Errar es humano, improvisar es estúpido

11 de junio, 2019

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Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

 

La primera vez que vi un cartelito con la leyenda “Atención. Peligro. Antes de hablar fíjese si el cerebro está enchufado”, fue en una visita circunstancial al despacho del entonces ministro de Hacienda venezolano, Luis Ugueto. Estábamos en 1980 y la clase política del lugar no tenía en su radar indicio alguno de la gestación del fenómeno chavista. Hoy el irónico y sabio consejo ministerial cobra enorme actualidad. El planeta está anegado de líderes y equipos con cabellos de tono multicolor que llegan o retienen el poder diciendo o haciendo lo primero que les pasa por la cabeza. La improvisación es una de las más temibles criaturas engendradas por los brotes de mercantilismo y populismo del Siglo XXI, cuyas primeras víctimas son las reglas y las piezas más valiosas de las instituciones multilaterales y de los mecanismos de cooperación y consulta global como el G20. Prueba de ello, son los bochornosos episodios de incompetencia protagonizados, en los últimos días, por encumbrados representantes de Brasil, Estados Unidos, México y Argentina.

 

La pasada semana el influyente ministro de Política Económica de Brasil, Pablo Guedes, y su colega argentino, Nicolás Dujovne, resultaron fulminados por una simple y drástica comunicación del presidente del Banco Central del vecino país. En apariencia, a los miembros del diálogo presidencial realizado el jueves en Buenos Aires no les pareció indebido proponer, como si fuera una colorida anécdota, que sería un gran paso coronar los actuales proyectos de ajuste fiscal con una divisa común, el “peso real”, salvo que la audiencia y el periodismo confundiera los términos y estuviesen hablando de un objetivo dietético. El debate sobre la panza de los economistas es un asunto prioritario.

 

La pasada semana el influyente ministro de Política Económica de Brasil, Pablo Guedes, y su colega argentino, Nicolás Dujovne, resultaron fulminados por una simple y drástica comunicación del Presidente del Banco Central del vecino país.

 

Aunque el tema se expandió a velocidad de internet, y fue parte del diálogo presidencial, la noticia no superó los límites del revuelo, perplejidad y atronador silencio de quienes escucharon la idea. El calibre de la pavada siquiera provocó una reacción digna de crédito en los mercados de divisas, títulos o acciones, lo que sugiere que la capacidad oficial de delivery no inspira gran respeto ni genera consecuencias prácticas de verdadero interés. El Brasil de estos días aún no tiene un mensaje claro de política internacional y su gobierno rebobinó muchas de las expresiones de alto voltaje que lanzara antes de llegar al poder. El vicepresidente de la República, un criterioso general retirado, lucha por moderar a la tropa y darle racionalidad a los nexos y las discrepancias de Planalto e Itamaraty con el gobierno chino. Y si bien el país parece haber domado la inflación y no le faltan divisas, su economía sigue vegetando y la popularidad presidencial no excede el 34 %.

 

El peor de los signos originados por estos hechos, es la extrema indiferencia que inspira todo lo relacionado con el Mercosur, el que aún puede cobijar una cuota no despreciable del comercio siempre y cuando el proyecto se maneje con ganas, madurez sin telarañas en el cerebro y algo de conocimiento. Su inserción en el mundo no se facilita con las guerras comerciales de Donald Trump, ni su metodología de patrocinar el caos y el vaciamiento de los atractivos del mercado internacional. Ello no excluye la opción oportunista de aprovechar los espacios, quizás provisorios, que está dejando libre la exportación de los Estados Unidos. Y si bien la disputa estratégica con Huawei es de real importancia, el tratamiento del caso puede hacer trizas la condición de Estados Unidos como abastecedor confiable en un mundo donde imperan las cadenas de valor.

 

La Unión Europea sólo esboza una versión educada de los guiones que nacen en Washington. Para sorpresa de algunos, no de este columnista, volvió a decirle a los muchachos y chicas del Tratado de Asunción, “por ahora no sigue siendo no” (ver mis columnas anteriores). Y con la nueva estructura del Euro Parlamento, no es nada fácil que “él no se convierta en sí” contra lo que dicen los muchachos de Mauricio Macri.

 

No es la primera vez que Guedes y Dujovne se van de boca. En su momento advertí que en Washington se prodigó en anunciar, a destiempo, el proyecto de acuerdo de libre comercio entre su país y Estados Unidos, una apuesta que no halló lugar en la Declaración Presidencial que emitieran entonces Donald Trump y Jair Bolsonaro, diálogo en el que Guedes tuvo un rol influyente.

