Decálogos y compromisos

10 de mayo, 2019

Casa Rosada gestión

Por Carlos Leyba 

 

Moisés recibió de Dios el Decálogo. Cuando bajó del Monte Sinaí, con las Tablas de la Ley, encontró a su pueblo adorando el becerro de oro. Con el perdón, que sucedió a la indignación, se selló la alianza basada en los diez mandamientos que la gobiernan y la alimentan.

 

Adela Cortina1 reflexionó sobre alianza y contrato. La alianza supone que para poder decir “yo”, hubo previamente que poder decir “tu”. La identidad requiere el reconocimiento del otro. El contrato es base de la sociedad política, la alianza la de la sociedad civil, la comunidad.

 

Felipe González, político, conferencista y acreditado lobbista internacional, dijo que “el estado de ánimo es peor que la crisis” y agregó: “No es verdad que sea la ira de 2001, es la desesperanza de 2019”. No se trata sólo de la ausencia de Contrato, sino del riesgo de la alianza, de la vida en común. “La tristeza y el enojo dominan el estado de ánimo del 69% de los encuestados”.

 

Si la “desesperanza” es peor que “la ira”, debemos ocuparnos de la reconstrucción de la esperanza, del ánimo de la vida en común. Cultivar el encuentro (Francisco) en lugar de la grieta (Marcos Peña y J. Durán Barba).

 

La desesperanza es hija de la ausencia de proyecto. La falta de proyecto es la madre de la depresión, (Viktor Frankl). Lo mismo ocurre en las sociedades. Los argentinos necesitamos reconstruir la alianza (el reconocimiento del otro) para dar lugar a la esperanza colectiva.

 

El proyecto requiere concertación (ceder para hacer cierto), acuerdo (el ánimo en común), para lograr un contrato (las claúsulas) y un pacto (el compromiso). Conversión y acción de los dirigentes para una alianza que sustente la esperanza y un proyecto de vida en común. Alentar la grieta erosiona los vestigios de la alianza e impide la vida en común: invita a la violencia.

 

No vale la pena inventariar los enormes riesgos, las amenazas, que nos interpelan. El rosario de calamidades es de rezo cotidiano. Todos lo vivimos: pobreza, estancamiento de largo plazo, inflación descontrolada, desempleo masivo, debilidad del Estado, corrupción, inseguridad, denegación de Justicia,etc. Vale la pena el esfuerzo conjunto para redescubrir nuestras posibilidades y las dificiles y complejas tareas que debemos realizar para lograr el desarrollo posible.

 

Eso requiere primero que quienes se ofrecen como líderes recuperen la misión pedagógica. La política es pedagogia. Una función de la política es iluminar el horizonte necesario y posible; y planificar, describir y encabezar y administrar, el trayecto hacia ese horizonte que es destino y utopía porque a medida que avanzamos se desplaza.

 

Por eso la pedagogía es una función permanente de la política. Nadie llega si no sabe donde va.

 

Las encuestas han contribuido a generar un “liderazgo inverso” que es el que practican los que adoptan como guía lo que las encuestas revelan del deseo de la opinión pública. Frases del tipo “hay que ponerle dinero en el bolsillo a la gente” responden a ese concepto “invertido de la politica”.

 

Los deseos, según las encuestas, se convierten en “programas” de lìderes invertidos. Con ese modo se cultiva la desesperanza porque los “resultados” no son un programa. Usándolos como propuesta, no se está en camino a alcanzarlos. En lugar de pensar para proponer,los lìderes inversos, encuestan.

 

Los desastrozos resultados del PRO son una comprobación que “el Gobierno por encuestas” (Marcos y Jaime) fracasa. “El 40% de quienes votaron por Cambiemos en 2015 se siente decepcionado”3.

 

En esta zona de desesperanza y altos riesgos, han bajado tres decálogos. Ninguno de ellos es fruto de una concertación y ninguno conforma propuestas programáticas. Sólo objetivos generales que no pueden superar la prueba ácida. Toda “concertación” requiere que lo concertado implique la posibilidad lógica de decir “no estoy de acuerdo”. Por ejemplo, ¿cómo haría alguien para decir “no” al desarrollo, al empleo, a la estabilidad, al equilibrio fiscal o externo? Si el disenso carece de lógica no tiene lógica el consenso. Es la “rétorica” de un Acuerdo. No es productivo un consenso de lo obvio.

 

Decálogos sin herramientas, son “desesperanzadores” por ausencia de “materialidad”. La pedagogía política es señalar un camino transitable hacia un objetivo concreto.

 

Los tres decálogos -Massa, Macri, Lavagna–reclaman la necesidad de consenso para transitar la crisis. La debilidad reside en no proponer herramientas para obtener esos resultados. El PRO, en estado de profunda debilidad, ha virado de la soberbia irredenta a tentar un consenso. “Siete de cada diez argentinos desconfía de la capacidad del Gobierno para corregir el rumbo. Así lo expresa, incluso, la mitad de las personas que votaron a Cambiemos en 2015”4.

 

La lógica es comenzar con la conversación en territorio y forma neutral. Las cosas nacieron mal.

