Cambiemos y el PJ buscan evitar la derrota en primera vuelta

19 de mayo, 2019

Por Oscar Muiño

 

La jugada venía avanzando. El peronismo federal, los líderes más influyentes del radicalismo y del PRO advirtieron que las chances de Mauricio Macri tendían a cero. Sólo su sustitución por otro candidato y la integración de una gran coalición lograría vencer a Cristina Fernández.

 

El bonus era desplazar definitivamente a Cristina y al propio Macri. Un camino hacia el poder y, de paso,  empezar a olvidar la grieta.

 

En medio de los vaivenes de esta operación –cuya parte pública apenas se insinuaba- Cristina hizo lo que suelen hacer los políticos audaces: una jugada que cambió el escenario. Nadie la preveía.

 

Cristina creía -o sabía- que vencería a Macri en cualquier escenario. Su temor era que Macri quedara tercero. Y enfrentar en balotaje a un tercer candidato, que en segunda vuelta recibiera los votos macristas y le ganara.

 

Las negras movieron primero. Las blancas demoraron tanto que ahora están cercadas. Parecen obligadas a evitar el jaque mate antes de intentar una última contraofensiva.

 

¿Es candidata o no?

 

Los apostadores empataron. No es candidata y sí lo es. La universalidad de la contradicción. Si el arte de la política es hacer lo que los rivales no esperan, chapeau. Una movida inesperada. Veremos hasta qué punto puede favorecer la victoria o desencadenar contra-medidas.

 

En política, toda jugada persigue un objetivo central y varios secundarios. Cristina tiene diversos propósitos. Convertirse en la primera fórmula lanzada al ruedo, promover una figura que cree identificada con posturas más republicanas y cercana al establishment (al menos, eso espera). Sobre todo, presionar al peronismo federal y arrancarle una parte de sus líderes. El primer impacto fue fuerte. Juan Manzur y Domingo  Peppo vacilan entre seguir en el justicialismo o reinsertarse con Cristina. Massa da mensajes en todas direcciones. Gobernadores como Zamora retoman su viejo contacto con CFK. La lista sigue.

 

De hecho, CFK está rehaciendo la coalición que permitió la hegemonía del kirchnerismo. Ha recuperado sectores que la torpeza y el sectarismo habían arrojado a la vereda de enfrente.  Hugo Moyano es la principal figura gremial y espera juntar otras. Alberto Fernández, pese a la falta de votos propios, un símbolo de los políticos que ahuyentó en el “vamos por todo”.  Ahora se lanza a la conquista de gobernadores.  Ve en ellos los votos que faltan para una victoria en primera vuelta.

 

Si Fernández-Fernández coopta algunos líderes del peronismo federal y mantiene en escena tres candidaturas, estará al borde de esa victoria. Si, en cambio, produce una reacción rápida y eficaz con la convergencia entre peronistas federales y Cambiemos, acaso palpite su derrota.

 

Hay que seguir de cerca a distintos dirigentes con votos. Los cristinistas sueñan con Massa en provincia y Kicillof peleando por la ciudad de Buenos Aires.  Incluso en Cambiemos alguno quiere a Massa en ese lugar en caso que María Eugenia deba pasar a competir por la presidencia.

 

El PJ amenazado

 

Los peronistas federales tienen oportunidades (ungir un candidato propio) pero también corren mayores riesgos: que medio peronismo provinciano se vaya con Cristina. Dos preocupaciones centrales: Sergio Massa y Omar Perotti. Perotti necesita los votos K para ganar su provincia y además recela del acuerdo del PJ con el socialismo al que debe enfrentar en Santa Fe.

 

El PJ federal reconoce que tiene 72 horas para enfrentar este desafío. Si faltan decisiones firmes, correrá el riesgo de deserciones hacia CFK.  En tal caso, carecerá de poder para convocar a una tercera fuerza. Incluso podría sufrir un desgranamiento definitivo.

 

Todos miran, suplicantes a Juan Schiaretti. Está convocando a los popes del PJ federal para el 22 o 23 de mayo. Si Schiaretti lleva adelante su propuesta de una interna general del PJ federal  elige sostener el grueso de su fuerza ante el embate de Cristina. Cerrar filas, a costa de perder aliados.  Era fácil para el radicalismo converger en unas PASO conjuntas, pero parece improbable, acaso imposible, que la UCR se sume a una decisión ajena: la interna del peronismo.