 

En el caso de Dujovne, es preciso admitir que exhibe un don especial para jugar al golf en la arena, lo que no hace más perdonable el intento de volcar la atención, en esta particular coyuntura, hacia la creación del “peso real”. La historia, los antecedentes del euro, la asimetría de esfuerzos y las necesidades de reforma englobadas en esta propuesta, hacen presumir que esta idea sólo debería originarse como resultado de un enfoque competitivo y virtuoso de carácter general, no tras la injustificable torpeza de volver a ponerle, por enésima vez, precio político al tipo de cambio. De esto Argentina sabe o debería saber mucho más que los expertos del Fondo Monetario Internacional (FMI), con el agravante de que ninguno de los protagonistas aprendió la lección y algunos siguen fumando econometría en el baño, mientras se cocina la próxima implosión o explosión de balanza de pagos.

 

El Banco Central de Brasil no trepidó en dejar a los dos ministros sutilmente retratados contra el piso como hijos de esa improvisación, al enfatizar que la autoridad monopólica en el manejo de la moneda (el real) no había efectuado ningún estudio sobre tal iniciativa. Pero ellos, los ministros, tienen amparo legal. La Ley de Murphy asegura que: “un gran manager es aquel que no necesita conocer los hechos para adoptar una decisión”.

 

Mientras salían rápidamente del interés público las secuelas del precedente mamarracho, en Washington se reunieron varios días, a nivel de Canciller (con alguna participación del vicepresidente Mike Pence), las delegaciones de México y Estados Unidos que intentaron desarmar, con aparente éxito, el nuevo y deliberado tumulto creado por el inefable Donald Trump. De poco vale que al final del proceso el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO), saliera a decir que no era correcto mezclar y cruzar las decisiones migratorias con las de política comercial. Al haber negociado con la espada de Damocles de una creciente sanción arancelaria a las exportaciones mexicanas apuntando a su cabeza, el gobierno de AMLO sentó el mal precedente de doblegarse ante el riesgo de castigo económico que esgrimió el Jefe de la Casa Blanca. Y al haberse comprometido a serenar los flujos de inmigrantes que se internan en su frontera Sur y otras medidas similares bajo amenaza, no bajo negociaciones normales, le está dando pasto a las fieras. Además, en esta negociación su gobierno habría subestimado el papel de ciertas fuerzas endógenas que hoy resisten los métodos del Presidente Trump en la materia.

 

En el último par de semanas, legisladores demócratas y republicanos dieron a entender, de manera inequívoca, que si el habitante de la Oficina Oval aplicaba represalias comerciales a México por supuestas falencias en su régimen migratorio, éstos propiciarían una o varias resoluciones desaprobando tal medida, un enfoque que parece contar con amplio respaldo en los dos partidos que controlan el Congreso de ese país. Al replicar el Presidente desde Londres que en tal caso invocaría la legislación sobre Poderes aplicables en caso de Emergencias Económicas Internacionales, sólo consiguió enfurecerlos aún más, por cuanto sería una medida despojada de fundamento conocido ni atisbos de consulta previa. Entre quienes se pronunciaron en esta dirección figuran el Presidente del Comité de Medio y Fines (Ways and Means Committee) de la Cámara de Representantes y el Presidente del Comité Financiero del Senado, quienes suelen medir bien el humor que prevalece en su ambiente de trabajo.

 

Otro movimiento que está ganando enorme tracción, y preocupa a la Casa Blanca, es el Nuevo Comité Demócrata para la ratificación y aplicación del nuevo NAFTA, conocido en Estados Unidos por la sigla inglesa USMCA. Aunque éste Comité ejerce un apoyo crítico al nuevo texto de Acuerdo Regional, puesto que alberga varias dudas sobre los standards ambientales y laborales del texto suscripto en Buenos Aires, demanda pronta acción para ponerlo en vigencia.

 

Según cálculos iniciales y muy moderados, de aplicarse el primer tramo de las penalidades arancelarias a las importaciones mexicanas del 5%, el asunto le habría costado a la propia economía estadounidense no menos de US$ 17.000 millones.

 

Sería imprudente no grabar estos y otros datos ya consignados en columnas anteriores, cuando tenemos en Washington a un gobierno que lleva 29 meses de reyertas esquizofrénicas y déficit comercial creciente. Al redactarse esta nota, el titular de la Oficina Comercial, embajador Robert Lighthizer, volvió a decir que el mini acuerdo light en ciernes con la Unión Europea sólo puede agravar el déficit de intercambio de los Estados Unidos. Chocolate (made in USA) por la noticia. El funcionario aún tiene poco que decir sobre el futuro de la negociación con Japón de un posible acuerdo de comercio bilateral. Tampoco el secretario del Tesoro de Estados Unidos pudo etiquetar a ningún país, China incluido, como economía que recurre a las devaluaciones competitivas. A esta altura resultaría lógico que Trump pruebe algo novedoso, como la libertad de comercio, el aumento del ahorro nacional y la formulación de un serio programa de competitividad. Suele funcionar.

 

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