La necesidad económica que va más allá de la grieta

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Por Alejandro Radonjic

 

No hay grieta a la hora de ponderar la necesidad de que Argentina exporte más. En 2018, se exportó apenas más de US$ 60.000 millones. Según cualquier métrica, un nivel nítidamente bajo. Alberto, Mauricio, Roberto, Sergio y Juan Manuel y todo presidenciable que se precie de tal dice que el país debe revertir el estancamiento secular de las exportaciones.

 

“En lo que va de 2019, más 6.500 empresas argentinas enviaron sus productos a más de 175 países. A partir de hoy y hasta 2030, vamos a triplicar las exportaciones y multiplicar por cuatro la cantidad de empresas exportadoras”, dijo Sica, días atrás

 

Es una lectura alentadora. Argentina exporta poco y necesita exportar más, y ni hablar cuando se acabe el poderoso canuto de Washington, que será tan pronto como a comienzos de 2020 y se termine el fuerte ajuste sobre las cantidades importadas. ¿Quién pondrá los dólares en ese entonces? Las exportaciones pueden hacer un gran aporte allí, que deberá combinarse con inversiones extranjeras genuinas y un regreso (¡cuidadoso, por favor!) a los mercados voluntarios. Que el arco político amplio lo entiende es alentador en un país sin políticas de Estado y escasos consensos.

 

Las exportaciones están estancadas en volúmenes desde 2004.

 

Pero después del deseo y la grandilocuencia prospectiva, como ocurre en la vida en general, aparecen los problemas y el extenso trecho desde el dicho hasta el hecho. Los números así lo muestran: las exportaciones están estancadas, en volúmenes, desde….2004. Así lo documenta el Indec en su informe de Indices y Cantidades del Comercio Exterior (ver gráfico). Mientras el comercio global creció y no poco, Argentina la miró con “la ñata contra el vidrio”. Más allá de los intentos y el consenso, Argentina no supo cómo aumentar sus exportaciones desde 2004. Van quince años y es hora de ponerse el overol.

 

El reflejo más fiel del estancamiento exportador: en cantidades, los volúmenes vendidos al mundo son similares a los de 2004

 

¿Qué se necesita?

 

Federico Muñoz hace eje en varios asuntos. Para arrancar, el “costo argentino” es elevado, es decir, los costos logísticos, laborales, impositivos y capital son altos. En otras palabras, producir en Argentina es caro. Por supuesto, los costos siempre estarán y no se pueden barrer de un decreto, pero hay que apuntar a no salir de la escala global y quedar fuera de la competencia desde el primer minuto. La burocracia también es otro “costo oculto” y el Gobierno, reconoce Muñoz, ha hecho algunos “progresos” en ello.

 

“Si se toma como referencia el 2017, se observa que casi 70% de las ventas externas se agrupan en complejos vinculados a oleaginosas, cereales, agroindustria, carnes, energía y minería. Sumando el complejo automotriz, se arriba al 85% del valor exportado”, dice Carciofi.

 

El otro asunto que resalta es el “chip” empresario. “Necesitaremos que nuestra clase empresaria empiece a considerar al mundo como mercado, un cambio de conducta radical para la mayoría de nuestras firmas, acostumbradas durante décadas a vivir ‘con y de lo nuestro’”, dice Muñoz. En ese sentido, ayudará bajar los costos de entrada en otros mercados para elevar los incentivos exportadores. “El Mercosur, la unión aduanera de la que somos parte, ha estado muy poco activa en la búsqueda de nuevos mercados y la firma de acuerdos de preferencias arancelarias. El contraste con la Alianza del Pacífico es notorio: Argentina firmó acuerdos con apenas 47 países que representan el 19% del PIB mundial mientras que Chile, en cambio, negoció con ochenta naciones que le dan acceso privilegiado al 90% del PIB global”, dice. Así, los exportadores argentinos no gozan de ningún tipo de reducción arancelaria al vender en Europa, China y EE.UU., mientras que sus pares chilenos han conseguido rebajas promedio de entre 2 y 13 puntos porcentuales.

 

Según datos de 2016, el nivel de exportaciones per cápita de Argentina fue de US$ 1.592. A nivel mundial, el número fue de US$ 2.805 y en Chile llegó hasta US$ 3.935.

 

Más visiones

 

En un interesante trabajo reciente de Cippec, Ricardo Carciofi parte desde un diagnóstico duro (“Argentina quedó mayormente al margen de los aspectos más dinámicos de la globalización por su desconexión de las Cadenas Globales de Valor”, señala) y, hacia futuro, hace eje en la macroeconomía, el desarrollo productivo y la estrategia comercial.