 

Todo esto, sin contar la diferencia que habría de sacar una candidatura definida (Fernández-Fernández) contra las dudas de una interna que ni siquiera sabrá por semanas quiénes habrán de sumarse, cuántas voluntades convocar y quién emergerá victorioso.

 

Roberto Lavagna, hierático como siempre, camina por la cornisa del todo o nada: ser presidenciable con chances o ni siquiera presentarse.

 

Miguel Angel Pichetto no tiene retorno y sabe que sería la primera víctima del kirchnerismo en el poder. El y el salteño Juan Manuel Urtubey nunca recalarán en el puerto del kirchnerismo. Son las dos únicas figuras –una con prestigio, otra con votos- que podrían aceptar apoyar a Cambiemos en caso que el peronismo federal implosione.

 

Radicales en ataque de nervios

 

Cristina dirige su ejército. General en jefe, el Estado Mayor no cuestiona su liderazgo. Sus movimientos, entonces, son limpios, sin debate y con sorpresa.

 

Nada de eso ocurre en Cambiemos ni en el peronismo federal.

 

Macri es respaldado por una minoría. Algo de Estado Mayor y mucha comunicación pero los coroneles y generales de Cambiemos con mando de tropa y a cargo de las unidades de batalla más importantes (los que dirigen los cinco distritos, líderes parlamentarios más varios ministros) ven en su candidatura una condena a la derrota.

 

La UCR está a punto de perder lo que fue su principal arma: la capacidad de volcar la elección y volver a definir al ganador, como en 2015.

 

Los radicales –tampoco exhiben un liderazgo indiscutido- leen encuestas devastadoras. De ahí la iniciativa de un nuevo frente general anti-K. Los obstáculos eran muchos y ahora parecen aun más. El camino es más difícil y queda menos tiempo.  Por otro lado, algunos de los jefes radicales más cercanos a Macri se están sumando desde este fin de semana a la presión conjunta con el PRO para intentar bajar a Macri de la reelección.

 

Las encuestas gritan. Según ellas, Macri empata o pierde ante Cristina en Pergamino (Segunda Sección), Mar del Plata (Quinta Sección) o Bahía Blanca (Sexta Sección). Estos números los conocen desde Daniel Salvador hasta Federico Storani. Los datos son implacables.  Son distritos que Cambiemos debe ganar por mucha diferencia si quiere aspirar al triunfo nacional.

 

Macristas asombrosos

 

En otro dial sintonizan el jefe de gabinete Marcos Peña, Elisa Carrió y un número menguante de dirigentes. Y mucha, mucha acción sobre los medios y las redes.

 

Jaime Durán Barba acaba de escribir: “¿Cuántos votos nuevos le trae Alberto Fernández a Cristina? Los pocos que lo veían bien porque insultaba ferozmente a Cristina, seguramente no irán con ella. No sube el techo. Varios seguidores de Cristina ven mal a Alberto, baja el piso. La operación matemática es: votos de C más nuevos votos de A, menos votos de C ahuyentados por A. Eso lo calculamos matemáticamente con las cifras que disponemos. El saldo es claramente negativo”.

 

Por fuera del Gobierno, sólo viva a Macri cierto anti-peronismo nostálgico que evoca los niveles de comprensión y la capacidad de influencia que tenía la Comisión de Afirmación de la Revolución Libertadora en vísperas del regreso de Juan Perón.

 

Final abierto

 

El círculo rojo se apresta a su última jugada. Sabe que si hay tres listas, Fernández-Fernández podría ganar en primera vuelta. ¿Forzar la renuncia de Macri a la candidatura y buscar una convergencia general? ¿Poner toda la fuerza en el peronismo federal? ¿Resignarse a CFK?

 

¿Se atreverán los jefes de Cambiemos a pedirle al presidente que baje su candidatura? Y en caso de hacerlo, ¿qué harán si Macri se niega a bajarse?

 

El amarillo destiñe a toda velocidad. Si lo juntan con el azul y blanco peronista y el blanquirojo radical acaso surja una fórmula común y competitiva.

 

En el cristinismo hay optimismo. En el PRO preocupación, en el peronismo federal alarma, en el radicalismo desasosiego. Esa es la foto.

 

Luego está cada ciudadano, con el valor de su voto. Mucho puede cambiar una campaña. Salvo convertir los odios y decepciones en nuevas esperanzas.

Dejá un comentario