Vaca Muerta es una necesidad y un desafío

15 de mayo, 2019

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Por Fernando Marengo Economista y socio de Arriazu Macroanalistas

 

Parece mentira que puedan dedicarse unas líneas a hablar del futuro en un país golpeado por los continuos fracasos económicos, y donde la agenda está ligada a la urgencia y a la coyuntura. Pero es el clima electoral el que me invita a sumarme a un sano debate sobre lo que podemos ser, o lo que podríamos evitar, inspirado en lo que se está identificando como “la nueva oportunidad”, como si la naturaleza no hubiera sido ya lo suficientemente generosa con esta Argentina que durante generaciones ha menospreciado el ahorro y esfuerzo, y olvidó que la verdadera riqueza se construye haciendo, y no recibiendo.

 

Entre 2011 y 2013, la Agencia de Información Energética de los Estados Unidos (“EIA”) publicó diversas estimaciones que daban a conocer el enorme potencial que tiene el país en materia energética gracias a Vaca Muerta especial, pero no exclusivamente. Argentina ocuparía el segundo lugar a nivel mundial en recursos gasíferos no convencionales, y el cuarto en petróleo no convencional.

 

La “grandilocuencia” de los descubrimientos no debe marear ni confundir los análisis. En realidad, Vaca Muerta más que una oportunidad, es una necesidad y un desafío.

 

¿Por qué una necesidad? Si analizamos el nivel de reservas de hidrocarburos excluyendo el potencial de Vaca Muerta y lo relacionamos con los niveles de consumo descubriremos que sin este yacimiento, enfrentaríamos una nueva crisis energética en un corto de tiempo, y eso impediría cualquier aspiración de crecimiento económico sostenido. En 2015, el nivel de reservas probadas representaba 16 años de consumo en petróleo y sólo 7 en gas.

 

La ecuación cambia significativamente cuando se descubre Vaca Muerta. Si se tienen en cuenta los recursos técnicamente recuperables, el país tendría petróleo suficiente para abastecer el nivel de demanda actual por los próximos 185 años, y el gas permitiría abastecer 500 años de consumo. Semejante magnitud de recursos no sólo evitaría el colapso energético, sino que permitiría mejorar la productividad de la economía en general y desarrollar nuevos sectores e industrias, pero el manejo de la explotación es un serio desafío.

 

Para tener una idea de la magnitud de estos recursos (y su potencial impacto), buenas son las comparaciones con otros indicadores que tradicionalmente nos resultan más familiares. Si valuamos a US$ 60 el barril de petróleo y US$ 4,5 el millón de BTU de gas, el valor de estos recursos sería superior a 10 veces el PIB del 2017, tres veces el stock total de capital de la Argentina, cinco veces el valor total de la tierra o el equivalente a 150 años de cosecha agrícola. Si bien estas magnitudes lucen sumamente atractivas y nos puedan hacer pensar que ya tenemos todo resuelto, la explotación irresponsable puede generar serios problemas económicos.

 

El proceso de desarrollo de un nuevo sector o actividad como el energético tiene varias etapas: en primer lugar, demanda insumos y recursos para producir, favoreciendo el crecimiento económico, creando empleo y mejorando las variables sociales. Cuando el tamaño de su demanda es muy grande, su incorporación a la cadena productiva cambia todos los precios de equilibrio, y podría subir los costos de insumos de otros sectores que ya existían, aún de aquellos que hasta ese momento eran los más productivos.

 

En segundo lugar, está el dilema de la distribución de los ingresos generados por el desarrollo de esta actividad. La tradicional conducta rentística argentina es un pasivo en la planificación de largo plazo. Es difícil ser prudente en el manejo de la abundancia cuando la sociedad toda tiende a preguntar primero “qué parte de Vaca Muerta nos toca” antes de empezar a trabajar. Los casos exitosos a nivel mundial en el manejo de recursos están basados en el ahorro, evitando tentación de “gastar irresponsablemente en el corto plazo”.

 

Ser irresponsable en la abundancia es mucho más fácil y popular que en la escasez. Los líderes populistas consiguen adeptos fácilmente en un país con altas tasas de pobreza como la nuestra. La expansión del gasto (en general asociada a la conducta imprudente del sector público) puede dar una sensación de mejora de calidad de vida gracias al crecimiento económico y al aumento de salarios. Pero este fenómeno encontrará su límite cuando se agote la capacidad productiva del país por no haber invertido ni ahorrado, y la suba interna de los precios ponga en jaque la productividad de todos los demás sectores por el aumento de los costos internos en dólares, incluso de los que antes eran exportadores y generadores de divisas. Existen muchos casos de manejos imprudentes de cuantiosos recursos naturales. Todos ellos finalizaron en grandes crisis luego de años de despilfarro. Venezuela no es el único ejemplo, pero sí el más cercano que tenemos los argentinos.

 

Hoy más que nunca es tiempo de que prevalezca la racionalidad, mesura y prudencia. Es fundamental plantear la explotación de manera integral analizando todos los impactos que un desarrollo exitoso de Vaca Muerta podría tener. Los directos son más palpables y fáciles de medir, pero los indirectos pueden ser mucho más grandes y no siempre van en la misma dirección. Pero para tener alguna probabilidad de éxito, el desafío más grande que tenemos por delante, es cambiar la conducta que tuvimos como sociedad durante los últimos cien años.

 

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