Los anuncios de candidaturas por ahora sólo aportan incertidumbre

20 de mayo, 2019

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Por Héctor Rubini Instituto de Investigación en Ciencias Económicas de la USAL

 

El anuncio de la candidatura de Alberto Fernández para presidente sorprendió por haber sido ungido “a dedo” por la expresidenta Cristina Fernández, ahora autocandidateada a vicepresidenta, y contra quien Alberto expresó no pocas críticas en los últimos años. El protagonismo, igualmente, será focalizado en los movimientos de la expresidenta tanto por sus expresiones en la campaña, como por los vaivenes de las causas judiciales en su contra. Pero esto no quita que retorne a otro ciclo de varias semanas en casi silencio, algo que parece sumarle más intención de votos que cuando habla en público. La campaña electoral de 2007 ha sido más que elocuente al respecto.

 

Los dirigentes justicialistas ahora intentarán unirse para ganar las elecciones de octubre. Un proceso habitualmente con alto perfil en los medios de prensa, y con impacto visible (pero incierto) sobre las expectativas. A nadie sorprenderá que el candidato kirchnerista prometa un giro hacia una economía plagada de controles estatales y alineada con Cuba, Venezuela e Irán. Por el contrario, sí sorprendería (y no sería muy creíble), el anuncio de propuestas propias de una economía de mercado, alineada con las principales potencias del mundo, Brasil y Chile, o con la lucha de Juan Guaidó frente al régimen de Nicolás Maduro.

 

El interrogante que volverá recurrentemente a la menta de los inversores es si el futuro presidente (Mauricio Macri u otro) terminará optando por defaultear la deuda con los bonistas no residentes en nuestro país. En los años del kirchnerismo, el Gobierno no recibió represalias comerciales o de otro tipo de los países de residencia de bonistas en juicio contra para cobrar los bonos defaulteados. Pero el clima externo hoy no es el de treinta años atrás. Defaultear deuda actualmente (y deuda a la que se accedió gracias al fuerte apoyo de la Casa Blanca) no saldría gratis ni mucho menos.

 

Cualquiera sea el que gane la elección de octubre no debería subestimar la experiencia reciente de Venezuela. Maduro optó “guapear” defaulteando la deuda de PdVSa, terminó sufriendo sanciones de Estados Unidos y otros países, la presión de dos gobiernos supuestamente “amigos”, como los de China y Rusia, que sólo quieren cobrar sus deudas, y un país en hiperinflación, con desabastecimiento, controlado básicamente con el uso de la fuerza. Cualesquiera sean las listas de candidatos, lo relevante pasarán a ser los nombres de sus s equipos económicos y sus propuestas. Si no se dan a conocer, a más tardar en junio-julio, aumentarán la incertidumbre y la volatilidad en los mercados de bonos, acciones y divisas. La oposición kirchnerista desde hace varios meses viene expresando su preferencia por el retorno al “modelo” de 2008-2015. Los controles de precios y de cambios, y aplicación de restricciones al comercio exterior e interior, a los movimientos de capitales y a la liquidación de divisas no serían fáciles de aplicar, pero suenan a música celestial para ese sector. Poca atención prestan habitualmente a las dificultades para su financiamiento sin apelar a la emisión monetaria. Tampoco a sus consecuencias nocivas sobre la actividad y la estabilidad de precios que siempre terminan forzando el abandono de ese tipo de “modelo”. Como bien escribía Adrián Guissarri sobre los experimentos populistas en su libro “La Argentina Informal” de 1989, a la larga no les queda más remedio que terminar siendo “monetaristas”.

 

En el campo del oficialismo, el optimismo fundamenta en algunas señales de alivio de las últimas semanas. El “vigilante” del FMI para Argentina, el italiano Roberto Cardarelli, no mostró duda alguna cuando sostuvo una semana atrás que “lo peor ya pasó”.

 

Sin embargo, en el corto plazo no se ven cambios positivos que prenuncien un giro hacia el crecimiento y la estabilidad permanente. Las tasas de Leliq siguen por encima del 70% anual. Y al igual que en la crisis cambiaria del año pasado las tasas promedio de adelantos de corto plazo hasta siete días y la de call entre bancos privados supera, salvo algunos días, a la de préstamos personales. Además, desde que el FMI desembolsó US$ 10.818 millones el pasado 8 de abril, el BCRA está perdiendo reservas internacionales todos los días, acumulando hasta el 14 de mayo una caída de US$ 10.020 millones. Los depósitos en pesos al sector privado crecen a una velocidad decreciente desde marzo, y los préstamos en pesos al sector privado están en descenso desde octubre pasado.

 

Con recesión e inflación lejos de perforar el 2% mensual, eso de que “lo peor ya pasó” no lo cree ni el propio FMI. La baja de la inflación en abril y la mejora de los números fiscales primarios da cierto alivio, pero no hay base empírica alguna (al menos hasta ahora) para sostener que es un giro hacia un cambio permanente, no sólo transitorio. Además, nadie (ni el FMI) sabe cómo hará el Gobierno (y también las administraciones provinciales) para obtener las divisas requeridas para cancelar los vencimientos de sus pasivos externos a partir de 2021-2022.

 

En suma, ingresamos ya a una etapa en que las expectativas pasan a depender en mayor medida del efecto impacto de las propuestas de los precandidatos de cada partido. Como en otras oportunidades, se exacerbará la interacción entre economía, y campañas políticas, y en esta elección sobre una base de credibilidad y confianza (en el oficialismo y en buena parte de la oposición) bastante más débil que la que imaginábamos hasta hace pocas semanas atrás. Algo que probablemente se refuerce con el anuncio de fórmulas presidenciales que reúnan a precandidatos supuestamente distanciados, y carentes, hasta ahora, de propuestas de política económica claramente definidas.

 

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