 

  • En la dimensión macro, dice Carciofi, se destacan dos herramientas centrales: el tipo de cambio real y la consolidación de las finanzas públicas. Respecto del nivel de tipo de cambio, explica: “Argentina acumula suficiente número de episodios que muestran que la apreciación real inhibe el desarrollo de las actividades transables”. En cuanto a la solvencia fiscal, señala: “El aporte con relación a la estrategia exportadora es doble. Por un lado, la necesidad de sustituir los derechos a la exportación por impuestos eficientes y con capacidad recaudatoria compatible con las necesidades de gasto y, por otro lado, obtener los márgenes en el presupuesto para apoyar selectivamente a actividades con capacidad de generación neta de divisas o sustituir importaciones”.
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  • Los complejos exportadores hoy existentes tienen un gran potencial: agroindustria (incluyendo cereales, oleaginosas, ganadería y pesca), minería, energía y actividades vinculadas a las economías regionales y, por el lado de los servicios, se destacan el turismo y los Servicios Basados en Conocimiento (SBC). “Cada uno de estos sectores, aún los más competitivos, requieren un acompañamiento eficaz desde la esfera pública”, dice Carciofi y allí las políticas de desarrollo productivo pueden hacer su aporte. Un tema clave allí son las exenciones impositivas, una herramienta potente, pero que debe calibrarse adecuadamente.

 

El 72% de las exportaciones de 2018 provino desde la región pampeana y menos de 2% desde el NEA.

 

  • El tercer pilar es la estrategia comercial. “En su dimensión bilateral, el propósito es mejorar el acceso a mercados, ampliar el espectro de productos y servicios, y negociar inversiones y cooperación técnica en los casos pertinentes”, dice y pide mirar más hacia Asia, la región más dinámica del planeta. “Hay posibilidades de ampliar la participación allí”, dice. Obviamente, el Mercosur es un capítulo medular allí, tanto en el relacionamiento interno (“aún subsisten obstáculos a la libre circulación de bienes y servicios y el territorio aduanero común no funciona como tal”, dice el trabajo), como hacia afuera del bloque.

 

  • “El contexto externo, si bien no es sencillo, tampoco resulta enteramente adverso”, dice Carciofi sobre el despegue exportador y a modo de conclusión. Los resortes de política que es necesario poner en marcha también son conocidos, señala y agrega que “la pregunta es si la economía política que supone el recorrido a realizar concita los apoyos necesarios para brindar la continuidad en el tiempo”. Así lo explica: “Ese proceso es esencialmente de naturaleza política y supone un debate abierto a todos los sectores, que es continuo y no se salda en una instancia única”.

 

La madre de las variables

 

En línea con Carciofi, Ramiro Albrieu (Cedes y UBA) menciona la necesidad de tener un tipo de cambio real alto (un tema recurrente entre los expertos) y, también, las dificultades de sostenerlo. O dicho de otra manera, la tentación de atrasarlo, sobre todo cuando se batalla contra una inflación de más de 50% interanual. “Nadie diría que está en contra de fomentar las exportaciones. El tema es que en el corto plazo eso quiere decir mantener el tipo de cambio real en niveles competitivos. O sea, mantener bajos los salarios en términos del precio de los alimentos y allí ya pierde un poco de appeal político”, expresa.

 

 

Desde el Instituto Interdisciplinario de Economía Política (IIEP), su flamante director, Andrés López, destaca en el análisis sectorial. Casi descartado un nuevo superciclo de las commodities (es decir, una soja nuevamente en US$ 600 por tonelada), como el que dominó los primeros años de los 2000, hay varios sectores que podrían ayudar a pegar un salto exportador, como Vaca Muerta y el litio. Sin embrago, más allá de la riqueza existente, ambos “hubs” requerirán años de trabajo, y sobre todo el litio, “que no moverá la aguja por varios años porque los proyectos necesitan muchos años de maduración”, dice López en diálogo con El Economista. Sobre los servicios, tan en boga hoy, añade: “Pueden dar una mano, pero necesitas recursos y ese es uno de los cuellos de botella hoy. Vamos a ver qué efecto generará la Ley de Economía del Conocimiento (Nota de Redactor: se aprobó la semana pasada), pero si miras la dinámica de los últimos años el ritmo de crecimiento se desaceleró mucho”. En resumen, dice, “tendremos que juntar exportaciones desde muchos lados porque no veo balas mágicas”.

 

“Hay que desanudar varias cosas. Primero, la cuestión cambiaria, es decir, el nivel del tipo de cambio pero también la previsibilidad; luego, la impositiva porque si querés promover las exportaciones en algún momento tenés que las retenciones y, además, las cuestiones de infraestructura también importan y, si bien en estos últimos años algo se avanzó, hay muchos cuellos de botella ahí”, dice López ante El Economista. Sobre los acuerdos comerciales, agrega que están lejos de ser la panacea. “Firmar acuerdos de comercio puede abrir mercados, pero si no mejoras la competitividad del aparato productivo, en varios casos es más lo que vas a perder que lo que vas a ganar”, concluye.

