Un cumpleaños infeliz para la Otan 

11 de abril, 2019

trump

Por Federico Bauckhage (*)

 

El pasado 4 de abril, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan) cumplió 70 años, y como todo aniversario se presenta una ocasión propicia para celebraciones y reflexiones. Eso sí, tuvo poco de lo primero y bastante de lo segundo. No es un secreto que la Otan está en crisis, su principal miembro y sostén viene cuestionando desde hace un tiempo el costo y la razón de ser de la organización.

 

Es verdad, hay que reconocerlo, que algunas de las críticas que Washington hace a sus socios europeos tienen fundamento, como por ejemplo los insuficientes niveles de inversión en defensa que hacen muchos de sus miembros. Solo 5 de los 29 miembros de la alianza cumplen con la meta del 2% de PIB de inversión en defensa, y el estado de sus fuerzas armadas deja mucho que desear, dejando a EE.UU. hacer el trabajo pesado en términos militares. Estas críticas son muy anteriores a la administración Trump, solo que el actual presidente ha sido un tanto más brusco en el modo de expresarlo.

 

Por ahora, Donald Trump no ha tomado ningún paso concreto para abandonar la alianza. Pero sus expresiones reiteradas son vistas con visible aprensión por los 28 miembros restantes. Y las diferencias entre ellos son cada vez mayores y más visibles.

 

Hoy EE. UU. y sus socios principales están en desacuerdo en temas tan importantes como el acuerdo nuclear con Irán, el fin del Tratado INF, la agresión rusa en Ucrania, la intervención en la guerra civil siria, las relaciones entre Israel y el mundo árabe, las relaciones entre Turquía y Rusia, el libre comercio, e incluso el cambio climático.

 

En el pasado la Otan ha sobrevivido a otras crisis, incluida la defección temporal de miembros importantes (Francia la dejó en 1966), pero nunca antes había sido EE.UU., el pilar central de la alianza, quien cuestionara su apoyo a la misma.

 

En su discurso ante el Congreso de EE.UU., el secretario general de la Otan, Jens Stoltenberg, recordó que la alianza es la más longeva y exitosa de la historia. La longevidad es indiscutible, pero, ¿cómo definimos si una alianza es exitosa? Habitualmente esto se ponía a prueba en un campo de batalla.

 

Fundada en 1949 con apenas 12 miembros, esta alianza militar, fue concebida para hacer frente a la amenaza que representaban en ese momento la Unión Soviética y sus estados satélites (a partir de 1955 agrupados en el Pacto de Varsovia). Nunca tuvo ocasión de combatirla, sin embargo, más bien tuvo el raro privilegio de ver colapsar a su enemigo primario sin disparar un solo tiro con el fin de la Guerra Fría.

 

La desaparición del Pacto de Varsovia confrontó a la Otan con un peligro más sutil: la desunión. La lógica tradicional realista indica que es la misión la que define a una alianza, entonces ésta tiende a descomponerse cuando desaparecen los enemigos comunes que propiciaron su origen. Así muchos predijeron prematuramente el fin de la alianza atlántica. Sin embargo, desafiando los pronósticos pesimistas, la Otan salió a buscar una nueva razón de ser.

 

Desde entonces, la Otan ha sido una alianza en búsqueda de una misión. La buscó en los Balcanes durante los años ‘90, luego en Afganistán y en la guerra contra el terrorismo en la década siguiente, incluso en el combate a la piratería en el Golfo de Adén. Sin embargo, el nivel de compromiso de los aliados fue muy variable dependiendo de la ocasión, porque la disciplina que impone la existencia de un enemigo fuerte difícilmente puede suplementarse de manera indefinida desfaciendo agravios y enderezando entuertos.

 

Tampoco con las potenciales doncellas para rescatar, en la forma de aliados menores cuyo aporte militar es casi nulo, pero que igualmente le imponen costos y responsabilidades al resto. En algunos casos no queda claro si el beneficio de incorporarlos a la alianza valió el costo de provocar la ira de Moscú, que durante este período tuvo que ver con impotencia como se violaban las garantías que se le habían dado con respecto a su tradicional zona de influencia.

 

La Rusia de Putin, sin embargo, tampoco alcanza a llenar bien el rol de enemigo, a pesar de su retórica sus capacidades y ambiciones son mucho más modestas que las de la antigua URSS. Las amenazas a las que enfrentan los distintos países de la Otan son variadas, pero ninguna tan grave como para requerir una alianza militar de tal envergadura.

 

Y así parece que la Otan carece de objetivo y disciplina. Sus miembros ya no solamente no están de acuerdo acerca del modo de pelear sus batallas, sino que ni siquiera están de acuerdo en cuáles son las batallas que desean pelear.

 

Entonces, ¿en qué sentido puede considerarse que la alianza es un éxito? Tal vez mas que la defensa mutua frente a amenazas externas, su aporte más importante (que incluso sus críticos le reconocen), sea su efecto pacificador sobre el comportamiento de los propios países europeos.

 

El predominio militar que los EE.UU. ejercen en Europa a través de la Otan funciona como un moderador de la anarquía propia del sistema internacional. Esta especie de hegemonía consentida permite a los europeos escapar temporariamente del dilema se seguridad que ha acechado a las relaciones internacionales desde tiempos inmemoriales, y lo saben.

 

Entonces, cuando se habla de los costos vs los beneficios de mantener a la Otan, el recuerdo de las grandes guerras europeas del pasado debe ser tenido en cuenta. Una Europa donde ya no impere la “pax americana”, ¿volvería a convertirse en algo parecido a la Europa de Richelieu o de Bismarck? Es imposible afirmarlo con certeza, pero en el largo plazo el riesgo ciertamente existe.

 

Tal vez de a ratos la Otan parezca el proverbial martillo en busca de clavos, pero que no encuentre el clavo adecuado no significa perder de vista que su mera presencia cumple un rol fundamental.

 

(*) Docente de la Universidad Católica Argentina (UCA) y Secretario de Redacción del Instituto de Seguridad Internacional y Asuntos Estratégicos del CARI

 

RelatedPost

Dejá un comentario