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Aún no está claro quién y cómo podrá gobernar Israel

10 de junio, 2019

Por Atilio Molteni Embajador

 

Contra todos los pronósticos basados en la sabiduría convencional, esta vez Benjamín Netanyahu no consiguió formar un nuevo Gobierno israelí dentro del plazo de cuarenta días que le diera el presidente Reuven Reivlin tras considerar el resultado de las elecciones parlamentarias del 9 de abril (35 escaños de su partido Likud, en la Knesset, que es el Parlamento) y su vasta experiencia en la conducción de los asuntos del país. Tales factores no resultaron suficientes para armar un gabinete estable con los que podían ser la masa crítica del poder político en las presentes circunstancias. Por eso Netanyahu estimó que debía cortar por lo sano, no solicitar la prórroga a la que estaba en condiciones de acogerse bajo las normas vigentes y optó por disolver sin más el Parlamento para llamar a nuevas elecciones, las que se concretarán el próximo 17 de septiembre.

 

De acuerdo a las prácticas políticas de Israel, Reivlin imaginó que Netanyahu tenía las mayores posibilidades de forjar las alianzas parlamentarias, los entendimientos y el reparto de cargos ministeriales que son tradicionales en la política israelí, para alinear a las aproximadamente 65 bancas que se requieren, en una coalición posible con los Partidos religiosos como Shas (8) y la Unión por la Torá y el Judaísmo, (8), y otros de la derecha nacionalista laica como Derecha Unida (5), Kulanu (4) y Yisrael Beiteinu “Nuestro Hogar” (5) que preside Avigdor Lieberman.

 

El presidente Rivlin dejó a un lado la alternativa representada por el recientemente creado Partido Azul y Blanco en el que tiene influencia la derecha secular, que alcanzó también 35 escaños parlamentarios, los que teóricamente podían surgir de unirse a los partidos de centroizquierda, el laborismo (6), Meretz (4) y los de extracción palestina, Hadash-Taal (6) y Raam-Balad (4), pero con ello sólo totalizaría 55 bancas, un resultado insuficiente para llevar adelante un programa de Gobierno. Al estar la Knesset compuesta por 120 miembros, el requisito indispensable, pero no siempre suficiente, es que toda coalición de gobierno se integre por la mitad más uno de los escaños parlamentarios a fin de que, entre otras razones, se pueda impedir un fácil voto de censura que provoque una caída del poder de turno.

 

No obstante, la experiencia y decisión que caracterizan a Netanyahu, tanto en su trayectoria militar como política, no consiguió lograr el objetivo buscado y su futuro político podría estar ahora en juego después de gobernar por muchos años. Y aunque tenía la facultad de pedir una extensión del plazo para continuar negociando una coalición, como ocurrió en el pasado, habría imaginado que el presidente podía convocar al Partido Azul y Blanco, por lo cual optó por promover la disolución del Parlamento antes que entregarle en bandeja esa alternativa a sus oponentes.

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A la pregunta de por qué el artífice indispensable de la política israelí no logró un entendimiento con otros Partidos, cuando la mayoría de los analistas pensaron que estaba al alcance de su mano, convirtiéndose en el primer ministro que por más tiempo retuvo el poder, superando al desempeñado por el líder incontestable desde la creación del país, que fue Ben Gurion no resulta, por ahora, de fácil respuesta.

 

La posible razón tendría su lógica intrínseca para un alto porcentaje de los votantes israelíes. Se llama Avigdor Lieberman, quien es un político de origen moldavo, que emigró a Israel en 1978. Luego de cumplir su servicio militar y estudiar Relaciones Internacionales en la Universidad Hebrea de Jerusalén, llegó a la política en el Partido Likud en el cual, entre otras posiciones clave, fue jefe de gabinete de Netanyahu e inclusive habría sido el artífice de su primera victoria en las elecciones de 1996 frente a Shimon Peres. Con posterioridad, en 1999, creó su propio partido, el Yisrael, representando a más de un millón de inmigrantes provenientes de los países que integraron la ex URSS, los que huyeron del comunismo (en ese grupo no todos son judíos), siendo el primero que tuvo la capacidad de aglutinar a esta comunidad, propósito en el que otros fracasaron, basado en una política secular que incluyó una línea dura con los palestinos, pero que también en ocasiones lo llevó a actuar con un pragmatismo que le facilitó el camino para ensamblar diversos arreglos con Netanyahu y con otros Partidos, demostrando siempre una gran ambición política y capacidad de delivery.

