Trump juega a la ruleta rusa con China y la OMC

13 de mayo, 2019

Donald Trump

Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

 

Tras el anuncio de un nuevo desacuerdo entre los gobiernos de China y los Estados Unidos, el boletín Market Watch (El Observador del Mercado) divulgó, el viernes pasado, un interesante análisis de Oxford Economics, una empresa dedicada a la formulación de pronósticos especializados. El texto y las estadísticas confirman lo obvio. En él se estima que la reiniciación de la escalada de represalias entre ambos países (la guerra comercial), seguirá encareciendo los costos y precios de las importaciones y de la actividad económica general del planeta, hecho que sólo puede significar un encadenamiento de actos recesivos y de un paralelo aflojamiento del mercado laboral. Esto último va en línea con lo anticipado por la OMC y el Fondo Monetario, cuyas estimaciones fueron alertando a los agentes económicos. En el primer trimestre de 2016 advertí que estas cosas podían suceder si Occidente no se ponía los pantalones largos para negociar los inminentes conflictos que se veían venir con China. Bajo esta perspectiva, el enfoque de Donald Trump y sus apóstoles parece una estrategia de guardería infantil.

 

Con semejante paso, Washington juega a bailar otra vez sobre la cubierta del Titanic, porque alardea sólo de los números actuales del crecimiento económico y del nivel de ocupación, pero hace la vista gorda ante el descomunal déficit presupuestario que generó su desgravación fiscal y ante una balanza comercial cada día más desequilibrada. En medio de la placidez general y engañosa que representa el actual veranito económico, cuyos efectos inducen a sobrevaluar el dólar en los mercados internacionales y a bajar la competitividad del país, uno supone que las bacterias que afectaron el poder de decisión de Nicolás Dujovne y Luis “Toto” Caputo andan por todos lados. La diferencia es que Estados Unidos imprime dólares y recibe amenazas de gobernantes como los coreanos, iraníes y asiáticos.

 

El otro tema central que debería preocupar a los pocos líderes responsables que quedan en el mundo, es que las negociaciones bilaterales entre Washington y Pekín tienden a construirse a expensas de reducir los negocios con terceros países (es por eso que la UE lo llama el bolsillo único de importación o la tesis de que uno sólo almuerza una vez por día) y con pleno desconocimiento de las reglas existentes en la OMC. A ello cabe agregar que el origen de estos cortocircuitos bilaterales se nutre de la existencia de dos enfoques incompatibles de comercio administrado, un factor que gravita sin remedio sobre las decisiones que se adoptan en el escenario internacional y una enfermedad, el unilateralismo político y comercial, que se creía desterrada al finalizar la Ronda Uruguay del GATT (1994). Veamos los hechos uno por uno.

 

Un rato después de entrar en vigencia el aumento del 10% al 25 % en los aranceles que Estados Unidos aplicará sobre un paquete de importaciones chinas estimado en US$ 200.000 millones (que se suma a los US$ 50.000 millones que tiene su propio copón), casi todos los especialistas coincidieron en que no será fácil manejar el escenario resultante. También parece lógico asumir que ninguno de los dos gobiernos involucrados en el conflicto sabe como o cuando diantres (una licencia del columnista para no apelar al lenguaje característico de Jorge Lanata) terminará esta enloquecida versión de la ruleta rusa. Menos, si Washington larga versiones al estilo Trump de que su Gobierno no descarta extender la misma medicina a la totalidad de las importaciones que provengan de China, un monto hoy situado en US$ 525.000 millones (más los US$ 50.000 millones que ya estaban sujetos a un elevado arancel), cifra que equivale a cerca del 80% del PIB anual de Argentina.

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De consumarse en su totalidad este paquete de represalias, el proceso derivará, hacia 2020, en una caída del PIB calculada en US$ 29.000 millones para la economía de Estados Unidos y de US$ 105.000 millones para el planeta en su conjunto. Para entonces, las contracciones económicas serán del 0,3% en los respectivos PIB estadounidense y global, y cercana a 0,8% en el caso de China. Un verdadero balazo en los pies.

 

El primero de los enfoques de comercio administrado proviene de China. Se basa en la manipulación de la oferta y los precios de las materias primas, subsidios a la producción y el comercio y en el papel activo y distorsionante que se asigna a las empresas comerciales del Estado, todo un conjunto celestial de mecanismos que llevaron a manipular, por años, la inversión propia y global, originando la secular crisis de sobreproducción industrial, el desplazamiento de las exportaciones de terceros países y la severa caída de la inversión en las naciones del capitalismo tradicional. Algunas de las industrias globales afectadas por estos condimentos fueron las del acero y el aluminio, hoy protagonistas de un pleito complementario. El segundo modelito de comercio administrado, surge de una reacción tardía, infantil y mercantilista de Estados Unidos (y de cierto capitalismo tradicional europeo más Brasil que tiende a plegarse), basada en la noción de que se debe hacer lo posible, inclusive la manipulación sistemática y administrada de las corrientes de comercio, para eliminar o reducir drásticamente los déficits existentes del intercambio, tema en los que ejercen un papel protagónico el actual inquilino de la Oficina Oval y sus apóstoles más extremistas.

