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Estabilización versus cambio estructural


6 de junio, 2019

Por Jorge Bertolino Economista

 

El título de esta nota reproduce textualmente el de un paper de Carlos Rodríguez (1988). En él se describe la existencia de un modo de organización de la economía argentina al que se denomina “economía de reparto”, en oposición al conocido concepto de economía de mercado.

 

Citaremos en varias oportunidades este trabajo y también a otros importantes autores, a fin de otorgarle mayor entidad al argumento principal que pretendemos establecer:  el Gobierno del presidente Mauricio Macri intentó, con poco éxito,  introducir cambios dentro de un sistema imposible de reformar secuencial y progresivamente.  La única solución eficiente y socialmente progresista consiste en eliminar de raíz este modelo, reemplazándolo por otro totalmente diferente que caracterizaremos en una sección posterior.

 

La economía de reparto

 

Según Rodríguez, los problemas económicos argentinos no se deben al mal manejo de un limitado número de variables de control macroeconómico, sino a la estructura básica del sistema. A pesar de prevalecer el concepto de propiedad privada de los medios de producción, elemento básico para el funcionamiento de la economía de mercado, el Estado ha asumido un rol protagónico en la asignación de los recursos.

 

Hace años, Martín Schwab y Etchebarne acuñó el término “socialismo sin plan y capitalismo sin mercado”, frase que luego popularizara Domingo Cavallo, para definir a esta rara e híbrida combinación. El ingeniero Alvaro Alsogaray llamaba a este sistema “modelo dirigista, estatista e intervencionista inflacionario”.

 

El Estado interviene en el proceso de asignación de recursos sin una regla determinada. Los mecanismos del mercado son reemplazados por una maraña regulatoria, que surge de la acumulación del otorgamiento de rentas por parte de los funcionarios encargados de implementar y controlar las regulaciones. La inexistencia de reglas específicas convierte al poder regulatorio del Estado en una poderosa herramienta de generación de rentas. En este sistema, es natural y más rentable, desde el punto de vista individual, invertir recursos en obtener un privilegio del Estado, que buscar satisfacer las necesidades del consumidor mediante productos y servicios de mejor calidad y/o más bajo precio.

 

Aunque lo intentara, este comportamiento caótico de los agentes estatales no podría ser exitoso en cuanto a favorecer el interés general y conducir a la economía en dirección a un óptimo social. En palabras de Adam Smith, sería sinónimo de presunción e idiotez, que un individuo se arrogara la capacidad de dirigir los negocios privados de las personas de manera más efectiva que ellos mismos. Hayek, por su parte, denomina al sostén de este comportamiento como “fatal arrogancia”. Multitud de citas de este tipo nos conducen a la idea de que no hay nada mejor que la libertad de mercados para que los individuos, “actuando en su propio interés y como si estuvieran  guiados por una mano invisible” conduzcan, sin proponérselo, al mayor bienestar de la sociedad.

 

Según Rodríguez, para un regulador en mucho más fácil dar mucho a pocos, quitando un poco a muchos. De esta manera, la distribución del ingreso mediante las rentas que genera la regulación estatal se convierte en el sustituto del mercado en la asignación de recursos.

 

El Estado no sólo distribuye las rentas existentes sino que genera continuamente otras nuevas a través de las más variadas regulaciones. Lo particular del sistema de economía de reparto, es la inestabilidad de la regla distributiva. El Estado, no solo determina la distribución del ingreso sino que la modifica permanentemente y de manera no fácilmente previsible.

 

Es así que los ganadores de hoy pueden ser los perdedores de mañana. La lucha política se circunscribe a la disputa por este poder regulatorio.

 

Los favores que otorgan los sucesivos gobiernos que se hacen del poder se van acumulando, ya que el costo político de retrotraer lo otorgado suele ser elevado.

 

La queja por la prebenda que se pretende quitar suele ser vocinglera y la actitud de los perjudicados, que son la inmensa mayoría de la gente que vive de un ingreso fijo, como los trabajadores y los jubilados, suele ser silenciosa y resignada.