 

Con ese bagaje, y representando a su partido, se desempeñó en diversos cargos ministeriales desde 2001, sobre todo como ministro de Relaciones Exteriores y luego de Defensa, que en Israel es un cargo que otorga un gran poder pues el concepto de seguridad nacional es básico para la subsistencia del país. El que llega a ese ministerio, suele detentar una imagen de estadista, ya que el puesto supone lograr éxitos y cierta estabilidad operativa frente a las amenazas constantes provenientes del exterior o del terrorismo interno. Sin embargo, en noviembre de 2018 provocó una tormenta política (la que se sumó a otras que había originado en el pasado) al renunciar a este último cargo cuando el Gobierno decidió un cese del fuego en Gaza, lo que él decidió interpretar como una rendición de Israel ante el terror, sosteniendo la necesidad de una nueva acción ofensiva sobre los grupos terroristas en esa estratégica Franja de Gaza.

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Ahora, el motor de la crisis en el proceso de formación del Gobierno fue la religión, pues Lieberman se opuso a las pretensiones de los ultraortodoxos de conservar la exención que, desde los tiempos de creación del Estado, cubre a gran parte de los estudiantes de sus escuelas del servicio militar (en Israel es obligatorio por espacio de tres años para los hombres y dos para las mujeres, y constituye una de las características distintivas del país como un pueblo en armas), y no aceptó modificar la legislación sobre enrolamiento como condición para unirse al ensamble político de Netanyahu. Además, tal problema es parte de otro mayor, pues consiste en que una parte de los judíos jaredí abogan por la creación de un código legal basado en la Halacha, como una aspiración mesiánica por la cual la ley de la Torá se convierta en suprema en el Estado de Israel, lo cual es resistido por los seculares.

 

Paralelamente, ciertos analistas entienden que, el desarrollo más significativo en este proceso de formación del gobierno, es que Netanyahu dejó a un lado las acciones que son propias del proceso al dar prioridad a la búsqueda de obtener el apoyo de otros partidos a un proyecto de legislación que otorgue inmunidad a los miembros del Parlamento y que, en su caso, los proteja de las consecuencias de un procesamiento mientras desempeñen su cargo, como resultado de la investigación en su contra de tres cargos de corrupción y obstrucción a la Justicia, y otra decisión que tiene por objeto quitar validez a toda sentencia judicial de la Corte Suprema contra semejante legislación.

 

Hasta ahora las encuestas posteriores a estos desarrollos, no demuestran que Netanyahu ni los partidos que lo secundan hayan perdido el respaldo de sus votantes para las elecciones de septiembre, ni que la oposición de centroizquierda esté en condiciones de capitalizar lo sucedido con la 21 Knesset, pero es evidente que tanto Netanyahu como Lieberman han dejado atrás el camino del diálogo y la conciliación en sus relaciones mutuas.

 

Tal realidad es la que hoy caracterizaría a la política israelí, si el Partido Likud de Netanyahu gana las elecciones de septiembre. Desde esa perspectiva éste se hallaría en condiciones de organizar una coalición de Gobierno distinta de la que había propuesto en abril último para alcanzar las mayorías necesarias en la Knesset, mientras el anunciado plan de paz del presidente Donald Trump entre israelíes y palestinos posiblemente tenga una nueva postergación, en tanto su éxito depende, en gran medida, de la continuidad de Netanyahu en el poder.

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