 

Entre las características notables del enfoque patrocinado por Donald Trump se advierte, como lo definiera Susan Thornton, ex subsecretaria adjunta del Departamento de Estado a cargo de las relaciones con China (en una reciente entrevista con el programa de TV Frontline) el rechazo del Washington actual a trabajar seria y conjuntamente con otras naciones influyentes de pensamiento similar como la Unión Europea y Japón, para convencer a Pekín de que necesita reorientar con urgencia las políticas que están desindustrializando artificialmente la economía del mundo occidental, o de lo poco que resta del denominado mundo occidental.

 

El segundo gran problema es que, en la búsqueda de una solución para Estados Unidos, Trump no exhibe mayor interés en evitar los daños colaterales, como sería lesionar el respeto a las normas multilaterales que sirvieron para orientar, con la regla de la ley, y en forma exitosa y transparente, la política comercial de los últimos setenta años. Como se destaca en otros párrafos, sus recetas correctivas no suelen incluir preocupación real por evitar el daño que las soluciones que negocia con China puedan ocasionar sobre las exportaciones de otros países, como las compensaciones comerciales en el ámbito agrícola que lleven a desplazar la exportación de naciones como Brasil y la Argentina en el mercado chino. A pesar de lo que afirman los representantes estadounidenses en Ginebra, al presidente de Estados Unidos parecen importarle un bledo el futuro de la OMC y sus reglas. A esto aludió, también, la Comisionada de Comercio de la Unión Europea, Cecilia Malmströn, cuando dijo que el mecanismo de restauración inmediata de aranceles más altos a quienes incumplan con sus compromisos en el marco de estos acuerdos bilaterales, atentaba contra los pilares del Sistema Multilateral de Comercio, percepción que yo comparto plenamente.

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Al ser consultada por la publicación Política Exterior (Foreign Policy), Malmström sostuvo que el mecanismo de snapback (restauración inmediata de aranceles más altos) para los socios comerciales que incumplan acuerdos bilaterales o regionales, aumentaría el fraccionamiento del comercio, menoscabará el principio de igualdad de oportunidades y licuará los principios de Nación Más Favorecida y Trato Nacional, o sea de los pilares del sistema GATT-OMC.

 

Los expertos en asuntos chinos siquiera creen que sea posible alcanzar un acuerdo de sustancia si Washington insiste en obtener garantías de implementación (concepto clave en este debate bilateral) de los compromisos que se vienen negociado con éxitos variados, si ello supone demandarle al presidente Xi Jinping la reforma de normas constitucionales o políticas del régimen comunista. Lo que Pekín habría ofertado es cambiar o ajustar las regulaciones que sean funcionales a cada uno de los objetivos que se incluyeron en el borrador de acuerdo bilateral (unas 150 páginas de las reglas y operaciones bilaterales detalladas), no modificar las columnas vertebrales de su legislación nacional.

 

Finalmente escuchemos a Dollar, no al billete verde, sino a David Dollar de la Brookings Institution. Él sugiere que la afirmación trumpiana de que la recaudación fiscal provocada por los nuevos aranceles a la importación originados en esta guerrita comercial ayudarán a paliar el déficit de presupuesto. Dollar le dice al Jefe de la Casa Blanca que los problemas son otros y que lo dicho por él no es cierto. Trump no puede plantearles eso a los productores estadounidenses de soja y otros productos agrícolas, porque ellos continuarán sin exportar si sólo aumenta la recaudación fiscal de Estados Unidos con esa torpe receta, debido a que los nuevos aranceles chinos a la importación los pagan, como es lógico, los importadores chinos y no los exportadores de ese país.

 

Si el jefe de la Casa Blanca les preguntase a sus asesores, sabría que las exportaciones agrícolas a ese mercado asiático cayeron en picada y que, por eso, su Gobierno le dio un subsidio compensatorio a los afectados (acotación mía). Uno podría recomendarle que en lugar de perder tanto tiempo twiteando, lo invierta en leer un rato los diarios del día y escuchar a los especialistas que pueden asesorarlo. Y corto aquí esta columna, porque la flexibilidad de los editores de El Economista es también limitada.

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