Las banderas de Gelbard

13 de mayo, 2019

Por Carlos Leyba 

 

El libro de Cristina Kirchner seguramente se venderá mucho, pero de aquí a 45 años difícilmente alguien lo recuerde. Y si lo llegaran a recordar difícilmente generaría un aluvión de comentarios.

 

Sin embargo, la mención que hizo la expresidenta del Pacto Social de 1973 y del ministro José B. Gelbard provocó una estampida de notas y comentarios. Y aquello ocurrió hace 45 años.

 

Cristina, “sinceramente”, contó su memoria de los 12 años de su familia en el máximo poder de la Nación y de la otra docena en el poder provincial.

 

El ministerio de Gelbard apenas duró 16 meses. La vigencia para el recuerdo, sea para el halago o el reproche, habla sin duda de su trascendencia. Veamos.

 

De esos 16 meses, los primeros tres meses lo fueron en el marco de una fuerte disputa con la Casa Rosada. Nos apoyamos entonces, primero en el radicalismo y el peronismo de las cámaras. José Antonio Allende y Salvador Bussaca, demócratacristianos, formaban –a causa del frente electoral– parte del liderazgo de ambas cámaras. Y nos fortalecía la conversación de todos los días con líderes como José I. Rucci y Adelino Romero de la CGT o dirigentes de la mayoría del empresariado, incluyendo hasta los sectores más liberales que, entonces (tal vez siguiendo a Roberto T. Alemann), aplaudían el programa y adherían con solicitadas de una página en los diarios nacionales.

 

No eran sólo la CGE y la UIA los miembros de la concertación, sino la Sociedad Rural Argentina y todas las organizaciones agrarias, salvo –debo decirlo– Carbap, que no firmó el Acta del Campo. Por el contrario, Celedonio Pereda almorzaba con José Rucci en el comedor de la calle Florida de la SRA.

 

Trate de imaginarlo. No dude en buscar en los diarios y revista de la época porque el relato actual de los que no lo vivieron tiene una lente demasiado deformante. Abundan los comentarios radiales, notas periodísticas, de politólogos y hasta historiadores, que no reflejan ni remotamente el clima de consenso político de esos años, excluyendo naturalmente a los violentos, ni tampoco la objetividad de las cifras. Por eso es fundamental acudir a los relatos de la época, al decir de Carlos Ibarguren, “la historia que he vivido”.

 

Héctor J. Cámpora y “los sobrinos” cuestionaban y demoraban las decisiones de Economía. Gelbard no era “su” ministro elegido sino el impuesto por Juan D. Perón. Con Antonio Cafiero reescribimos, a pedido de Gelbard y por indicación de Perón, la parte económica del discurso de asunción de Cámpora, discurso que abundaba en frases inconexas del tipo “socialismo nacional”.

 

No era esa la “visión” la de “Las Coincidencias Programáticas” firmadas en diciembre de 1972 por todos los partidos políticos, la CGT y la CGE y que sería el compromiso democrático para gobernar.

 

El Pacto Social, del que habló Cristina, era la aplicación comprometida de aquellas coincidencias multipartidarias y multisectoriales, que ella no mencionó. Sin su consideración no se entiende lo que pasó. Tan es así que si hubiera ganado Ricardo Balbín también ese era el compromiso para su Gobierno.

 

Si esto no se entiende, no se entiende por qué se sancionaron 19 leyes económicas fundamentales por unanimidad en 1973. Tampoco se entiende por qué en diciembre de 1973 todos los partidos políticos, en reuniones realizadas para cada uno de ellos, en la Casa Rosada, dieron su aval a las propuestas de largo plazo del Plan Trienal que incluía decisiones estructurales que iban del Impuesto al Valor Agregado, a la estrategia de expansión de la frontera agropecuaria, a la incorporación de la soja traídas las semillas de EE.UU. por un avión de la Fuerza Aérea y al desarrollo de la industria petroquímica o al programa de industrialización exportadora, entre otros procesos de transformación: en ese Gobierno se hicieron cosas para el “largo plazo”, no para una elección. Por ejemplo, el Plan Soja sin el cual hoy nuestros ingresos en dólares serían escasos; Yacyretá, sin la cual no habría electricidad y el IVA sin el cual las cuentas públicas serían una lágrima. O los bonos externos para que empresarios nacionales compraran empresas extranjeras, como Ipako para el grupo Zorraquín o la panificadora de Rockefeller que se convirtió en Fargo. El gasto público era el 20% del PIB y no dejamos deuda externa.

 

Perón fue elegido en septiembre de 1973, para el reemplazo de Cámpora, por 64% de los argentinos que marcaron el récord, de asistencia electoral.

 

Ese triunfo de la consigna “para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”, que reivindicaba los resultados extraordinariamente positivos del pacto social en el corto plazo, provocó la reacción de los definitivamente desplazados que asesinaron a Rucci. Querían terminar con el pacto social que daba lugar al desarrollo y la justicia, y decirle a Perón que “ellos” lo habían traído y que ellos lo iban a gobernar. Según Ricardo Grassi, director de “El Descamisado”, Mario Firmenich, el “estúpido imberbe”, según dichos de Perón, le dijo que le tiraban un muerto al “viejo” para recordarle que los Montoneros lo habían traído y que ellos conducían.