 

El 7 de abril, Massa lanzó sus 10 puntos como base de un acuerdo. Nadie respondió. Proponer adhesión a las ideas propias, no es sugerir acordar.

 

Hay ejemplos anteriores y superiores al Pacto de La Moncloa, hechos en el llano y en dictadura. Ricardo Balbín y Juan D. Perón y otros, lanzaron, a fines de 1970, “La Hora del Pueblo” para luchar por la democracia sin proscripiciones. Nadie se adueño de la autoría. Una tarea colectiva que prosperó y creció.

 

El 29 de abril “Massa le pidió a Macri que convoque a toda la oposición, incluido al kirchnerismo, para debatir medidas que permitan transitar los días que faltan hasta la elección con tranquilidad y certidumbre” (La Nación, 30/4/19). Nadie respondió.

 

Sin mencionar esas propuestas, el Gobierno produjo un cambio en su manera de gestionar convocando a un “acuerdo”de adhesión a sus deseos.

 

En los mismos días mientras propuso bajar la presión tributaria, aumentó los impuestos a las importaciones; mientras predica la la “independencia” del BCRA, aclara que Mauricio y Donald arreglan los problemas de la autoridad monetaria. ¿Independencia o dependencia y autonomía o heteronomía de la entidad monetaria?

 

El modo y el contenido del llamado de Macri insinúan una estrategia electoral destinada a aislar a Cristina Kirchner y rebanar al peronismo no K. Por el modo, es más una herramienta de campaña que una transformación espiritual. No parece un camino al diálogo previo a la concertación. Como dijo el Episcopado, el Gran Acuerdo “debe ser resultado de un encuentro y no anterior a él”.

 

Es indudable que “los mercados” necesitan que la mayoría de los que ocuparán los curules del Parlamento manifieste su voluntad de no usar el default como herramienta y de hacer lo necesario para cumplir con los pagos de la deuda externa, cualquiera sea la opinión que se tenga acerca de la misma.

 

El anterior default, la demora en la renegociación, la quita (si bien no fue distintas a otras); haberla cerrado y dejar colgada una parte de la deuda y no reparar el error con una negociación ad hoc son antecedentes no “favorables” de una gran parte de los actores.

 

Pero el riesgo principal es la manifiesta incapacidad de esta administración para hacer otra cosa que pedir prestado: las últimas medidas desalientan las exportaciones, generadores de dólares sin deuda, para lograr superávit fiscal entre cuyos objetivos está lograr más deuda en dólares. Notable.

 

Pero ninguna firma genera per se capacidad de sostener la deuda. No obstante es razonable que el Gobierno requiera convergencia sobre lo que preocupa a los financistas y al FMI. Una declaración conjunta es una buena señal, inclusive ayudaría a distender y a reconstruir el ánimo. Si todos los importantes están ahí.

 

Al mismo tiempo Máximo Kirchner dijo que para él no era una prioridad mandar ese mensaje de calma. Justamente por eso el mensaje es necesario.

 

Es indudable que, después de los mercados, quien mas necesita de esa definición es el Gobierno, ya que debe transitar seis meses en los que, “la duda” preelectoral sobre el pago, es una invitación a la fuga, a la disparada del dólar y a la derrota electoral en el medio del caos.

 

El PRO no acepta la existencia “del otro” y en ese sentido son absolutamente “K”. Comparten la vocación “por ir por todo”.

 

La grieta, si es lo contrario del consenso, significa que si la Argentina fuera una nave, Cristina desearía tirar por la borda todo lo que huela a PRO y Macri desea lo mismo.

 

Por eso “la novedad” es la palabra acuerdo en la boca de unos de estos pichones de taliban. La historia de Cristina no es diferente.

 

El oficialismo alega que siendo, como son, minoría, han logrado sancionar muchas leyes y –dice- eso demuestra “capacidad de diálogo”. Lo que demuestra es que “la oposición” le ha brindado las leyes que necesitaban cuando han dialogado para ello.

 

Con esa oposición deberían haber buscado, desde el primer día, un acuerdo básico. El consenso sobre cuestiones básicas es el único método para gobernar con sentido común en un país con tantos problemas más que graves.

 

El PRO, como el kirchnerismo, se ha negado al Encuentro por una vocación de “dominio”, de poder sustantivo. Esa es la enfermedad de la política argentina que impide realizar el poder verbo. Guardar el poder impide poder hacer las cosas. Sustantivo y verbo.

 

El único punto relevante para el tránsito de estos meses es el compromiso mayoritario de no apelar al default como herramienta.

 

Una convergencia auténtica es necesaria para evitar sospresas desestabilizadoras. Pero no es suficiente.

 

La condición suficiente sólo la puede producir el Gobierno. Esas políticas nos pueden alejar o precipitar el default.

 

No está mal que el Gobierno reclame ese compromiso. Tampoco está mal que los opositores critiquen las falencias del Gobierno.

 

Lo mejor sería la convocatoria auténtica del Gobierno a todos los opositores, la producción, el trabajo, la academia, para debatir cómo alejarnos del default y sobretodo, cómo bajar el costo de lograrlo. Porque el costo que estamos pagando es demasiado caro y notablemente ineficiente. Esa es la cuestión: bajar el costo de evitarlo.

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