 

Para agravar aún más la situación, la suma de los privilegios que reparte el Estado, excede habitualmente el total disponible, generándose ciclos distribucionistas e inflacionarios, en los que nadie está seguro de poder mantener los privilegios adquiridos.

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Anne Krueger denomina “sociedad buscadora de rentas” a la que resulta del comportamiento oportunista del individuo, que responde a los malos incentivos que este perverso sistema genera. El público percibe el comportamiento empresarial en la búsqueda de privilegios. Se siente defraudado por no recibir el mismo trato y como consecuencia de ello, tiene una pésima opinión sobre el mundo de los negocios. Quizás sea esta una adecuada explicación de porqué una buena parte de la sociedad aún comparte el viejo lema “combatiendo al capital”.

 

Rodríguez ubica justamente el nacimiento del sistema económico de reparto en la década del cuarenta, con la estatización de teléfonos, ferrocarriles, transporte vial, fluvial y aéreo, bancos, comercio exterior, etc. La introducción de todo tipo de medidas regulatorias de la actividad económica cierra el círculo, generando rentas que luego serán distribuidas por los funcionarios gubernamentales. Siguiendo con su argumentación, opina que el peronismo no estatizó la economía sobre la base de ningún argumento teórico, sino porque quería el poder político que otorga ser el árbitro de los privilegios.

 

Esto perjudica al grueso de la población, pero como los votantes no entienden las reglas de funcionamiento del sistema económico, no reclaman de los políticos que hagan lo correcto.

 

Según esta interpretación, es a los votantes, más que a los políticos a los que hay que enseñarles Economía.

 

Según Mancur Olson, con ciudadanos perfectamente informados, los funcionarios públicos no podrían otorgar privilegios a los grupos de interés en perjuicio del interés general, ya que el electorado sabría que sus intereses están siendo infielmente representados, y no renovaría su apoyo en las siguientes elecciones a quien ha traicionado su mandato.

 

Este es el motivo principal por el cual muchos autores fustigan el comportamiento de los regímenes autoritarios, que con su lema “alpargatas si, libros no”, parecen distanciarse de la importante tarea de “educar al soberano”.

 

El punto de partida del que habla Rodríguez, es aceptado casi unánimemente en el sector de opinión que comparte esta interpretación de la historia económica argentina. No obstante, es justo destacar que luego de la Revolución Libertadora, la junta militar presidida por el teniente general Aramburu, se inclinó, por consejo de un grupo de ministros encabezados por el doctor Raúl Prebisch, por rescatar muchos de los aspectos de la organización económica del peronismo, que “no siendo mayormente objetables y habiendo recibido el apoyo de grandes sectores de la población, convenía mantenerlos”.

 

Como recuerda Rosendo Fraga, en una nota muy reciente, en los últimos setenta años, el peronismo gobernó solamente el 50 % del tiempo. El resto se reparte por mitades entre militares y partidos políticos distintos del peronismo. La continuidad de este régimen económico responde, según Fraga a las contradicciones y ambigüedades de la sociedad argentina. Es como si dijera que el peronismo no nació de un repollo sino de la misma sociedad que en parte lo venera y en parte lo odia sin pudor.

 

Santiago Kovadloff sugiere que el sostenimiento del régimen económico obedece a rasgos muy profundos de la sociedad argentina, y que sus principales subproductos, el populismo y la inflación, narcotizan a la sociedad, que demanda inconscientemente dosis cada vez mayores de las mismas.

 

Pablo Rossi (2015) describe al sostenimiento del sistema económico actual como una tara colectiva, cuya erradicación requiere un cambio de cultura y de régimen, cuyo primer paso es el cambio de gobierno. Se refiere al gobierno de Cristina Kirchner, puesto que su ensayo abarca principalmente los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner.

 

Estabilización versus cambio estructural

 

Según Rodríguez, los planes de estabilización fracasan porque en lugar de atacar el problema fundamental que es la existencia de un Estado creador y repartidor de rentas, lo que hacen es tratar de adecuar la suma de los reclamos a las posibilidades del momento. Es decir, se cambia la distribución de los privilegios, pero siempre operando dentro del mismo sistema. Los gobiernos y las circunstancias cambian y rápidamente los reclamos vuelven a exceder los recursos, con lo cual se inicia un nuevo ciclo de reparto. Para recuperar la capacidad de crecimiento, único modo conocido de mejorar el bienestar de la población, es menester abandonar el sistema de reparto, reemplazándolo por el sistema de mercado que rige en los países más exitosos del planeta.