 

La estupidez era ignorar que desde 1970, Balbín y Perón, en “La Hora del Pueblo” habían comenzado la lucha por una democracia sin proscripciones que es lo que lo trajo a Perón.

 

Las “minorías iluminadas” son autorreferenciales y nunca ven la realidad. Creían que estaban dadas las condiciones para la lucha armada, en un país con el 4% de pobreza, 3% de desempleo y un Coeficiente de Gini como el de un país escandinavo.

 

Esto tiene que ver con el pacto social porque estos son los datos sociales de cuando fue abandonado el programa de Gelbard. Que no fracasó porque fue interrumpido y se fue en la dirección contraria.

 

La instalación del programa soportó las permanentes agresiones, en todos los terrenos. No eran fáciles las condiciones en que el programa se desarrollaba y, sin embargo, los resultados sociales están ahí.

 

Queda claro que no se trataba de corporativismo ni fascismo porque eran las consecuencias de un compromiso nacido de los partidos políticos. Dos elecciones en menos de medio año y una plebiscitaria, y el diálogo y consenso permanente, con consulta previa de cada proyecto de importancia con los líderes de todos los bloques legislativos, hablan de verdadero espíritu democrático y de concertación, que amplía la mirada de la democracia.

 

El programa no era solamente política de ingresos concertada para aplacar la inflación. Eran bases para un programa de desarrollo con equidad. Se puso en marcha no sin sortear adversarios internos.

 

José López Rega (jefe de “La Logia de los Caballeros del Fuego”) nos enfrentó desde adentro, primero, alentando a Alfredo Gómez Morales que, peronista histórico al que Gelbard nombró contra la voluntad de Perón que le dijo que lo iba a “traicionar”, impidió desde el BCRA el crawling peg porque lo consideraba “traición a la Patria”. Muerto Perón, por ejemplo, López Rega nos trabó una devaluación girando el proyecto a la Secretaría de Deportes y Turismo. Gelbard, entre el 1° de julio y su salida en septiembre, renunció doce veces. Isabel Perón le rogó que desista hasta que fue insoportable.

 

Entonces López lo impuso a Gómez Morales como ministro. Habían pasado 16 meses desde que llegamos al ministerio. Don Alfredo estuvo 9 meses en que la parálisis absoluta y la voluntad de terminar con el sistema de concertación puso a la economía en puerta de colapso. Y el colapso descontrolado estuvo a cargo del canciller de los caballeros del fuego, Celestino Rodrigo y sus hermanos, Ricardo Zinn y por detrás, Pedro Pou. Es raro, insólito, pero cierto. Un grupo de fanáticos puso en marcha la larga decadencia en la que aún estamos.

 

Como dijo Federico Sturzenegger, entre 1900 y 1975 Argentina tuvo siempre 75% del PIB por habitante de Australia. Desde entonces y hasta hoy esa comparación es inútil.

 

Volvemos al pacto social de hace 45 años porque fue el último momento de los 35 años gloriosos de Occidente que también vivimos en Argentina: entre 1964 y 1974, datos censales, la industria creció 7% anual acumulativo. Tasas chinas.

 

Para los ansiosos de las cifras macro, los invito a leer a continuación lo que dijo el Informe del FMI en diciembre de 1974, luego de la revisión del artículo 4º. “El Gobierno…detuvo radicalmente la espiral de precios y salarios mediante una política de ingresos basada en un pacto social …(para) lograr una distribución mas favorable a los asalariados y detener la inflación…En el año terminado en marzo de 1974 la tasa de inflación fue sólo del 14%, en comparación… con la de 80% en el año terminado en mayo de 1973…El crédito interno del sistema bancario aumentó 80%… pronunciada mejora en la balanza de pagos …habiéndose registrado un considerable aumento en las reservas netas en 1973 y el primer semestre de 1974 … pese a las restricciones de la CEE y el encarecimiento del petróleo …el PIB a precios constantes aumento 5,4% en 1973”.

 

 

Algunas cifras macro. ¿El programa fue un éxito? ¿Un fracaso? Ni una cosa ni la otra. Fue abandonado, interrumpido y deformado hasta ocultar el resumen del FMI.

 

De lo que no tengo dudas es de que su abandono está asociado a la larga decadencia de 45 años de la política económica gobernada por la “sorpresa” y la ausencia de programa. La ausencia de la voluntad de “vida en común”, de la amistad política y de ideas grandes, entre las que se cuenta procurar crecer y desarrollar nuestro potencial. Sí, no se equivocan los recuerdos y los enojos, abandonar esas ideas, esas maneras, la concertación y el crecimiento, es la madre de todas nuestras desgracias. Y es lógico que se enojen: no pudimos, no supimos, no fuimos capaces de continuar. Y ahora somos un recuerdo. Enrique de Vedia, Augusto Conte Mc Donell, Carlos Auyero y José Antonio Allende, cuando renunciamos, publicaron, juntando las monedas, una solicitada angustiada “Las banderas que no hay que abandonar”. Ellos ya no están. Querían un mundo mejor.

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