad no ocurre esto. El porcentaje mayor de desigualdad está explicado por la diferencia de ingresos dentro de los aglomerados urbanos y no entre ellos.

 

Más allá del ingreso

 

La preocupación por la desigualdad trasciende la dimensión de los ingresos y se extiende a otros activos, como la propiedad del suelo, la educación, la salud, entre tantos otros. En todos estos casos es necesario diferenciar entre la desigualdad de acceso y la desigualdad de calidad del acceso. Sólo como ejemplo se menciona el caso de la educación. Si se considera la tasa de asistencia a la educación primaria entre niñas y niños entre 6 y 12 años se encuentra un valor muy elevado, cercano al 100%; esto es, la casi totalidad de estas niñas y niños están en la escuela y la tasa no arroja brecha por nivel socio-económico, ni por residencia.

 

Pero si el acento se pone no en el acceso sino en la calidad del acceso, se manifiestan con crudeza las asimetrías. Las pruebas Aprender que se realizan en el país muestran claras diferencias socioeconómicas y residenciales en los puntajes obtenidos por niñas y niños en Matemática y Lengua. Como puede verse en el gráfico 2, en la ciudad de Buenos Aires, la jurisdicción más desarrollada del país, tiene diferencias asombrosas de resultados satisfactorios en las pruebas de Matemática según la Comuna en la que está situada la escuela.

 

Esto es una advertencia clave para los responsables de diseñar y aplicar políticas públicas. Las desigualdades en estos activos tienen consecuencias de largo plazo. Se transmiten de generación en generación y se transforman en desigualdades sociales y económicas futuras, como puedo verse en los perfiles estructurales de los ingresos familiares. Estos reflejan las diferencias de largo plazo y las coyunturales que tienen que ver con los problemas macroeconómicos que los hogares deben resolver todos los días.

 

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