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También suma su visión Roberto Bouzas (UdeSA): “Lograr un cambio en la trayectoria de las exportaciones es un objetivo clave para flexibilizar la restricción externa que enfrenta la economía. Muchas de las medidas adoptadas por el Gobierno para simplificar los procedimientos y el costo de entrada a la actividad de exportación son de sentido común y, por lo tanto, bienvenidas. En el mismo modo, la identificación de actividades con potencial exportador donde la política pública puede intentar compensar fallas de mercado, como en el caso de la recientemente aprobada Ley de Economía del Conocimiento) puede ser un instrumento valioso en una perspectiva de mediano plazo”. Sin embargo, hay que saber calibrarlos y hacer tarea fina. “La transferencia de recursos a sectores especiales debe ser monitoreada y evaluada en sus efectos de manera permanente, evitando que esos programas se transformen en fuentes permanentes (y opacas) de rentas para los sectores beneficiados, como ha ocurrido en el pasado en varios casos”, advierte.

 

Por otro lado, añade Bouzas, no es previsible que Argentina pueda mejorar su desempeño exportador en un contexto de alta volatilidad macroeconómica como el que prevaleció en las últimas cinco décadas. “En tales condiciones, solo pueden prosperar actividades en las que existan ventajas absolutas o elevadas rentas. La condición necesaria para una mejora sostenida en el desempeño exportador es la prevalencia de un contexto de tipo de cambio alto y estable por un periodo suficientemente largo de tiempo como para construir la credibilidad necesaria para que nuevas actividades y emprendimientos con potencial exportador puedan desarrollarse. En este respecto, lamentablemente, el Gobierno actual no ha tenido un desempeño mejor que sus antecesores”, sentencia.

 

A su vez, la consultora Romina Gayá dice: “No estoy segura de que todos los candidatos sean conscientes de que las exportaciones son esenciales para el crecimiento sostenido, ya que algunos reivindican la idea de ‘vivir con lo nuestro’. Esto es un gran error, ya que en países como Argentina es imposible que muchos sectores sean eficientes si sólo venden en el mercado interno porque éste es demasiado pequeño”.

 

A su vez, amplía: “Se necesita exportar más y mejor. Esto último no se logra solamente moviéndose hacia adelante en la cadena de valor (por ejemplo, pasando de exportar trigo a fideos) sino también mediante la incorporación de conocimiento, en muchos casos mediante eslabonamientos laterales y hacia atrás. Veo mucho potencial para fortalecer las exportaciones de sectores donde tenemos ventajas comparativas, como los recursos naturales, a partir de una mayor incorporación de servicios basados en el conocimiento. Por ejemplo, a través de software aplicado a la agricultura o ingeniería para la minería y la producción de hidrocarburos. Además, y por más que sea obvio, es muy difícil salir del estancamiento exportador sin estabilidad macroeconómica y previsibilidad en las reglas de juego”.

 

 

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Polo: “El cuarto año consecutivo de crecimiento”

 

“Las exportaciones van a ir de menor a mayor en 2019”, dice Martín Polo, economista jefe de la Agencia Argentina de Inversión y Comercio Internacional (AAICI) ante El Economista y augura tasas de crecimiento de dos dígitos para los próximos meses, apalancado en el complejo oleaginoso, “a pesar de la caída de los precios internacionales”. También ayudarán los combustibles, con eje en Vaca Muerta; cierta mejora de Brasil para las manufacturas industriales y algunos sectores, como el lácteo. Así, será el cuarto año de subas interanuales al hilo. “Falta exportar más, es verdad, pero es destacable, dado de dónde veníamos, que las exportaciones vayan a crecer por cuarto año consecutivo”, agrega Polo. “Es un crecimiento gradual, pero sincero”, dice en referencia a que no está “inflado” por los precios o algún boom puntual, como fue la soja en los ’90. También añade que se está logrando con un Brasil que ayudó poco en los últimos tiempos. El ajuste externo, que tiende hacia el equilibrio, va a ayudar a estabilizar la macroeconomía y, con eso, acotar la volatilidad, clave para la planificación de los exportadores. “Hay que abrir más mercados, pero también aumentar la penetración en los mercados en los que ya estamos, empezando por América Latina. Podemos competir tranquilamente en Colombia, Ecuador, Perú o incluso en Brasil y exportar más hacia allí”, grafica.

 






Diario EL ECONOMISTA

jueves 14 de noviembre, 2019
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