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El cambio de sistema requiere la eliminación y/o la modernización de todos los regímenes que generan sobrecostos a los sectores productivos, para que puedan competir exitosamente en una economía abierta al mundo, ya que es esta la única manera de generar empleo para todos y aspirar a un paulatino mejoramiento del poder adquisitivo de los salarios y las jubilaciones. Producir para un mercado tan pequeño e insignificante como el nuestro generaría tan poco empleo productivo que en ausencia del Estado empleador, nos condenaría a “vivir con lo nuestro”, dejando en la pobreza y el desempleo a millones de compatriotas.

 

Es necesario pues, dar un salto de fe y abrir inteligentemente la economía a la competencia internacional, previa realización de las reformas estructurales que doten de competitividad al sector generador de riqueza. El listado es conocido: reforma administrativa del sector público, reforma laboral, reforma previsional, reforma y simplificación del sistema impositivo son las más importantes.

 

Las discusión entre gradualismo y terapia de shock en la aplicación de políticas reformistas del sistema económico imperante nos parece inadecuada y poco ambiciosa. La velocidad de las modificaciones dentro del mismo modelo no debería arrojar diferencias sustanciales en el poco exitoso cambio a favor de la población que es posible lograr.

 

Lo verdaderamente revolucionario, y que nos colocaría en la senda del retorno a los lugares de privilegio del ránking mundial de producción per cápita, que nunca debimos abandonar, es cambiar de raíz el sistema, mediante el lanzamiento simultáneo de todas las reformas citadas anteriormente, juntamente con el inicio de negociaciones para firmar tratados de libre comercio con los bloques más importantes de la economía mundial.

 

El principal error del gobierno del presidente Macri no fue el excesivo gradualismo reformista, sino el abandono de las reformas estructurales que habían ilusionado con un también gradual cambio de régimen. Las mieles de los triunfos electorales adormecieron el afán de cambios y dejaron con las manos vacías a quienes aspirábamos a una economía potente y moderna, a la par de las mejores de nuestro subcontinente. Vamos, en cambio, camino a ser uno de los más pobres del vecindario, destino increíble para una tierra con las riqueza potenciales como la nuestra, que sólo está a la espera de un sistema que las explote y las potencie mediante la aplicación de mecanismos exitosos en otros lares, que solo aquí se discute y no se permite su aplicación, vaya a saber por qué prejuicio o falta de inteligencia social para correr el eje de discusión y cambiar de una buena vez lo que ha demostrado durante décadas que no funciona.

 

Conclusiones

 

A modo de conclusión, no repetiremos como es usual, los conceptos principales de la presente nota, sino que realizaremos una importante recomendación surgida al menos parcialmente del trabajo de Rodríguez que citáramos en varias oportunidades.

 

Ningún cambio estructural de la importancia de los que estamos analizando, dice el autor, podrá realizarse de manera perdurable hasta tanto no se cuente con el convencimiento de la opinión pública de la necesidad del mismo.

 

Agregaríamos, por nuestra parte, que el único modo de empujar el cambio en lugar de sentarse a esperar que ocurra es decir en la campaña electoral, como repite incansablemente José Luis Espert, cuáles son las medidas y los planes que se pondrán en vigencia luego de las próximas elecciones.

 

Si no se actúa de esta manera, cuando se quieran implementar los cambios necesarios e imprescindibles, no habrá apoyo popular a medidas que la gente no votó y por tal motivo no siente suyas.

 

Deberían tomar nota los candidatos con posibilidades de acceder al poder. Si mienten en la campaña tendremos un nuevo período de empantanamiento dentro del sistema de reparto actual y una nueva frustración para la ya sumamente agobiada y desesperanzada población de este país dotado de recursos pero escaso de ideas audaces y verdadero afán de cambio.

 

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